El presente artículo recoge los aspectos más significativos
de la intervención de Fernando Carratalá en la mesa redonda “Reflexión en torno a la lectura de El Quijote en los centros escolares”, organizada por la Consejería de Educación
de la Comunidad de Madrid  -en el ámbito de la III Jornada
de reflexión y debate: “Cómo y cuándo leer El Quijote”-,
y celebrada en el CRIF “Las Acacias”, de Madrid, en la tarde
del 7 de marzo de 2005.

La lectura de “El Quijote”

Fernando Carratalá Teruel
Catedrático de Lengua Castellana y Literatura del IES “Rey
Pastor”, de Madrid

NTE una obra de la complejidad


...y dándole una lanzada en el aspa,
 la devolvió el viento con tanta furia...

 Quijote, I, 8

Por más que el aspa le voltee
y España le derrote
y cornee,
poderoso caballero
es Don Quijote.

Por más que el aire se lo cuente
al viento, y no lo crea
y la aviente,
muy airosa criatura
es Dulcinea.
Blas de Otero
En castellano (1960)

y transcendencia de El Quijote caben diferentes posiciones con respecto a su lectura, dentro del ámbito escolar; una lectura que, ya sea parcial o en su totalidad, contemplan los actuales currículos de tercer curso de la ESO y de primer curso de Bachillerato. Lo cual no invalida la opinión sostenida por muchos -entre ellos por el humorista gráfico Antonio Fraguas, que ha plasmado en múltiples viñetas, firmadas como Forges, sus reflexiones sobre los personajes cervantinos- de que no es el lector el que elige el momento más idóneo para leer El Quijote, sino que es la propia obra quien determina éste y selecciona a aquél.
Desde luego, podría prescindirse de la lectura de El Quijote durante el periodo de escolarización del lector -lo que contraviene la normativa vigente en materia de lectura para la Educación Secundaria-, alegando que, para evitar el rechazo que la obra de Cervantes podría provocar en no pocos adolescentes, es preferible retrasar su lectura y reservarla para la vida adulta, fuera por tanto del ámbito escolar, en una época en la que ya debe poseerse la formación cultural, sensibilidad y capacidad crítica como para poder interpretar un texto cuya comprensión y justa valoración exigen un lector “maduro en humanidad”.
No es esta, sin embargo, nuestra posición ante la lectura de El Quijote, convencidos como estamos de que el conocimiento de esta obra puede convertirse en el mejor de los revulsivos para ayudar a nuestros adolescentes a que se desarrollen armónicamente como personas, realzando su dimensión espiritual y despertando su sensibilidad estética.

La labor del docente

Y aquí es donde la labor del docente resulta imprescindible, precisamente por las carencias culturales de unos alumnos que, además, no siempre están dispuestos a realizar ese mayor esfuerzo intelectual que la lectura requiere, frente a otros procedimientos más “cómodos” o “pasivos” para adquirir e interpretar la información. Es el docente -insistimos- el que debe allanar a sus alumnos las dificultades de lectura que el texto cervantino presenta, sumergiéndoles en el contexto histórico de dicho texto, profundizando en las relaciones entre Literatura y Sociedad, afrontando sus referentes estéticos en el ámbito de la tradición literaria... Porque sólo así los alumnos irán comprendiendo El Quijote desde una perspectiva racional y podrán estar en condiciones de valorarlo desde una perspectiva anímica.
También podría efectuarse una “lectura superficial” de El Quijote, más acorde con la psicología de un lector adolescente, al que, sin duda podría interesar el tono paródico de la obra, fomentando, así, solo los aspectos lúdicos de su lectura. Tampoco consideramos válido este acercamiento a El Quijote, porque desvirtúa gravemente el sentido global del texto cervantino. Naturalmente que la obra está insuflada de una poderosa fuerza cómica -que reside, precisamente, en el contraste entre el clima heroico de las novelas de caballerías y el ambiente vulgar en que se enmarcan las situaciones grotescas en que Don Quijote y su fiel escudero se ven envueltos, y a través de las cuales Cervantes ridiculiza los malos libros de caballerías-. Pero ese humorismo en los contenidos, esa comicidad que denotan igualmente los recursos expresivos utilizados por Cervantes encierran una toma de posición crítica ante la España de su época -crítica benévola, en la línea del temperamento magnánimo de Cervantes-; una sociedad -la de entonces, la de cualquier época- que necesita de la utopía vital quijotesca para no desmoronarse: la del caballero andante imbuido de nobles ideales que combate el mal allá donde quiera que se encuentre y lucha en favor de los más débiles y desvalidos, y por el triunfo de la justicia.
Es, por lo tanto, El Quijote mucho más que una sátira de los anacrónicos libros de caballerías. La lectura de sus páginas nos exige, más allá de un simple ejercicio de evasión, un profundo esfuerzo que nos lleve a dejar libre la conciencia para la introspección reflexiva; porque, en definitiva, esas páginas cervantinas irradiarán su influjo sobre nuestra propia realidad y nos enseñarán a ser mejores. Y el aula es el espacio idóneo para propiciar este encuentro entre El Quijote y sus lectores. Y, de nuevo, la figura del profesor será la que sirva de estímulo para esa lectura fructífera que potencie el autoconocimiento.

