En este artículo, el autor reflexiona sobre la trascendencia de la ética educativa y la conveniencia de revisar y fortalecer las normas deontológicas. En este sentido, y a pesar del tiempo transcurrido, Sócrates ofrece un perfil ejemplar por su coherencia personal y el compromiso con la verdad, la racionalidad y el diálogo. En opinión del autor, es preciso rescatar en el siglo XXI el espíritu del socratismo pedagógico por su potencia ética y educativa. Animado por esta idea concluye el texto con un original decálogo del educador.

Sócrates, educador

Valentín Martínez-Otero
Profesor-Doctor en Psicología y en Pedagogía, Universidad Complutense
de Madrid

N este  tiempo saturado de cam-

bios y crisis de valores no resulta sencillo entregarse a la tarea educativa. Ciertos intereses creados amenazan la esencialidad de la educación y a cuantos se dedican a ella con sincero y saludable compromiso. Algunas instituciones, con sus gestores a la cabeza, anteponen los beneficios económicos a la formación. Aunque la mayor carga en lo que a rumbo del centro educativo se refiere recaiga sobre los directivos, los profesores no están exentos de responsabilidad. Desentenderse de lo que pasa en la institución es una actitud que atenta contra el núcleo de la profesión y su objetivo primordial de ayuda a las personas. La complacencia es a menudo complicidad, y el que se lava las manos amancilla el alma.
En la reflexión sobre la debilidad de la educación actual se debe consignar que son numerosos los cauces por donde avanzan los peligros: las malas relaciones personales, la deficiente formación docente, la escasez de recursos, el mercantilismo, etc. El falseamiento de la educación, venga por donde viniere, destruye su esencia y fortalece la apariencia. Esta negación de la autenticidad puede acrecentar la pecunia y el prestigio, pero es extremadamente insidiosa. En estas circunstancias, en el vasto campo de la educación procede apostar por la revisión y la revitalización de las normas éticas, pues aunque no se resuelvan todos los problemas, al menos se fortalecerá una referencia necesaria para todo educador y se avivará el compromiso con las mismas.
Llegado este punto ha de reconocerse la meritoria publicación del Código deontológico de los profesionales de la educación (2002) por parte del Consejo General de Colegios Oficiales de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias. Dicho texto se articula en torno al educando y enfatiza con justeza la proyección comprometida del educador hacia los alumnos, los padres y tutores, la profesión, los colegas, la institución y la sociedad. Se presenta, por todo ello, como una necesaria recopilación de principios éticos que ojalá cumpla sus objetivos de sensibilización y orientación.

El compromiso socrático

Más allá de la formulación concreta del código deontológico de las profesiones educativas, su contenido puede beneficiarse del legado de algún educador ejemplar. La ciencia médica, por ejemplo, dispone del famoso Juramento de Hipócrates, insigne médico de la antigüedad, en el que se incluyen preceptos para salvaguardar la ética profesional. Obviamente, algunos mandatos hipocráticos quedaron obsoletos y recibieron nuevo impulso merced a Maimónides, médico judío nacido en Córdoba, y más recientemente con la Declaración de Ginebra (1948), lo que prueba la necesidad de actualización permanente de las normas deontológicas.
Pues bien, si hubiese que buscar una figura dotada de suficiente potencia ética y valor referencial para los profesionales de la educación creo que la hallaríamos en Sócrates. Es cierto, empero, que su significación histórico-educativa es en gran medida enigmática. La “cuestión socrática”, por la cual se discute la misma existencia del filósofo, acaso no llegue a resolverse nunca y es posible que permanezca para siempre el halo de misterio. El Sócrates que nos llega es sobre todo una recreación de Platón que debe permitir el acrecentamiento moral de todos. La descripción que el egregio discípulo hace de la filosofía socrática, vivida y pensada, debe animar a los educadores actuales e incluso venideros. Sócrates inaugura en Grecia, cuna de la cultura occidental, una actitud valiente y luminosa acreedora de una adhesión sincera por parte de cuantos se dedican a la noble y hermosa tarea de educar.
Se podría argüir que las circunstancias actuales son muy distintas a las del maestro helénico y que la restauración de su método constituiría craso anacronismo. Para disipar este temor, afirmo que las buenas ideas trascienden el tiempo en que brotan y me apresuro a aclarar que no se trata de aplicar sin más la doctrina de Sócrates, sino de adaptarla y enriquecerla con plena conciencia a la situación presente. La ética y la deontología deben reconocer cuanto les sirve de asiento y estímulo.

