Crear para comunicar

Toulouse-Lautrec y otros grandes del cartel artístico muestran el vitalismo social y cultural de la Belle Époque

Magníficos, concordantes con el espíritu festivo de una sociedad que busca y quiere olvidar sus deficiencias, encendidamente coloristas y especialmente diseñados para el ojo rápido de un paseante, el cartel dio a la Europa finisecular una variable artística de enorme resonancia social. Sus grandes autores vuelven a enganchar nuestra admiración desde las paredes de la Fundación Cultural MAPFRE VIDA.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
El museo de las calles abierto al extremista estético, al conservador, al curioso que tiene ansias de saber, al expresamente dispuesto y al que nada espera de la emoción estética; las puertas abiertas de par en par al público heterogéneo del que acude a las galerías y sabe, el que sólo concibe el arte sin trasgresión, el ignorante y el dejado. Autores que escudriñan el gesto esencial que resume una situación, emoción o necesidad; que investigan tendencias de comunicación para impactar y retener; que avanzan a través de una necesidad econó- mica del mercado hacia el libérrimo ejercicio del arte.

Obras que deben a la técnica litográfica y a la imprenta su gestión; que cuentan productos, comercios o espectáculos; que democratizan el placer estético; que son arte, publicidad y raros ejemplares del tratado de la Historia.
El museo, los autores y las obras de un fenómeno social y cultural que estos días resume espléndidamente en sus salas de Madrid la Fundación Cultural MAPFRE VIDA en la muestra Toulouse-Lautrec y el cartel de la Belle Époque, sobre una selección de los fondos del Museo de Ixelles de Bruselas.

Edad de oro

Una situación emergente económica que necesitaba de forma expresa formar el deseo de consumir entre el público potencial y una magnífica herramienta propiciada por las nuevas invenciones son la base sobre la que artistas considerados y admirados transformaron sus antiguos preceptos clasistas de las minorías seleccionadas para y por el arte y configuraron el festín visual y estético que aún hoy sigue siendo el mundo de la publicidad: en sus inicios, en las últimas décadas del siglo XIX, cuando el arte comienza a romper lenguajes y aprende de la fotografía y de culturas que han tenido en la estampación  -como la japonesa- una de sus mejores expresiones artísticas. Mucho más que los mensajes de los que eran vehículos y algo menos que el arte sin artilugios, el cartel de la Belle Époque –su edad de oro, sin lugar a dudas- fue para la sociedad una fuente no sólo de necesidades creadas sino de diseño de sus propias vidas. Lujo, alegría y versatilidad. Unos mensajes subliminales que continúan siendo la base de nuestra moderna publicidad.

Museo de Ixelles

Situada entre las cinco mejores colecciones del mundo de carteles artísticos y con un fondo que supera los mil ejemplares, el Museo Ixelles de Bruselas guarda la memoria casi completa de este capítulo creativo que tuvo en sus filas a artistas de la talla de –entre una lista extraordinariamente surtida- Jules Chéret, Eugene Grasset, Alphonse Mucha, Pierre Bonnard, Henri-Gabriel Ibels, Félix Vallotton, Théophile-Alexandre Steinlen, Henri Meunier o, el sin duda más afilado y magistral, Henri de Toulouse-Lautrec. De entre su legado, las comisarías Isabelle Six –responsable de la colección permanente del Museo de Ixelles- y María López, han confeccionado un recorrido de cien obras que cuentan con detalle quiénes protagonizaron y porqué este apartado singular del arte, y en el que tiene un significado especial el mejor cartelista de todos los tiempos: Toulouse-Lautrec, del que se exponen treinta y dos de los treinta y tres carteles que realizó a lo largo de su vida.
Jules Chéret, considerado por todos el padre del cartel artístico, es el primer eslabón que enseguida da pie a los lenguajes plásticos más modernos que hicieron aparición en el mundo del cartel: el Art Nouveau, con su aspiración por llegar a todos los rincones de la vida, con Mucha o Grasset como máximos representantes de esta tendencia; los grandes ilustradores de prensa, como Steinlen o Gillette, que aplican al cartel los preceptos realistas y populares con los que alcanzaban el éxito en la ilustración gráfica; los artistas considerados nabis, entre los que destacan Ibels, Bonnard o Vallotton, que elaboran un nuevo concepto de cartel artístico, basado en un estudiado sintetismo y protagonizado por enfoques fotográficos, por colores planos y por un linealismo aprendido de la estampa japonesa.
Toulouse-Lautrec constituye el núcleo central de esta historia y, prácticamente, la mitad de la exposición. Su obra sintetiza las más brillantes aportaciones de estos grandes nombres presentes en esta muestra y, sobre todo, evidencia que el cartel artístico ha llegado a su cenit. Instalado en Montmartre desde mediados de los años 80, la vida de Toulouse-Lautrec transcurrió entre burdeles y cabarés, de los que era un asiduo visitante: sus carteles resumen ese espíritu fin-de-siècle que es parte fundamental del imaginario colectivo occidental.
Una sala de pequeño formato acoge como suplemento a la muestra central un conjunto de carteles artísticos destinados a anunciar exposiciones de arte. Algunos publicitan pequeñas exposiciones; otros, muestras tan famosas y significativas como el Salón de los Cien  de París o La Libre Esthétique de Bruselas. Todos, sin embargo, ponían de manifiesto la imagen que los propios artistas querían dar de su arte y la capacidad que desarrollaban para convertirse en sus mejores publicistas.

 

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