El Quijote en el ámbito escolar

El ámbito escolar se convierte, así, en el más adecuado para situar El Quijote en el contexto sociocultural que hizo posible esta creación literaria; para presentar fragmentos que reflejen los planteamientos estéticos propios de ese entorno históricocultural en que fue concebida...; Pero también, y acaso sobre todo, para convertir la lectura de esta obra en una experiencia vital intransferible desde la que lanzarse a la conquista de un mundo más verdadero en el que la dignidad del ser humano ocupe un lugar de privilegio.
Y ello sin contar con que el lector escolar de El Quijote compartirá, además, las vivencias de otras personas -ficticias, pero las más de las veces cargadas de verosimilitud; y, en este sentido, los continuos diálogos entre Don Quijote y su escudero permiten adentrarse en sus respectivas psicologías y acceder a un mejor conocimiento del ser humano-; se enfrentará con otras formas de pensar y obrar distintas de las propias -lo que se convierte en la mejor escuela de tolerancia-; entrará en contacto con mundos imaginarios y también reales en los que personas de las más variadas extracciones sociales exhiben sus costumbres -que pueden erigirse en muchos casos en modelos de referencia-; participará con la imaginación en aventuras que de otra forma ajena a la lectura no podrían protagonizarse... Todo lo cual es innegable que despierta la fantasía y estimula la creatividad.
Porque la lectura de El Quijote, así entendida en la Educación Secundaria, puede servir, además, para poner coto a esas actitudes más o menos indolentes de muchos adolescentes que buscan refugio en otras formas de recepción de la información aparentemente más sencillas que las que derivan de una adecuada comprensión del lenguaje escrito: en el mensaje audiovisual, que suele entenderse con mayor facilidad e implica un receptor más pasivo; y en el soporte informático, que facilita un más rápido acceso a la información-; lo que puede suponer -y de hecho supone- un freno a la imaginación, siempre despierta en el lector que se adentra con Don Quijote y Sancho Panza por los caminos de la Mancha y Sierra Morena, deseoso de participar de sus aventuras; y, también contagiado de ese idealismo quijotesco al que no es ajeno el propio Sancho: un Don Quijote que, derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, regresa a su pueblo “vencedor de sí mismo, que es -según afirma Don Quijote por boca de Sancho- el mayor vencimiento que desearse puede” (Segunda parte, capítulo LXXII).