Socratismo pedagógico y ética educativa

La presentación del perfil pedagógico paradigmático de Sócrates se ajusta al menos a las siguientes notas:
Impulsor de la educación moral. Rechaza el utilitarismo sofista y se orienta a la verdad y a la virtud. La educación para Sócrates es camino de purificación anímica. Vive filosofando y se entrega a su misión magisterial aunque por ello sea condenado a muerte.
Modelo de racionalidad que anima a transitar de la sombra a la luz, de la espontaneidad y los instintos al orden y la cultura. En Sócrates la razón, el logos, es llave que abre las puertas a una vida digna, honrada y justa.
Educación a través del diálogo. La dialéctica oral alcanza en Sócrates su cumbre. A través de conversaciones constituidas por preguntas y respuestas breves desenmascara la falsa sabiduría y ayuda a engendrar buenos pensamientos. La dialéctica socrática, opuesta a la retórica sofística, se apoya en la ironía, por la que el mismo Sócrates se presenta como ignorante, y se encamina a que sus discípulos alumbren la verdad hasta entonces latente. Es, por tanto, una mayéutica, el arte de la partera, la profesión de su madre.
Coherencia personal. En el Sócrates platónico encontramos un hombre que vive como piensa, un maestro que practica cuanto dice. Acaso el secreto más profundo de su magisterio resida precisamente en la armonía entre prédica y obra.
No es éste el momento de describir minuciosamente la personalidad y la biografía de Sócrates, sobre las que se pueden consultar diversos estudios. Tampoco es el objetivo principal de estas líneas una restauración oficial del filósofo educador que se plasme en códigos o juramentos tan solemnes como poco respetados, sino contribuir a la recuperación privada e íntima de una figura extraordinaria. Aun siendo importante el reconocimiento público del sabio irónico, preguntón, conversador, alumbrador y cercano, tiene mayor trascendencia su ubicación en el fuero interno de cada maestro de escuela, educador de calle, profesor de enseñanza secundaria o universitaria, etc.
El socratismo educativo, del que se ha ofrecido un bosquejo, debe llevarse al pueblo y a la ciudad. Este compromiso ha de advertirse en la sencillez, la cordialidad, el hábito de reflexionar e indagar, la disposición al diálogo y la prosecución de la verdad. Una actividad profesoral realizada con estas señas penetra y germina hasta en los terrenos más escabrosos. En todos los niveles urge sustituir la enseñanza aséptica por la educación viva, la instrucción que domeña por la formación que enaltece. Esta es la genuina reforma que se precisa y que, sin embargo, permanece aletargada. Mientras no se agite la conciencia personal del educador en su afán por alumbrar a quien lo necesite las sombras seguirán su avance. Más que sermones y mediciones, lo que el niño y el joven demandan es acompañamiento, mano amiga, ciencia y paciencia.
Uno de los grandes problemas de la educación es que algunos la administran sin tenerla. Desde la escuela más humilde de aldea al aula universitaria de mayor prestigio se ha de dar ejemplo, la lección de más honda huella. Si se aspira a irradiar verdad y bonhomía es menester que se posean previamente. Saque, pues, de sí el maestro lo mejor que tenga y bríndelo con entusiasmo al alumno. Mas para que no suceda como al maestro Ciruela, que sin saber leer abrió una escuela, el educador debe amalgamar en fecunda fórmula conocimiento actualizado, disposición amistosa y vigor anímico. Y así como se le pide, también se le ha de dar. Primero, sólida preparación ética y técnica en los centros en que se fragua el profesorado y cuando salga de ellos y ejerza la profesión digno reconocimiento a la labor realizada.

Decálogo del educador

Llevado por la inspiración socrática me animo a explicitar el siguiente decálogo del educador:

1.- Compromiso con la verdad. La verdad es siempre alumbradora y ha de guiar la praxis formativa, so pena de quedar a merced del engaño, la arbitrariedad o el dogmatismo.

2.- Impulso del bien. Sin cimientos éticos no hay genuina educación. Por lo mismo, todo educador debe respetar y defender la dignidad humana, para que no se produzcan atropellos de ningún tipo.

3.- Cultivo de relaciones cordiales. La relación magisterial ha de fundamentarse en el elemental principio de comprensión, confianza y ayuda a las personas que favorezca la convivencia.

4.- Confianza en la virtualidad formativa del diálogo, lo que se traduce en el fomento de un auténtico intercambio conversacional con los alumnos, presidido por el respeto, la escucha y la empatía.

5.- Apertura a la (auto)formación. Ante la vertiginosa caducidad de muchas informaciones el educador ha de estar presto al aprendizaje permanente. Sin actualización constante el profesor queda irremisiblemente obsoleto.

6.- Disposición a investigar. El profesor debe observar sistemáticamente la realidad escolar con la intención de mejorarla. Es una tarea que redunda positivamente en el quehacer del aula. La llamada “investigación-acción” constituye un buen ejemplo de las opciones con que cuenta el docente para su acrecentamiento y el enriquecimiento de la vida escolar.

7.- Respeto del secreto profesional. Los datos obtenidos en el curso de la actividad educativa han de tratarse, salvo justificadas excepciones, con suma reserva, de modo que no se quiebre la confidencialidad ni se vulnere la intimidad de las personas.

8.- Fomento de la cooperación y de la actuación colegiada, sin menoscabo de la independencia docente. La combinación de autonomía e implicación en un ambiente laboral de cordialidad y compromiso se presenta como la composición institucional más apropiada.

9.- Estímulo de la vertiente social de la educación, de manera que se promueva una convivencia fundada en la paz, la libertad, la justicia y la participación responsable.

10.- Aprecio de la cultura en sus diversas manifestaciones, en cuanto vía de progreso personal y social. Sin amor a la cultura la formación disminuye hasta extinguirse. Por eso, las raíces culturales han de encontrarse en todo linaje de educación.

Ojalá este conjunto de sugerencias animen a profundizar en las condiciones que posibilitan una praxis educativa de calidad. Ante las variadas y complejas situaciones que el ejercicio de la profesión plantea, el educador se encuentra muchas veces desorientado. La ambigüedad, laxitud y desconocimiento de muchas prescripciones deontológicas, algunas periclitadas, obligan a un replanteamiento y enseñanza de las mismas para que tengan significación en la educación actual. La ética socrática, centrada en la areté (virtud), es eminentemente práctica, susceptible de aprenderse y, mutatis mutandis, brinda una base deontológica que ilumina el desarrollo de una paideia racional, cordial y dialogada.

 

arriba