El cubista en color

El Museo Reina Sofía muestra todos los matices
de la personalidad artística del pintor Juan Gris

A veces considerado sólo como un brillante secundario de la intrahistoria cubista y, asombrosamente, situado entre
el público como el preferido de entre todos sus grandes nombres, Juan Gris retiene todavía esa explosiva sugerencia que fue el color entre sus formas. El Reina Sofía nos lo demuestra.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Una ocasión histórica para acercarse a la obra de Juan Gris, una espléndida exposición que resume sabiamente su aportación a la historia del arte y el tardío homenaje de un país que no supo tenderle puentes a su creatividad: Juan Gris. Pinturas y dibujos 1910-1927, muestra central de estos meses en el Centro de Arte Reina Sofía y segunda muestra antológica institucional que se celebra desde 1985, es la visión más completa que sobre la figura y la obra de este pintor se haya hecho nunca dentro o fuera de España. Un hito expositivo por su elevado número de obras –alrededor de las 250 entre pinturas y dibujos- y por su calidad e importancia, que es fruto de cuatro años de trabajo –se trata de un proyecto del anterior equipo directivo del Museo- y de una compleja labor de investigación que ha llevado a su comisaria Paloma Esteban Leal a contactar con los grandes museos y entidades culturales del mundo, con un coste total de cierre de dos millones de euros, parte de los cuales han sido financiados por Telefónica y Bancaja.
Un evento extraordinario del Madrid cultural que José Victoriano González, apodado Juan Gris, nacido en Madrid en 1887 y muerto en Francia en 1927, difícilmente pudo llegar a poder siquiera soñar. Un generoso responso y un acto de absoluta equidad que esta sociedad entrega a su forma singular de trabajar el misterio que supone el arte.

Pasión contenida

“Juan Gris era un apasionado frío, un ser contradictorio cuyo trabajo y existencia se regían por un enriquecedor dualismo, gracias al que convivían sin problema la lógica y el raciocinio junto al amor a la poesía y la fascinación por la astrología o la alquimia. Dramático, apasionado, supersticioso e inquieto, ese hombre intelectual y emotivamente complejo que fue Juan Gris supo mostrarse siempre atento a cuantas oportunidades le ofrecía la vida, una corta vida cuya brevedad no fue, sin embargo, obstáculo para la creación de una gran obra”. Estas palabras de la estudiosa Paloma Esteban sintetizan el mundo personal subterráneo encerrado en esta exposición y que se engarza de forma lógica y tenaz con una tradición española en la que están Zurbarán, los bodegones de Sánchez Cotán o Felipe Ramírez, la trascendente idea de la figura cúbica de Juan de Herrera y hasta las doctrinas de acercamiento a la Naturaleza de Ramon Llul, a través de un puente que une el sello de lo español con el asombroso espejo que supuso el cubismo para el arte. Dualidad en lo personal y dualidad en sus referentes creativos que le han hecho ese caso progresivamente más y más sugerente entre los mucho más mimados y cotizados Braque y Picasso y que resume en sí mismo el balance tenso que el pasado y el porvenir mantienen siempre en un presente artístico.

Obra dispersa

Reconocido tempranamente por el mercado internacional su obra está dispersa por instituciones y colecciones de todo el mundo lo que explica que más de la mitad del conjunto de obras que esta muestra ofrece procedan de 130 prestadores distintos. Entre ellos, el MOMA, el Guggenheim y el Metropolitan, de Nueva York; la Tate Modern de Londres, los principales museos alemanes, nórdicos y de los Países Bajos, además de la gran aportación del Pompidou de París. Gracias a su interés y al esfuerzo del equipo organizador se han conseguido obras como “El torero”, de 1913, posesión original de Ernest Hemingway y que reprodujo en el frontispicio de su obra Muerte en la tarde y que sólo ha sido expuesta en tres ocasiones. El recorrido compuesto por todas ellas propone una lectura actualizada del significado de la obra de Juan Gris en la escena cubista, rastreando los diferentes momentos de su producción que aquí se muestra comenzando por Sifón y botellas, fechado en 1910 y que va atravesando técnicas, formas y, sobre todo, el uso de la luz y del color, su gran característica que le llevó a ser considerado como el gran colorista del cubismo y que hoy, décadas y décadas después, continúa constituyendo el mayor atractivo de su poderosa obra.

 

arriba