Por qué leer “El Quijote”

A propósito de “El Quijote”, decía José Cadalso -en una de sus Cartas marruecas, concreto, en la LXI, que Gazel dirige a Ben Beley-: “Lo he leído, y me ha gustado sin duda, pero no deja de mortificarme la sospecha de que el sentido literal es uno, y el verdadero es otro muy diferente. <...> Lo que se lee es una serie de extravagancias de un loco, que cree que hay gigantes, encantadores, etc., algunas sentencias en boca de un necio, y muchas escenas de la vida bien criticada; pero lo que hay debajo de esta apariencia es, en mi concepto, un conjunto de materias profundas e importantes”.
Certero juicio el de Cadalso. Porque si tuviéramos que radiografiar la novela cervantina desde alguna perspectiva concreta -a partir de la puramente literaria-, esa es, a nuestro entender, la de la dimensión ético-moral: la que nos presenta a Don Quijote batallando en favor de la dignidad del ser humano. Porque nadie, leyendo atentamente El Quijote, suscribiría que el comportamiento del hidalgo manchego en las múltiples aventura en que se ve inmerso a lo largo de la obra es el de un loco ridículo; antes por el contrario, cualquier lector ve en ese comportamiento el de un idealista cuya conducta se mueve impulsada por los más nobles sentimientos: Don Quijote cree en la utopía de un mundo mejor -pretende encarnar el espíritu de la caballería andante en una sociedad en la que ya no tienen cabida los caballeros andantes-. Y, por ello, su locura es, en sí misma, una manifestación de la grandeza de su espíritu: Don Quijote representa la lucha por la justicia, por los derechos de los oprimidos frente al poderoso opresor, por la honra y el honor, por la libertad...; en definitiva, por la grandeza espiritual de las personas. Muy elocuentes son, a este respecto, las siguientes palabras de Don Quijote, que aunque repetidas y conocidas, resuenan hoy en nuestro oídos con la misma contundencia -o incluso mayor- con que debió de escribirlas Cervantes -que tantas veces ha relacionado el tema de la libertad con la dignidad del hombre-: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las “estrechezas” de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes “recebidas” son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!” (segunda parte, capítulo LVIII).

Cómo leer El Quijote

Un acercamiento posible a El Quijote en la Educación Secundaria se puede realizar de dos maneras: en primer lugar, mediante una selección de fragmentos que nos den noticia de los episodios y acontecimientos más notables de la obra -aunque sin perder la visión del conjunto-, fragmentos que han de resultar lo suficientemente significativos como para posibilitar una posterior lectura completa de la obra por parte de los alumnos, a la que nunca se debe renunciar; y, en segundo lugar, siguiendo la utopía vital quijotesca en otros autores posteriores -Rubén Darío, Miguel de Unamuno, León Felipe...-, que han encontrado en la figura de Don Quijote y en sus valores imperecederos el referente necesario que ha orientado en no pocas ocasiones sus preocupaciones existenciales. 
Y son al menos cuatro los fragmentos que podrían abordarse desde la citada  perspectiva ético-moral: la aventura de los frailes de la orden de San Benito (capítulo VIII de la primera parte), la aventura con los cueros de vino tinto (capítulo XXXV de la primera parte), la aventura de los leones (capítulo XVII de la segunda parte), y la aventura del Caballero de la Blanca Luna (capítulo LXIV de la segunda parte). En todos estos episodios se percibe a la perfección esa distancia entre el mundo ideal y el de la realidad que continuamente se produce en Don Quijote: el mundo de los libros de caballerías, en los que el héroe siempre sale airoso de los peligros a los que se enfrenta; y el mundo real -el de los personajes y situaciones con que Don Quijote se encuentra en su deambular por los caminos y los pueblos de la España de los primeros lustros del siglo XVII-; una realidad que Don Quijote transforma para acomodarla a los libros de caballerías; y un Don Quijote -ejemplo de valentía y heroísmo, siempre deseoso de emprender cualquier aventura que se le presente para enderezar entuertos- que responsabiliza a unos encantadores de todos sus fracasos, empeñado en proclamar su verdad, aunque la experiencia le desmienta (y que, incluso ya derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, sigue afirmando la superioridad de su dama frente a todas las demás, en un incomparable gesto de grandeza moral: “—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.”).

