En este artículo, el autor sostiene que la educación cívica favorece el desarrollo personal y social, y se demanda mayor atención desde la escuela, sin que se soslaye el trascendente
papel que corresponde a la ciudad en cuanto espacio educativo. Se trata, en definitiva, de una reflexión esperanzada
y realista en la que se brindan claves para trabajar gradualmente en pos del civismo
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Civismo escolar y urbano

Valentín Martínez-Otero
Profesor Universitario y Doctor en Psicología y en Pedagogía

A educación cívica halla su razón

de ser en la necesidad de preparar e iniciar a las personas para la vida en sociedad. Aun cuando en el Estado democrático de derecho los ciudadanos gozan de libertad y de seguridad normativa, se requiere una participación y un comportamiento responsables que garanticen la vida en comunidad. El incumplimiento de deberes, las acciones irregulares, la intolerancia, la falta de honradez, etc., son conductas que erosionan la convivencia. Precisamente por estas amenazas a la vida en común se ha creído encontrar en la educación cívica una de las fuentes más valiosas de cohesión social.
El cultivo del civismo corresponde en buena medida a la educación escolar. Los cambios sociales tan profundos y vertiginosos que por doquier acontecen, así como el riesgo de que se quiebre la convivencia, hacen necesario un replanteamiento de los objetivos pedagógicos. En esta coyuntura, hay consenso en afirmar que la escuela debe desplegar el civismo del educando, entendido como conjunto de actitudes, valores, creencias, sentimientos y acciones que llevan a ejercer una ciudadanía responsable.
El comportamiento cívico se concreta en acciones cotidianas encaminadas al buen funcionamiento de la comunidad. La regulación jurídica se torna en este punto indispensable, porque cada ciudadano podría interpretar de manera diferente cómo ha de ser la vida en común. Sin embargo, la convivencia no puede complacerse únicamente con disponer de códigos de preceptos, pues quedaría soslayada la libertad personal y social. Se precisa asimismo la adhesión voluntaria de cada ciudadano a un proyecto de vida compartido que, lejos de limitar el desarrollo personal, lo posibilite. Sin real participación ciudadana la personalización es tarea imposible. La inclusión social únicamente acontece a través del despliegue cívico y la educación debe procurar que cada educando haga uso apropiado de los recursos disponibles para conquistar la mayor elevación posible.
A la educación para la ciudadanía democrática se le presentan numerosas vías para ayudar al educando a descubrir a los demás y a embarcarse en proyectos compartidos, pero acaso todas las sendas confluyan en la creación conjunta de un ambiente escolar cívico. La instrucción es necesaria, aunque no suficiente para un genuino aprendizaje de la ciudadanía. Además de teoría, se precisa una atmósfera cívica que cale en el alumno; no en vano, se educa para el civismo desde el civismo. La educación escolar ha de permitir que los alumnos, desde la temprana infancia, participen libre y responsablemente en los asuntos que les conciernen. Evidentemente esta implicación de los escolares debe realizarse de manera gradual. Una educación así entendida, con apoyatura moral, se orienta a la capacitación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, y auténticamente comprometidos con la mejora de su comunidad, sin que ello suponga una renuncia a su singularidad.
La relevancia atribuida a la educación cívica de ningún modo debe ensombrecer la trascendencia de otras vertientes personales: intelectual, afectiva, espiritual, social, moral, estética, física, etc. En aras de la sistematización pedagógica la educación admite adjetivaciones correspondientes a las diversas facetas del ser humano, siempre que no se obvie que antropológicamente la persona es una y, por tanto, las distintas modalidades formativas son indisociables y quedan subsumidas en la educación integral.

Riesgos y peligros

Resulta evidente, por otro lado, que la educación para la ciudadanía puede encubrir una manipulación. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando desde una posición política ventajosa se inoculan ideas tendenciosas, sin reparar en los perjuicios que generan. La politización de la educación puede alcanzar un grado que haga peligrar la propia convivencia democrática. Esta pretendida formación cívica, a la medida de la ideología dominante, esconde en realidad un comportamiento incívico, desde el mismo instante en que se pone al servicio de los particulares intereses: alcanzar o consolidarse en el poder, desprestigiar al adversario, etc.
Procede recordar que la educación cívica no debe ser un mero proceso reproductivo de las estructuras sociales existentes por medio del modelamiento de los escolares. Una actuación tal, fruto de una desenfocada visión pedagógica, coarta la libertad e hipoteca el porvenir. La pretensión de controlar refinadamente la dinámica social a través de técnicas formativas escolares abre las puertas a la irracionalidad. Por ello, debe afirmarse sin ambages que la educación cívica ha de habilitar al educando para que pueda actuar abierta y eficazmente en la comunidad democrática que se encuentre, pero también para que esté en condiciones de vigorizarla.
Los pueblos de elevado espíritu cívico están integrados por personas libres, tolerantes, solidarias, racionales y empáticas que se preocupan por cuanto les rodea, se disponen a ayudar a quien lo necesita y emprenden la construcción conjunta de un futuro mejor. El civismo ha de ser robusto y fértil. Se aprende y se afianza con la práctica. Su desarrollo equivale a avanzar por el camino de la reciprocidad, de la justicia, de la concordia y de la democracia.
En suma, nada puede objetarse al establecimiento de una asignatura concreta de educación cívica, siempre que se acompañe de una atmósfera cívica en los centros educativos. La contemplación de las aulas y de los centros escolares como laboratorios y espacios cívicos lleva a considerar el relevante papel que en todo linaje de educación corresponde al diálogo, al fomento de la comprensión, al respeto a las minorías, a la hospitalidad y al aprendizaje de la democracia. Las experiencias interpersonales y la asunción de roles que brinda la escuela permiten progresar en el conocimiento y comprensión de los otros. El escenario formativo distinguido por la estructura dialógica, la apertura y el afecto estimula el espíritu de colaboración y es idóneo para el despliegue cívico.

