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sucinto
artículo la aportación de Cervantes y particularmente del Quijote
al campo de la educación y de la cultura es tarea irrisoria. Me contentaré,
por esta razón, con realizar algunas reflexiones sobre la magna obra de
las letras españolas y con recoger algunos fragmentos de la misma, a los
que se agregan otros de diversos autores. Verdaderamente, en el marco
del cuarto centenario de la primera parte de la extraordinaria novela
cervantina me complace comentar algunos aspectos de diversa índole vertebrados
por el pensamiento humanista. En las líneas que siguen y desde una óptica
multidisciplinar hilaré ideas más encaminadas a mostrar mi fascinación
que a dar respuestas.
En primer lugar,
procede afirmar que el impacto del Quijote en el mundo de la literatura
es tal que cabe hablar de un antes y un después. Se trata de la novela
más grande jamás escrita. Cuando en 1605 ve la luz el primer volumen Cervantes
era casi sexagenario. Parece que la obra supuso un terremoto en el ruedo
literario de la época, a juzgar por los comentarios vertidos a la sazón
por algunos escritores. Cervantes estaba considerado hasta la publicación
del Quijote como un autor mediocre. Pese a la opinión de detractores
de la talla de Lope de Vega o Quevedo el Quijote rápidamente se
reeditó y su fama se extendió por España y aun por el extranjero.
La segunda
parte de la excelsa obra se publica en 1615, en gran medida estimulada
por la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda. Pues bien,
en la década que transcurre entre la dos partes se enviaron cientos de
ejemplares a las Indias y a varios países europeos, con traducciones al
inglés, al francés y al italiano. Por cierto, debe consignarse que a pesar
de este éxito no mejoraron las condiciones de vida de su padre literario.
Parece que el Quijote se escribió parcialmente en la cárcel hispalense,
en la que entró Cervantes en 1602 por supuestas irregularidades. Es de
sobra conocido que la biografía de Cervantes es accidentada y llena de
penas, entre las que cabe destacar la valerosa participación en la batalla
de Lepanto, en la que fue gravemente herido, el cautiverio, la prisión,
así como los problemas familiares y económicos.
Humor
y filantropía
La
realidad vital desfavorable y amarga del inmortal escritor contrasta con
la ficción novelística rebosante de comicidad. El humor en la novela ha
recibido poca atención, acaso porque se ha contrapuesto erróneamente a
la seriedad. Lo cierto es que se trata de una de las claves de su profundidad
y universalidad, además de reflejar la excelente salud mental de su autor.
El humor explica en gran medida la sintonía que los lectores de todos
los tiempos y lugares han tenido con esta joya cervantina. Como dice Don
Quijote cuando habla sobre sí mismo con el bachiller Sansón Carrasco sobre
la publicación de sus aventuras: “En efecto, lo que yo alcanzo, señor
bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte
que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir
gracias y escribir donaires es de grandes ingenios...” (II, 3).
La dimensión
cómica deviene con facilidad en el Quijote risa sonora, generosa
y agradecida. Más allá de esta vertiente humorística a veces crítica y
siempre inteligente nos topamos con el profundo humanismo de este original
libro de entretenimiento. El Quijote ha de ser catalogado, en mi
opinión, como una obra filantrópica. Al margen de pequeños tropiezos
vitales del autor creo que una novela así sólo puede escribirla un hombre
bueno de genuina actitud fraterna. En su “Vida de Don Quijote y Sancho”,
Unamuno (2000, 194) llega a decir: “Y en cabeza de Sancho (Don Quijote)
ama a la humanidad toda”, lo cual evidentemente no sería posible si ese
amor no anidase en el corazón de su creador. Miguel de Cervantes penetra
por los recovecos del alma humana y se muestra empático y trascendente.
La experiencia acumulada, el erasmismo, la apertura mental, la postura
existencial y el altruismo constituyen algunos de los ingredientes explicativos
de la filantropía cervantina de la que brota el idealismo heroico de Don
Quijote, entregado sin tregua a los desamparados.
Profundidad
de la novela
Nos
hallamos ante un libro plural, profundo y complejo, sin que por ello se
rompa su unidad. Estamos ante el arquetipo de la novela moderna. Dondequiera
que se la mire se advierte que es obra maestra, susceptible de las más
variados enfoques hermenéuticos, todos admisibles. Su potencia, su magnitud
enigmática, hace que esta novela plurisecular llegue hasta hoy como paradigma
para el porvenir.
En apretado
análisis multidimensional se descubre en esta novela renacentista su carácter
instructivo, todas las páginas rezuman enseñanzas en gran medida
gracias a las elevadas reflexiones del hidalgo manchego, del loco sensato,
sin perder de vista la sapiencia creciente del leal escudero. La dimensión
emocional se patentiza en el disparado y disparatado amor idolátrico
de Don Quijote por Dulcinea, al igual que en las narraciones de Fernando
y Dorotea, de Cardenio y Luscinda. De su vertiente estética da buena cuenta
el magistral dominio del idioma, la clave humorística y la armonía lúdico-descriptiva
que recorre todo el Quijote. En cuanto a la proyección social está
presente en la pretensión de mejorar la realidad, sobre todo de los menesterosos.