La nobleza de Sancho Panza

Y en cuanto a Sancho Panza, en dos de estos episodios -el de los frailes de la orden de San Benito y el del acuchillamiento de los cueros de vino tinto- cree que está viviendo una aventura propia de los libros de caballerías; con lo que asistimos aquí a dos de los muchos momentos en los que, a lo largo de la obra, queda patente su proceso -más o menos consciente- de “quijotización”; un Sancho Panza cuya nobleza de espíritu brilla, una vez más, en el episodio de los leones, feliz y hábilmente resuelto por Cervantes.
Un quinto fragmento, tomado del capítulo LIX de la segunda parte -en el que Cervantes lleva a cabo un ajuste de cuentas con El Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda- puede servirnos para poner de manifiesto la generosidad -que encubre una profunda dignidad moral- de Cervantes con quien, además de apropiarse de sus personajes y de desvirtuar su psicología, le profirió al verdadero autor de El Quijote todo tipo de insultos y vejaciones: Alonso Fernández de Avellaneda, pseudónimo tras el que podría esconderse Jerónimo de Pasamonte. Cervantes defiende con gran originalidad la autenticidad de sus personajes, a la vez que alude con suma discreción a esos insultos e injurias que había dirigido contra él Fernández de Avellaneda -llamándole viejo, manco, murmurador, agresor de sus lectores...-, y a los que ya había respondido con finísima ironía -la propia de un hombre de bien- en el Prólogo de la segunda parte de su obra. Porque si desacierto es que Alonso de Avellaneda convierta a Sancho Panza en un ser soez, estúpido, sucio y glotón, mayor lo es el de limitarse a presentar a Don Quijote como un simple loco. Precisamente cenando con él, don Juan y don Jerónimo tienen ocasión de comprobar cómo es Don Quijote; un Don Quijote que aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba como mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura. Y ahí es, precisamente, donde radica el gran mérito literario de Cervantes: al actuar como personajes de ficción que juzgan otra ficción, Don Quijote y Sancho Panza no sólo afirman su propia autenticidad y la falsedad de los personajes de Fernández de Avellaneda, sino que, además, ven intensificada su ilusión de realidad, pues su reconocimiento se produce en una reunión con don Juan y don Jerónimo, personajes supuestamente reales. Extraordinario rasgo de modernidad es que unos personajes literarios tengan que rebelarse contra la interpretación que de ellos da un libro apócrifo; y extraordinaria también la dignísima manera con que Cervantes afronta su enemistad con Avellaneda, en el ámbito de la ficción literaria.

Tras las huellas de la utopía vital quijotesca

 Otra manera de acercarse a El Quijote es la de rastrear su influencia en autores que han tomado el personaje cervantino, más o menos identificados con él, como pretexto para las más variadas reflexiones filosófico-morales. Y, en este sentido, de los muchos escritores y textos que podríamos seleccionar, elegimos tres que pueden resultar, en cierto modo, emblemáticos: el poema “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, de Rubén Darío -que forma parte de  Cantos de vida y esperanza-; el ensayo “El sepulcro de Don Quijote”, incluido en la obra de Miguel de Unamuno Vida de Don Quijote y Sancho; y el poema “Vencidos”, que León Felipe incorpora al primero de los libros titulado Versos y oraciones de caminante.
La Letanía de Nuestro Señor Don Quijote fue escrita con ocasión del tercer centenario de la publicación de la primera parte de la novela cervantina. Darío invoca en esta composición -imitando las formas rituales propias de las oraciones- la protección del héroe caballeresco contra los males que afligen al mundo moderno; un mundo que ha olvidado los nobles ideales quijotescos para reemplazarlos por un grosero materialismo que se ha instalado en una sociedad "encanallada y entontecida" en la que Don Quijote se ha quedado sin imitadores, y en la que el idealismo en el obrar ha sido sustituido  por un pragmatismo que persigue solo el beneficio material y que ha terminado por apoderarse de las conciencias. Sin duda, Darío ha logrado en este poema golpear las bases materialistas por las que se movía la sociedad de su época, en la que parece que ya no tienen cabida las auténticas esencias quijotescas, reemplazadas por esa canallocracia que se burla de la dignidad humana. Cien años después de su composición, el poema de Rubén Darío no ha perdido un ápice de actualidad y vigencia.
El ensayo titulado “El sepulcro de Don Quijote” fue incluido en el número 206 de la revista, publicada en Madrid, La España Moderna -correspondiente a febrero de 1906-; y antepuesto por Unamuno al texto de su Vida de Don Quijote y Sancho en la segunda edición, de 1914 -la primera es de 1905-. Precisamente de este ensayo pueden entresacarse relevantes  fragmentos en los que Unamuno presenta el “quijotismo” como el más eficaz de los remedios para “regenerar” la España en la que le tocó vivir -aunque habría que leer completo el ensayo unamuniano para no desvirtuar su sentido global y significado último-. Unamuno concibe -en estas esclarecedoras páginas- la vida como una lucha permanente en defensa de la verdad y de la justicia, ideales profundamente humanos que han de erigirse en pilares básicos de nuestro funcionamiento como seres sociales; como un arduo camino que hay que recorrer denunciando la mentira, el latrocinio y la hipocresía donde quiera que se encuentren, y convirtiendo la filosofía quijotesca en norma de conducta vital. La dignidad moral de la persona queda, como en el caso de la novela cervantina, noblemente ensalzada en este texto de Unamuno, símbolo de la lucha contra el antiquijotismo imperante en una sociedad -la española de 1898- repleta de personajes que oponen el pragmatismo de la razón a la locura quijotesca; una locura que batalla por enderezar cuantos entuertos salgan al paso.

