El creador ejemplar

El Museo del Prado acerca al público español el legado artístico del humanista Alberto Durero

Uno de los más admirados pintores y grabadores de la historia del arte y el principal representante del Renacimiento alemán muestra estos días en el Museo del Prado el secreto del quehacer de su maestría: una limpia y dulce mirada que sabe descubrir los silenciosos trazos de la belleza en lo real.

Madrid. JULIA FERNANDEZ
Casi una leyenda del imaginario colectivo internacional y auténticamente real en el depósito que el Arte ha ido produciendo en la historia del ser humano; singular recreador del mundo real y esencial comunicador de lo etéreo; dibujante, acuarelista y grabador; brillante hombre social y ser asocialmente extemporáneo: Alberto Durero, el pintor del Renacimiento nórdico y el gran grabador en madera y cobre, trae -junto a su autoría del espléndido conjunto de obras seleccionadas de entre el fondo del Museo Albertina de Viena expuestas en el Prado- el extraño asombro que el hecho de estar vivo y rodeado de manifestaciones de  vida produce a los inocentes de la gran

impostura de la presunción. El dueño de uno de los más grandes talentos artísticos que dio el gran momento histórico del Renacimiento avala, en esta muestra que hoy concentra la atención expositiva del país, el importante ejercicio que es el despojarse de la mirada sabida sobre la realidad para comprender y recrear el misterioso proceso que anida en cada gesto existencial: desde el prodigioso concierto de colorido de un ala de carraca o el tierno ensimismamiento de una simple liebre a la vibrante esperanza de unas alargadas manos en oración; desde el esplendor del cuerpo que mana deseo y alegría a la sensibilidad melancólica del creador de obras perecederas; desde la imagen del poder del emperador al extraordinario vacío que representa la muerte. Durero cuenta de nuevo el mundo desde el más bello mirador y comprende con inteligencia y sensibilidad que el concierto de la vida es extraordinariamente coral.

Una ocasión única

La antología de 57 dibujos y 29 estampas –además de los cuatro óleos del Prado: Adan, Eva, Autorretrato y Retrato de personaje desconocido- que estos días se exponen en Madrid tiene el resumen -magníficamente organizado por el comisario José Manuel Matilla- de una trayectoria que abarca varias décadas y amplísimos horizontes  creativos y que encierra en sí misma el espléndido fruto que  fue para el pensamiento humano y para el arte el movimiento renacentista. Seleccionadas de entre la gran colección de dibujos y estampas de Durero conservadas en la Albertina de Viena –el mayor depósito existente en el mundo de sus obras- y consideradas como una concesión excepcional –es una de las escasas veces en siglo y medio que han salido de su institución- la narración que sus secuencias construyen, distribuidas en cinco salas y ocho secciones, cuentan desde el inicio el proceso que este estudioso y maestro realizó en el aprendizaje de su perfección artística y conceptual.
Dibujos a punta de plata, lápiz y pluma, grabados en madera y cobre y pintura al óleo sobre tabla que comienzan con su precoz Autorretrato a los trece años y que concentran estadíos significativos de su producción en retratos, desnudos, naturaleza, composiciones religiosas y alegóricas, escenas históricas y cotidianas, siguiendo un itinerario que conjuga armoniosamente su interés temático con su desarrollo vital

Melancolía grabada

Los grabados  El caballero, la Muerte y el Diablo (1513), San Jerónimo en su celda (1514) y La melancolía (1514) en los que, mediante el grabado de línea Alberto Durero consiguió crear diferentes gamas de sombreado y texturas con las que logró plasmar formas tridimensionales con una maestría técnica nunca antes superada a la vez que daba forma a conceptos tan resbaladizos intelectualmente como puede ser esa melancolía que da título a su grabado y que suavemente tiñe de esperanza entristecida todas sus obras. Grabados que forman una parte fundamental de esta espléndida muestra que también exhibe su dominio del color y de la proporción y en la que han podido estar obras tan simbólicamente humanas como Ala de una carraca, Estudio para la cabeza de un anciano, Virgen con animales, Carraca muerta o Liebre, piezas que son ya historia estética y emocional de Europa y que sólo con un celoso cuidado pueden continuar siéndolo dado lo extremadamente frágil de sus soportes. Son las únicas imágenes que el Museo Albertina de Viena ha retirado antes del cierre de la muestra el 29 de mayo y que sólo sus primeros visitantes integraron visualmente en este encuentro que el museo del Prado ha organizado con el humanista del Arte.

 

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