La ciudad educadora

La formación cívica en la escuela tendrá un alcance limitado mientras no cuente con el firme compromiso de la ciudad. El pésimo estado en que se encuentran hoy numerosas ciudades nos lleva a demandar la mutación positiva de los espacios urbanos. Aunque un cambio en la dirección apuntada no es realizable en corto lapso de tiempo es absolutamente necesario trabajar para conseguirlo. Estas líneas no pretenden constituir un desiderátum romántico sino una invitación a realizar una transformación paulatina del entorno urbano.
Pese a la heterogeneidad existente entre nuestras ciudades, cabe afirmar con carácter general que el medio urbano presenta numerosas contradicciones. La senda adoptada por el progreso está llena de luces y sombras. No es extraño que los adelantos técnicos se acompañen de retrocesos en el plano humano. Los niños son a menudo los mayores sufridores. La insensibilidad hacia la infancia se patentiza y condensa en la escasez de zonas apropiadas para el juego y la relación interpersonal. Los pequeños urbanitas tienen que hacer frente a numerosos peligros: tráfico, corrupción, hacinamiento callejero, etc.
La ciudad es para el niño una especie de laberinto hostil en el que siempre hay posibilidad de sufrir un accidente. La personalidad infantil es muy vulnerable a los perjuicios ambientales (contaminación atmosférica, acústica y visual), al igual que a las restricciones que el diseño urbano le impone. Aunque los problemas son más intensos en los suburbios, se extienden de una forma u otra a la gran ciudad en su conjunto. El resultado es la expansión de zonas prohibidas y la mengua de lugares apropiados para los menores.
La toma de conciencia de las pésimas condiciones en que hoy se hallan numerosos espacios urbanos explica en gran medida el creciente interés despertado en círculos pedagógicos por la idea de “ciudad educadora” que, si bien admite interpretaciones y matizaciones, contiene siempre la noble aspiración a humanizar la ciudad. La expresión “ciudad educadora” equivale a apostar por una vida urbana presidida por el encuentro, el acompañamiento y el aprendizaje compartido. La construcción de una ciudad así requiere la participación de todos, por supuesto también de los niños, y supone abrirse a los sueños, a la esperanza, a la armonía con la naturaleza, a la poesía, a la convivencia y a la genuina cultura intelectual y cordial.

La educación, cuestión de todos

Una ciudad es verdaderamente educadora si, además de cumplir con sus funciones tradicionales, promueve el desarrollo de sus moradores. Hay que recordar que la educación no corresponde únicamente a la familia y a la escuela, sino a todos. En esta visión amplia de la educación es donde se ubica el concepto que nos ocupa. Ya han transcurrido algunas décadas desde que se comenzó a hablar de “ciudad educadora” y la expresión, a pesar de que el compromiso aún es insuficiente, sigue albergando un sentido positivo. Se requiere, eso sí, un programa que favorezca su construcción al servicio de cuantos en ella se alojan. Un medio urbano formativo es un entorno de convivencia, cultura y libertad. Con rapidez se advierte que un lugar así es fuente de aprendizaje cívico y convivencia, pues brinda consistencia psicosocial a los ciudadanos y los mueve a actuar solidaria y responsablemente. Como notas ambientales que contribuyen a este despliegue cívico se encuentran las siguientes: el funcionamiento humanizado de las instituciones y servicios, la fortaleza de la urdimbre sociocultural, el equilibrio estimular, la presencia de suficientes espacios naturales, la existencia de cauces para la participación y la regulación racional de la vida comunitaria.
Tantos son los factores que entran en juego que la pretensión de transformar positivamente nuestras ciudades apelando exclusivamente a las orientaciones pedagógicas está condenada al fracaso. El enfoque más acertado en la búsqueda de una vida ciudadana sana y formativa pasa también por considerar los aspectos políticos, psicológicos, sociales, arquitectónicos, médicos, económicos, etc.
No cabe duda de que la ciudad educativa constituye una referencia áurea para el despliegue cívico de las personas, cualesquiera que sean sus características. Mas no resulta suficiente con ese bello horizonte urbano. La pretensión de favorecer el civismo concierne a toda la sociedad, lo que en rigor nos ha de permitir avanzar hacia una genuina “sociedad educadora” (véase en esta tribuna el número 733).
En el curso de la Historia los pueblos que han alcanzado mayor desarrollo cívico se han comprometido desde todos los sectores en la construcción del humanismo a partir del fortalecimiento de la justicia, la libertad, la razón, el orden, el derecho y la convivencia. Así pues, si la educación cívica impulsada en los centros escolares no cuenta con el respaldo ciudadano y social, en el mejor de los casos surgirán “islas de civismo” permanentemente expuestas a sumergirse en un océano tenebroso.

 

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