Soledad y derrota

El poema “Vencidos” -al que Joan Manuel Serrat puso música e incluyó como cierre de su LP “Mediterráneo”, publicado en 1971- no puede ser considerado como una alegoría de la derrota, el desamparo, el desasosiego y la amargura que el exilio -tras la Guerra Civil- supone, precisamente porque se escribía hacia 1920; si bien el deslizamiento de la significación de sus versos, a la vista de los acontecimientos históricos posteriores, le confiere un profundo sentido, tanto más cuanto que el poeta León Felipe, en lucha continua contra las adversidades de la vida, se identifica con ese “caballero del honor” que simboliza el hidalgo manchego. (Es muy posible que esta composición tuviera sus antecedentes en poemas escritos durante su permanencia en la cárcel de Santander, en donde una lectura reposada de El Quijote caló muy hondo en su personalidad).
El “amoroso batallar” de Don Quijote “encontró sepultura”, en efecto, “en la playa de Barcino -Barcelona-, frente al mar”, en donde es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna -que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco-. (Este afirma que su dama es más hermosa que Dulcinea del Toboso, arrogancia que Don Quijote no puede tolerar, por lo que acepta batirse con él en combate, “ya que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda”. Una vez vencido, Don Quijote ha de aceptar las condiciones del desafío en el caso de que él fuera el derrotado: dejar la andante caballería y volver a su lugar de origen para vivir en paz).
Un sentimiento de soledad y derrota -consecuencia de sus múltiples vicisitudes en la vida- le lleva a León Felipe a identificarse con ese otro gran derrotado que no conocía el desaliento hasta que el Caballero de la Blanca Luna dio al traste con sus nobles ideales; y de ahí el título del poema: “Vencidos”; un título en el que se resume la amargura de quienes han sido derrotados en sus más elevados anhelos vitales. Con todo, el poema de León Felipe, como la obra cervantina, deja vislumbrar la esperanza: el poeta, aun cargado de amargura y sin poder batallar -como tampoco puede proseguir con su “amoroso batallar” el indiscutible “caballero del honor”-, en sus más bajas horas de desaliento le pide a Don Quijote un sitio en su montura, para seguir adelante: “ponme a la grupa contigo / y llévame a ser contigo / pastor...”.

A modo de conclusión

Como no podía ser de otra manera, unas palabras del propio Don Quijote -tomadas del capítulo XVII de la segunda parte de la obra- sirven para cerrar estas líneas; palabras que un viejo profesor -con demasiados años de docencia sobre sus espaldas- quisiera convertir en el motor que siga guiándole en su andadura por las aulas: “¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible”.

 

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