En el presente artículo, su autor, desde la perspectiva de su experiencia e implicación en los procesos educativos como coordinador del Taller de Experiencias Educativas-REDES, analiza los fenómenos de disrupción en el aula en nuestro país y abre un espacio de reflexión sobre las posibles estrategias, acciones y medidas que contribuyan a su erradicación.

Indisciplina, violencia
y procesos educativos

Francisco Javier Esperanza Casado
Coordinador del “Taller de Experiencias Educativas-REDES”

ESDE  hace ya  varios  años  han

saltado a los medios de comunicación noticias de incidentes, en ocasiones graves, en los centros educativos, o bien informes o encuestas variadas en ámbito y metodología sobre la situación de la cuestión convivencial en España, o, normalmente, en parcelas territoriales más reducidas.
En todos los casos, incluidos los que llevan una buena dosis de alarmismo y sensacionalismo, se apunta a una dirección: la creciente importancia de los episodios de disrupción en el aula, de inadaptación alumnado-escuela, desmotivación del profesorado llegando incluso al padecimiento de enfermedades profesionales (fatiga psíquica, síndrome del burn-out...) que las Administraciones se empeñan en no reconocer como tales y que cierran, por tanto, las puertas a soluciones dignas y eficaces para el profesorado que las padece.
Es cierto que el Partido Popular, cuando ganó las elecciones generales de 1996 y, sobre todo, cuando consiguió la mayoría absoluta en 2000, se dedicó a propagar la especie de que los centros públicos se habían vuelto ingobernables. Que el alumnado campaba por sus respetos y que en los centros, repito públicos, poco se podía hacer para que fueran útiles para el trabajo educativo. Se trataba de preparar el terreno a lo que más tarde sería la LOCE y de provocar movimiento lentos pero constantes de las clases medias y medias-bajas hacia la enseñanza concertada.
La estrategia funcionó en algunas partes y, junto con el abandono económico y de todo tipo de la enseñanza pública nos encontramos con que la creencia de que “el que vale, vale y el que no a la pública” se convirtió en algo común, incluso en familias formadas por profesionales de este tipo de enseñanza que enviaban a sus hijos a los centros concertados más próximos o prestigiosos.
Es decir, se utilizó la problemática del mal clima escolar en un pretexto para atacar a la línea de flotación del sistema público de educación, sin hacer absolutamente nada para poner remedio a la situación que se denunciaba.
La LOCE confirmó este aserto al no contener ninguna propuesta que tendiera a combatir esta situación.

Mal clima escolar

Mientras tanto el conocido informe del Defensor del Pueblo sobre violencia escolar de 1999 recogía que la principal preocupación el profesorado de Secundaria era la “dificultad de impartir clase” y además que según su opinión mayoritaria, el problema iba en aumento.
En un ámbito también estatal, la Federación de Enseñanza de CC.OO.-Demoscopia hizo públicos, el mes de abril de 2004, los resultados de una encuesta al profesorado donde también se ponía de manifiesto que el principal problema de éstos era el mal clima escolar. Otros informes sindicales o el último de FUHEM-IDEA insisten en lo mismo.
Sin haber sido exhaustivos en la enumeración de los estudios nos encontramos en que todos, sin excepción, insisten en que el problema de la disrupción (indisciplina) e incluso de la violencia verbal y física crece y se está convirtiendo en una pesadilla para determinados centros y dentro de otros para un sector del profesorado especialmente vulnerable.
Así, en un estudio realizado en la zona de la Bahía de Cádiz por un equipo de investigadores de la Universidad de Cádiz se detecta hasta un 41% de síntomas severos de burn-out y un 25 % de cuadros depresivos.
La desmotivación del profesorado en un estudio de ámbito en el País valenciano alcanza al 49% del profesorado de ESO. Datos, fríos pero objetivos, que ponen de manifiesto que, también en este aspecto, vivimos momentos de verdadera crisis.
¿Se está haciendo lo posible para paliar en la mediada de lo posible esta situación (dramática para algunos)? La respuesta, y que conste que el que firma el artículo se basa en datos reales es un no rotundo. Incluso en algunos casos no se hace absolutamente nada. Las últimas medidas anunciadas por el MEC sobre Centros de Atención Educativa Preferente podrían hacernos (ojalá) matizar estas afirmaciones.
En algunos tímidos intentos de investigación sociológica se trataba de valorar la dimensión subjetiva del problema en el profesorado. Las técnicas de investigación no eran, entonces, las clásicas encuestas. Los resultados fueron bastante inquietantes, pues se ponía de manifiesto que el problema alcanza la dimensión externa que alcanza debido a procesos de autoinhibición por parte del profesorado que niega rotundamente tener problemas de indisciplina, cuando la realidad es otra. Se trataría de una solución falsa: “tapar las que se perciben como propias insuficiencias”.
Por tanto hay razones para pensar que sólo estamos contemplando la punta del iceberg. En este sentido los pocos estudios realizados con estudiantes apuntan en la misma o parecida dirección. Hay problemas ocultos y que nadie parece tener interés en dar a conocer... yo añadiría que al menos mientras no se vislumbre que al hacerlo se puede acceder a ayuda especializada que pueda paliar o incluso resolver esos problemas.
Mientras tanto un porcentaje desconocido de profesores en diversos grados de “burn-out” (ocho según Golembiewski) se encogen ante sus compañeros y alumnos, pierden progresivamente la autoestima y la motivación y se refugian en las bajas consecutivas o se acogen a las salidas “humanitarias” que, a veces, se les ofrecen, cuando su problema no es de tipo humanitario sino psicosocial y pedagógico.

