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No, sin mi móvil

Por si no tuviéramos bastante con la televisión o los videojuegos, ahora tenemos un nuevo enemigo en casa, el teléfono móvil, que convierte la comunicación entre padres e hijos en una causa perdida. Siempre con el teléfono a mano, para los adolescentes enviar mensajes continuamente constituye su principal distracción. En casa, en el colegio, por la calle o en transportes públicos, estos jóvenes se pasan el día hipnotizados con la pantalla. Pero no sólo representa un problema común en bastantes familias españolas, sino que los profesores también libran batallas campales para conseguir que lo apaguen en clase.
En mi opinión, se trata de una adicción tan grave como pueden ser las drogas y, según he leído en prensa, los psicólogos ya han comenzado a tratar profesionalmente los primeros casos. Estos expertos recomiendan que observemos en nuestros hijos síntomas como nerviosismo, si no tienen el móvil en la mano, el afán de conseguir dinero como sea para recargar la tarjeta o la exigencia de un costosísimo último modelo.
Al parecer, un adicto al móvil se caracteriza por una baja autoestima, dificultades para relacionarse socialmente y falta de comunicación en el ámbito familiar. También según estos expertos, el problema no reside en el tipo de adicción, sino en la persona, por lo que se debe llevar a cabo una terapia integral, que incidiría en aspectos personales, familiares, sociales y académicos. Afortunadamente tiene solución, aunque el tratamiento se puede prolongar en el tiempo hasta un año, para alcanzar el objetivo último, que el adolescente domine el teléfono móvil y no le resulte imprescindible para vivir.

Eugenia Arribas González
Leganés (Madrid).

 
     
   

Iglesia y escuela

Según declaró la ministra de Educación y Ciencia, María Jesús San Segundo, en la presentación de la nueva ley de educación, la asignatura de religión será evaluable, pero no computable a efectos de becas, ni de acceso a la universidad, ni a efectos de repetición de curso. En consecuencia, se queda como estaba: de libre elección para los alumnos y de oferta obligada por parte de los centros. También especificó que siguen vigentes los convenios suscritos tanto con la Santa Sede, como con otras confesiones religiosas, pero no reveló si se ofrecerá una materia alternativa para los escolares que no la cursen.
Este es uno de los aspectos más conflictivos y polémicos del sistema educativo, que ha levantado ampollas en distintos sectores de la sociedad. Mientras que la Confederación de Asociaciones de Padres Católicos (CONCAPA) presentó tres millones de firmas en el Congreso de los Diputados para apoyar la enseñanza de la religión católica,  equiparada al resto de asignaturas del currículo, otros agentes de la comunidad educativa se muestran partidarios de sacar la religión de los centros. En este sentido manifiestan que en una sociedad laica, como la española, las distintas confesiones religiosas no deberían tener acceso a la enseñanza y que los padres que deseen esta formación para sus hijos se la faciliten, pero fuera del ámbito escolar.
Con la llegada de inmigrantes a nuestro país, surge el fenómeno de la multiculturalidad, pero también la presencia de seguidores de distintas confesiones religiosas. Si hacemos referencia al Islam, la polémica del velo ha ocasionado numerosos conflictos en los colegios, que se debaten entre la prohibición de estos símbolos y la libertad de expresión y de culto. En mi opinión, el sistema educativo debe mantenerse apartado de las religiones, tanto de la católica, a pesar de ser mayoritaria en nuestro país, como de la islámica, la judía o la evangélica, también presentes en nuestra sociedad. He leído en un diario una expresión con la que estoy totalmente de acuerdo: “la escuela debe formar ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes, no conversos forzados”.

Javier Pérez Pueyo
Fuenlabrada (Madrid). 

 
       
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