Ante la anunciada reforma de la LOCE, el autor del presente artículo reflexiona sobre el más que comprensible compás de espera en que se hallan los docentes acerca del alcance de los contenidos de la nueva normativa y, sobre todo, de su paulatina implantación en los centros educativos y de sus resultados.

De nuevo a la espera

Javier Esperanza Casado
Profesor del IES “Salvador Allende” de Fuenlabrada (Madrid) y Coordinador del “Taller de Experiencias Educativas”

UEDAMOS de nuevo a la espe-

ra de...? Esa podría ser la pregunta que los docentes, de enseñanzas universitarias y no universitarias esta vez, podríamos hacernos mientras permanecemos en compás de espera para ver que sucede con la reforma de la LOCE, que reformó la LOGSE que, a su vez, lo hizo con la LGE...
Pero, seamos sinceros; esto tampoco es exactamente así, ni es cierto del todo que a los/as docentes nos “devore” la ansiedad con que esperamos una nueva Ley por ver, cuanto antes, que contenidos cambia y cuáles no...
Y menos mal, porque de otra forma el profesorado todavía andaríamos releyendo la normativa correspondiente a..., o los decretos de mínimos de la ESO (qué pronto verán su ¡cuarta! versión en poco más de una década.
Afortunadamente las leyes no se “ejecutan” el día de su entrada en vigor porque entonces no sería difícil trabajar, como lo es ahora, sino imposible del todo. Dando “bandazos”, cambiando el “chip” de tanto en tanto...
La profesionalidad de los y las docentes incluso de los más jóvenes nos  dice quedamente al oído que reformas irán y reformas vendrán pero en lo sustancial nosotros seguiremos haciendo exactamente lo mismo que hacemos  desde que accedimos a esta profesión, o sea lo que Dios nos de a entender, especialmente en Secundaria cuyo profesorado, a pesar de acumular gran cantidad de dificultades profesionales en el momento actual, sigue careciendo hasta ahora de una auténtica formación inicial.
Nos guste o no así están las cosas. De lo que se trata es de que esta vez haya, de verdad, un cambio. Un cambio que nos haga avanzar en matemáticas, sí... en lenguaje o en Ciencias Sociales, también... pero que sea beligerante, eficazmente beligerante, con la desigualdad, el fracaso y la exclusión... Procurar ambas cosas, como veremos, no es incompatible.
Es por eso por lo que algunos no compartimos el bienintencionado temor de algunos políticos y periodistas sobre los  supuestos efectos devastadores de la incertidumbre legislativa en que nos encontramos desde hace  tiempo.
¿Y por qué digo esto? Pondré un ejemplo: no recuerdo momentos de producción más fecunda de legislación sobre atención a la diversidad (AD) que en los momentos del “debate” y preparación del articulado de la LOCE para el que semejante expresión era sinónimo de: claudicación, renuncia a la excelencia, deterioro de los niveles y de las humanidades y abandono de la “cultura del esfuerzo”... Cualquiera puede comprobar lo que afirmo, consultando los boletines autonómicos.

