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nios,
cuando algunas culturas alcanzaron cierto desarrollo del lenguaje escrito,
entendieron que, para hacer posible que sus hijos -y los hijos de sus
hijos- pudiesen utilizar todo el saber colectivo transmitido desde antiguo,
tenían que crear unas instituciones que sirviesen de depósito y, a la
vez, de proveedores de todo tipo de información. Así nacieron las bibliotecas-archivos-centros
de documentación.
Estos centros
de la memoria y la información se llenaron primero de tablillas de arcilla
o de madera; más tarde de rollos de papiro; algunos siglos después de
códices confeccionados con pieles de animales... Durante todo este tiempo
la tecnología utilizada, acorde con el desarrollo de la sociedad en su
conjunto, fue de lo más elemental: materias primas muy poco tratadas e
instrumentos de escritura tan sencillos como punteros y buriles o cañas
y plumas de ave entintadas.
La
revolución de la imprenta
Hace
poco más de cinco siglos se produjo en el campo de la escritura una revolución
tecnológica que ha llegado hasta nuestros días. La imprenta de tipos móviles
permitió no sólo obtener con facilidad múltiples ejemplares de una misma
obra, con bajos costes económico y de mano de obra, sino que supuso el
inicio de la democratización del saber y la cultura. Fue la época en la
que el conocimiento salió de los palacios, monasterios y catedrales para
pasar a las universidades. Es el germen de la creación de grandes bibliotecas
llenas de libros. El uso del papel y la imprenta supusieron un cambio
radical del soporte, lo que trajo consigo, fundamentalmente, un cambio
cuantitativo -no cualitativo- en la escritura, la lectura y el tratamiento
de información.
Fue
en el siglo XX cuando los avances tecnológicos -herederos de los grandes
científicos y pensadores del siglo anterior, no lo olvidemos- hicieron
cambiar radicalmente el concepto de documento. Ya no sólo podíamos almacenar
y transmitir el saber a través de la escritura impresa, también podíamos
hacerlo a través de la grabación de imágenes y sonidos (fotografías, discos,
películas de cine, cintas magnéticas...). Todos ellos fueron pasando a
formar parte de las bibliotecas y centros de documentación, que seguían
siendo los depósitos de la información, del saber y de la cultura. Pero
con una diferencia sustancial: junto a los soportes eran necesarias unas
máquinas que nos permitiesen tener acceso a la información contenida en
ellos: proyectores, fonógrafos, magnetófonos, magnetoscopios...
La
revolución de la electrónica
Ahora
bien, la gran revolución de la información y la documentación llegó en
las últimas décadas del pasado siglo con la creación de documentos electrónicos
y digitales. A partir de ese momento, las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación -tan nuevas como en su día lo fueron la imprenta, el
cine o la grabación magnética- han generado un crecimiento vertiginoso
en la creación, almacenamiento y transmisión de datos e información.
Todo esto lo
entendieron desde hace años algunas bibliotecas -primero las universitarias
y más tarde las públicas-, incorporando a sus fondos todo tipo de soportes
documentales y las máquinas necesarias para su consulta y tratamiento.
No ha sido así en los colegios e institutos, donde las bibliotecas siguen
siendo, mayoritariamente, depósitos de libros.
En los últimos
años, al hilo de la “moda informática”, las distintas administraciones
educativas de nuestro país -unas más que otras- se han lanzado a llenar
los centros escolares de ordenadores, sin tener en cuenta en muchas ocasiones
el cómo, el porqué y el para qué.
Una de las
manifestaciones más claras de esta política desorientada está en la “Propuesta
para el debate” del Ministerio de Educación y Ciencia. Mientras en el
capítulo 5 (Los alfabetos del siglo XXI: [...] las tecnologías de la información
y la comunicación) se resalta la necesidad de “evitar que se produzca
una discriminación en el acceso a las TIC que genere una nueva forma de
analfabetismo” [...] y se plantea que estas TIC deben facilitar el “desarrollo
de las habilidades de búsqueda y selección de la información o la mejora
de las competencias de expresión y creatividad” (págs. 66 y 67), se da
un salto en el vacío y de forma sorpresiva y descontextualizada (págs.
120-121) se habla de las bibliotecas escolares en un capítulo titulado
La elección como derecho y la pluralidad como valor.
Bibliotecas
escolares
Lo
que debemos entender de una vez es que la biblioteca ha de ser el centro
de documentación de la institución escolar, como lo es para otras instituciones
(tomemos de nuevo en consideración las bibliotecas universitarias). En
ella, además de gestionarse todo tipo de documentación en todo tipo de
soportes, se deben organizar los servicios y actividades que den respuesta
a todo tipo de necesidades de información, aprendizaje y documentación.
Y qué duda cabe que uno de los servicios más destacados que una biblioteca
escolar puede y debe ofrecer, junto al de animación a la lectura o fomento
del hábito lector, es el de alfabetización informacional: habilidades
encaminadas a la búsqueda, recuperación, tratamiento y transformación
de la información.
Por tanto,
las TIC, y lo que de ellas se deriva, deben estar íntimamente relacionadas
con la biblioteca escolar, siendo ésta la encargada de gestionar todo
tipo de información y documentos, incluidos los electrónicos, tanto aquellos
a los que se accede in situ, a través de soportes magnéticos y ópticos
(disquetes, CD-ROM, DVD...), como aquellos a los que se accede en línea
a través de las redes de comunicación (Internet). Sólo con esta concepción
crearemos las estrategias para dotar a nuestros alumnos de los recursos
y las habilidades más adecuadas para reconocer sus necesidades de información,
buscarla y localizarla allá donde se encuentre, tratarla y transformarla
adecuadamente para incorporarla al conjunto de sus propios conocimientos
y aprendizajes.
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