Por esta misma vía nos adentramos en el plano moral, esto es, en
el donquijotismo o defensa de causas nobles, aunque a veces estén perdidas
de antemano. Estas dimensiones formativas interconectadas quedan trascendidas
por la espiritualidad, la grandeza antropológica y el canto al ser esencial
del hombre. Don Quijote es un espíritu ejemplar, animado por la descabellada
idea de mudar el mundo. Su empeño es corregir las sinrazones, enderezar
entuertos y vengar agravios.
Don
Quijote: un loco maravilloso
Don
Quijote es un loco cuerdo, genial y entrañable, una personalidad fronteriza
que ilumina y caldea a los lectores, por su amor a la vida, por su deseo
de mejorarla, porque vive como piensa, porque despierta esperanza, porque
nos auxilia, porque la sombra de su triste figura alargada, leptosomática,
llega hasta nosotros, cuatro siglos después de su nacimiento, para seguir
orientando la manera de ser humano. No hay sepultura para Don Quijote.
Reconforta que nuestro héroe siga cabalgando, como nos recuerda León Felipe
en estos bellos versos:
“Por
la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de
Don Quijote pasar...”
La
vida es aventura, vale decir, ventura y desventura, empresa de resultado
incierto, risas y lágrimas, luz y oscuridad, laberinto. En este enredo
vital, por los campos de la Mancha, se alza el ingenioso hidalgo que,
temerario, arriesga su ser, se juega su vida ficcional por bellos ideales:
justicia, equidad, libertad, etc. Es el donquijotismo.
Don Quijote
es un héroe, no exento de comicidad, pero héroe al fin. Esta novela caballeresca
es una epopeya en prosa. Las acciones de Don Quijote son dignas de ser
cantadas épicamente. Aquí el hidalgo, a pesar de su locura, representa
un conjunto de valores universalmente aceptables y aceptados. Por algo
será que, después de la Biblia, es la obra con mayor número de ediciones.
Por medio del
delirio se dispone Cervantes a mostrar el lado profundo y misterioso de
la vida. Don Quijote, el de la triste estampa, nos redime con su locura.
Cito unos versos del poema Un loco de Antonio Machado en que se
descubre la sombra amarga de nuestro querido caballero andante:
“No
fue por una trágica amargura
esta
alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.”
Y
ya que ha salido el tema de la locura, por cierto nuclear en la novela
cervantina, ofrezco mi opinión respecto a las tesis de dos psiquiatras
españoles que este año del cuarto centenario han publicado sendos libros
sobre Cervantes y su obra. Me refiero a Carlos Castilla del Pino y su
“Cordura y locura en Cervantes”, y a Francisco Alonso Fernández
con “El Quijote y su laberinto vital”. El primero dice textualmente:
“Han existido algunos psiquiatras, y médicos no psiquiatras y eminentes
en su disciplina, que se empeñaban en aplicar a la figura de Don Quijote
categorías diagnósticas. Lo menos que puede decirse de esta tarea es que
constituye una impropiedad.” (págs. 62-63). Más adelante escribe: “La
locura en la obra de Cervantes no debe tomarse, pues, de ninguna manera
en un sentido médico, a modo de un padecimiento venido de donde viniere,
sino como una construcción ficcional en la que muestra y describe la trascendencia
del error en la construcción de la vida propia por parte de cualquier
ser humano en general, representado precisamente en este caso en
alguien que nunca existió.” (pág. 64).
Por su parte,
Alonso Fernández sostiene que el “...hidalgo Alonso Quijano (es) transformado
en Don Quijote, al sufrir el impacto de un trastorno mental, identificado
en estas páginas como un episodio maniaco o hipertímico. Desatada la imaginación
del hidalgo por la exaltación eufórica sintomática de este tipo de enfermedad
mental, Alonso Quijano cambia de identidad y se siente transformado en
un caballero andante. (pág. 8). Y continúa: “Una construcción delirante
de este tipo constituye un delirio megalómano de autometamorfosis, una
modalidad extrema de los delirios de falsa identidad de sí mismo. El protagonista
de la obra es, por tanto, el loco Alonso Quijano, el hidalgo manchego.
Don Quijote es un usurpador de protagonismo para el hidalgo y de gloria,
para Cervantes.” (pág. 8).
Juzgue cada
cual si cabe explorar y categorizar psicopatológicamente al hidalgo Alonso
Quijano. Yo creo que sí. No en vano, siempre se ha hecho de modo espontáneo
y natural por los lectores de la obra, aunque eso sí de modo impreciso.
Cuantos hemos llamado “loco” al hidalgo, profanos y expertos, hemos querido
indicar que el personaje es un enfermo mental, sin juicio o que ha perdido
el sentido de la realidad. Alonso Fernández lo que hace es analizar, comprender,
estructurar y explicar, magistralmente, esa locura del personaje. Por
lo mismo, creo que abre -él es consciente- una vía de gran valor para
el mejor conocimiento de la magna novela cervantina. Sin embargo, me parece,
desde una mirada amplia y comprensiva que admite la pluralidad interpretativa,
que Cervantes se sirve de la locura del personaje -locura que capta experiencial
e intuitivamente- para dilatar el mundo novelado que brinda a los lectores.