Fracaso escolar

En cuanto al proceso de enseñanza-aprendizaje no cabe duda de que sufre con esta situación. Son los mismos alumnos los que manifiestan que “es imposible dar clase” y ante la falta de calidad de la interacción profesor-alumnado la eficacia del sistema decrece y decrece. ¿para todos por igual? No, una vez más perjudica más a quién menos sabe y/o a quién menos ayuda familiar o externa en general puede recibir por sus condiciones socioculturales y económicas. Y nos damos de bruces con otro factor que favorece el fracaso y el abandono escolares.
Por lo tanto como primera conclusión podríamos afirmar que los crecientes problemas de violencia-indisciplina inciden negativamente y de forma importante sobre la salud psicofísica del profesorado y sobre la propia calidad de los procesos educativos, especialmente en el alumnado con retraso escolar.
Ante esto ¿qué podemos hacer? ¿realmente tiene solución? Lo primero que hay que hacer es tirar bruscamente de la manta. Reconocer, hacer público, explicitar que tenemos un problema, que todos y el sistema educativo en su conjunto tenemos un serio problema. De esta manera creamos las condiciones para que aflore el debate sin miedos ni complejos, para desculpabilizar al que se siente de esta manera y para movilizar los recursos humanos potenciales que existen en los centros, que son más de lo que a veces se piensa.
Así, quizás se pueda combatir la falsa creencia de que las cosas están de esta forma porque “toca” que estén de esa manera, o porque no se es capaz humanamente y profesionalmente de poner soluciones... o porque estas soluciones no existen, porque si existieran lo sabríamos...
El desconocimiento del profesorado sobre los métodos validados, corroborados por la práctica y, por tanto, eficaces en la prevención e intervención de los problemas de convivencia es tremendo. Todo lo más se sabe que existen algunos métodos de intervención aislados e inconexos, que, si no están debidamente contextualizados, servirán de bien poco en determinados entornos educativos y sociales.
Hay que decir, entonces, en segundo lugar que SÍ... que hay soluciones posibles. Es más: existe un abanico de ellas amplísimo. Y lo tercero, que no existen soluciones milagrosas para este tipo de problemas. Que la recomposición del ambiente deteriorado pasa por muchos puntos sensibles que afectan a numerosos procesos educativos. Y que hay que debatir y revisar estos para conseguir adaptarlos a las circunstancias cambiantes del siglo XXI. Que ya no es posible trabajar en la sociedad de la información con la tiza y la pizarra y que la sociedad y el desarrollo del individuo requieren del sistema educativo objetivos y procedimientos educativos netamente diferentes de los que hasta hace poco funcionaban bien, pero que ya no funcionan.
También es importante decir que si la problemática convivencial en los centros tiene un origen familiar, social, sanitario, además de escolar... todas esas instancias deben contribuir a la mejora de la educación, pues de lo contrario estaremos trabajando en un contexto falso, incompleto. La sociedad demanda de la escuela... y la escuela puede y debe demandar de la sociedad. No sirve de nada dejarse cargar de responsabilidades que sabemos de antemano que no vamos a poder cubrir solos al 100% en ningún caso.
También es oportuno transmitir que los procesos de mejora de la convivencia, al ser tan polivalentes, no pueden ser cortos, ni excesivamente sencillos. Más bien son largos y complejos... pero interesantes y gratificantes por cuanto nos pueden devolver el sentido de la educación, ese que algunos dicen que se ha perdido de forma irremisible... porque nada se puede hacer con estas “hordas juveniles”...

Problema multidimensional

Estamos, una vez más, ante un problema multidimensional, con raíces en la crisis social, familiar, de valores... con la inmersión completa en la sociedad de la comunicación (muy visual y por lo tanto cualitativamente diferente de las anteriores), con el cuestionamiento de muchas formas de autoridad (que no de todas) por parte de la juventud, y no sólo en los centros educativos... con el acceso en tres lustros de un porcentaje amplísimo de sectores tradicionalmente desescolarizados y/o provenientes de otros países... con la violencia cómo una forma que algunos pretenden legitimar como una modalidad de lograr la paz.
Dicen que nunca es tarde y yo soy partidario de esa premisa, pero especialmente en nuestro país. No creamos que somos el país más conflictivo del mundo. Ni en lo educativo ni en lo convivencial. EE UU sin ir mas lejos nos supera en ambos items. Y si hay métodos de trabajo y hay necesidad de ellos... sencillamente: apliquémoslos. Pero ¿cómo? Eso debe ser muy difícil, requerirá la intervención de especialistas, de técnicos en conflictología. no, nada de eso. Eso ya se ha probado y no funciona.
En España, en el conjunto de casi todas las Comunidades Autónomas hay equipos de profesionales (en todas las etapas educativas) que llevan años trabajando la convivencia y la mejora del rendimiento educativo, luchando contra el abandono escolar y la exclusión y consiguiendo, en algunos casos, mejores resultados que la media con poblaciones escolares con más de la mitad del alumnado con perfil de compensatoria. La mayor parte de estas personas trabajan en el aula, normalmente en estrecho contacto con equipos de investigación externos. Adecuando, modificando, ampliando, rectificando en función de la dinámica real de los problemas en un proceso pegado al terreno. Esto también se ha probado y funciona. Utilicemos entonces esas soluciones ya contrastadas en la práctica diaria, adaptándolas a las peculiaridades de cada Centro. Pongamos en común lo ya hecho, no es necesario “inventar” nada nuevo... En cualquier caso... ¿qué perdemos con probar?

formacionydebate@auna.com

 

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