La locura es más sabrosa literariamente que la cordura monocorde. Cervantes
enloquece al hidalgo para que “rompa con todo”, para que explore y ensanche
su mundo, para que aventure su vida irreal. Si desde la locura se abre
un sinfín de posibilidades narrativas para la novela, en las que queda
alzaprimado Don Quijote de la Mancha, nombre rimbombante y eufónico, con
la cordura es Alonso Quijano al que me permito apodar en este momento
“El Llano”, el protagonista de una obra que se estrecha, se desviste y
fenece. Aunque el “loco cuerdo” nos alumbre gracias a su lucidez y valentía,
la conclusión que debe extraerse de la novela no es que la locura ensancha
nuestra vida porque si lo hiciésemos estaríamos cayendo en la trampa de
Don Quijote. Se requiere en este punto mirar a su autor, a su progenitor,
a Cervantes. Su genialidad, su laboriosidad, su virtuosismo, su sabiduría,
su bonhomía, es lo que se nos presenta ahora como modelo, como ejemplo,
esto es, como horizonte de grandeza.
El
Quijote, libro educativo
Con
claridad se advierte que El Quijote es un libro educativo, cuya
lectura reposada guía la trayectoria vital de grandes y chicos. El buen
caballero andante se presenta como referente de autoconstrucción personal,
de fidelidad a la vocación, de arrojo, de vitalidad, de curiosidad, de
espíritu encarnado, de plenitud. Por eso es imperativo pedagógico iniciar
a los niños en el disfrute de la lectura y de su lectura. A este respecto,
procede recordar que el Quijote fue libro de lectura en la escuela
primaria desde la génesis del sistema educativo español, a comienzos del
siglo XIX, al menos hasta el primer tercio del siglo XX, aunque en la
época franquista recibió un fuerte impulso hasta los años 60. Hubo para
ello numerosas ediciones escolares adaptadas, con desigual acierto, a
la edad de los niños. Se trataba de educar deleitando a partir de la lectura,
el dictado y la conversación. El Quijote es un libro para todos
los públicos, si bien de modo diferente, como queda recogido en la propia
obra. En la segunda parte de la novela, el bachiller Sansón Carrasco hablando
con Don Quijote sobre la acogida del libro dice: “... porque es tan clara,
que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos
la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente,
es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que
apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”.
Y más adelante indica el bachiller: “ ...la tal historia es del más gustoso
y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque
en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni
un pensamiento menos que católico”. (II, 3).
Uno de los
aspectos formativos fundamentales del Quijote se descubre en el
diálogo. Sin la conversación entre Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza
no habría libro. A tal extremo llega la profundidad del diálogo entre
el flaco y el gordo que parte de la evolución del leal Sancho, de su sapientización
y “sanchización” se opera a través del diálogo fecundo entre ambos, en
el que no faltan sabios y buenos consejos del caballero a su escudero
encaminados “a adornar el alma y el cuerpo”.
Psicología
del español
Cervantes
es el gran psicólogo que retrata de manera magistral el comportamiento
humano. Estamos ante un libro de descripciones certeras de la realidad
personal en que se nos develan los arcanos de la raza y aun de la especie.
Ortega y Gasset (2001), en “Meditaciones del Quijote”, dice que Don Quijote
“es como un guardián del secreto español, del equívoco de la cultura española.
(...) No existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido
universal de la vida sea tan grande...”(pág. 167). Poco después este pensador
agrega: “Es, por lo menos, dudoso que haya otros libros españoles verdaderamente
profundos. Razón de más para que concentremos en el Quijote la
magna pregunta: Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio
de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana
sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué
es esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa
del alma continental?” (pág. 168)
Creo que las
palabras citadas del egregio filósofo gozan de plena vigencia. Volver
la mirada hacia Cervantes y su Quijote es absolutamente necesario
en este siglo XXI si se quiere hallar una luz que oriente el rumbo de
España.
Concluyo este
pequeño y particular tributo al príncipe de nuestras letras y a su vástago
literario de mayor fama universal con unos versos extraídos de la bella
“Letanía de nuestro señor Don Quijote”, del excelso poeta nicaragüense,
español de corazón, Rubén Darío:
¡Ruega
por nosotros, hambrientos de vida,
con
el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!
Bibliografía
ALONSO
FERNÁNDEZ, F. (2005): El Quijote y su laberinto vital, Barcelona,
Anthropos.
CASTILLA DEL
PINO, C. (2005): Cordura y locura en Cervantes, Barcelona, Península.
ORTEGA Y GASSET,
J. (2001): Meditaciones del Quijote, Madrid, Cátedra.
UNAMUNO, M.
DE (2000): Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Cátedra.
Selección de
poemas de LEÓN FELIPE, ANTONIO MACHADO y RUBÉN DARÍO.
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