 Experimentación e innovación

De la misma forma se profundizaba en los centros sobre aspectos concretos de los Programas de Diversificación Curricular, adaptaciones curriculares y otras modalidades de AD, y se experimentaba e innovaba con verdadero entusiasmo, a pesar de que, en teoría al menos, todas esas medidas “tenían los días contados”, pues la única solución que plantea la LOCE para atender la diferencia son los famosos itinerarios, fuertemente descalificados (desde un punto de vista estrictamente pedagógico, por el último informe PISA), dicho sea de paso.
De forma que la legislación que debió generar la LOGSE se generó en época preLOCE, abiertamente en contra de la letra y el espíritu de la misma. Y eso en Comunidades Autónomas gobernadas por el PP. Puede parecer surrealista, pero sólo aparentemente...
La LOGSE, el debate real que la precedió (con sus limitaciones) y, sobre todo, las expectativas de signo tan variado que despertó, aunando voluntades y entusiasmo, no entró en vigor en 1990, como diría el Diario de sesiones del Congreso, ni al año siguiente, ni siquiera al otro...
Algunas de las ideas que la Reforma de los 80-90 preconizaba, como es la misma idea de diversidad, atención a los procedimientos y actitudes, temas transversales, desarrollo de la autonomía organizativa de los centros, empuje al espíritu crítico del alumnado, dignificación de la Educación Infantil... tardaron muchos años en “cuajar”. Fueron rebeldes a los dictámenes que el BOE nunca dejaba de desarrollar hasta el escrúpulo, y en la mayor parte de los casos, al principio, se hizo lo mejor que se pudo con los recursos económicos y humanos que se pusieron a nuestra disposición, que fueron más bien escasitos.
Y es que el proceso de la educación no responde automáticamente a los dictados de una Ley o de otra más nueva. De un currículum o de otro.
La comprensividad no se alcanza por un acto legislativo, ni ejecutivo. Ni el llenar las páginas de los contenidos “mínimos” van a elevar una sola décima los niveles de nuestro alumnado. El problema, por suerte o por desgracia, es bastante más complicado y a la vez mucho más sencillo:
Las reformas educativas profundas, da igual en que sentido se produzcan, requieren una puesta en marcha, mentalización y cambio de tal envergadura que es posible que se estén empezando a asimilar y aplicar  las reformas que trajo consigo la LOGSE cuando está ya en vigor la LOCE. El desfase es de ese calibre.
Del centro de Madrid o Barcelona a las comarcas del Alto Aragón o los valles cántabros, del alumnado de los colegios marianistas a los alumnos de los barrios de realojo, de la población seleccionada socioculturalmente a la avalancha de inmigrantes (algunas sin previa escolarización)... son muchas diferencias que asimilar, muchos cambios en el marco de una realidad autonómica y local compleja para no desesperar si no se ven los resultados hasta pasado mucho tiempo. Y eso sin contar con la inercia tan propia del medio educativo. El coordinador del Informe Pisa habla de un tiempo de 10 o 15 años para que una reforma vea sus frutos (buenos o malos).
Me atrevería a decir que en nuestro país, situando el punto de partida en 1990, aún más.
Es por eso por lo que muchos creemos que fue una verdadera temeridad, más motivada por motivos políticos que estrictamente educativos, la promulgación de una nueva Ley educativa (la LOCE) cuado apenas se había cumplido el calendario de implantación de la anterior.
Además esto se hizo sin evaluación previa, sin justificación convincente, sin tiempo real de asimilación de sus mejoras (que no fueron totales, pero las hubo).
Y fue por eso una falta de responsabilidad política por parte del PP la utilización de la mayoría absoluta en el Congreso para aprobar, en solitario, una ley que derogaba la letra y el espíritu de otras que habían sido aprobadas con su única autoexclusión.

Legislación y realidad

No es cuestión ahora de entrar en el detalle de este tema. Ya se ha hecho y se hará en otros lugares y tiempos. Lo que yo pretendo es argumentar que existe una separación, a modo de “colchón”, entre lo que se legisla y lo que sucede en los centros de enseñanza.
Entonces, si admitimos el hecho de la diferencia en términos de tiempo entre la promulgación de una Ley y su visualización en los Centros podremos empezar a relajarnos, un poco al menos, en relación a la urgencia de “cerrar” el debate sobre la nueva Ley de Educación y comenzar la redacción de la misma en base a unos mínimos ineludibles para disponer así del tiempo y el sosiego necesarios para acometer la ingente labor que tenemos por delante todos: administraciones, docentes, familias, alumnado, organizaciones sociales de todo tipo...
Hasta hace pocas semanas el debate educativo tenía una fecha de término: el 31 de diciembre. Hoy tiene otra: el 31 de marzo. Yo creo que ambas son insuficientes. Que parte de la desmotivación y la falta de participación del profesorado en el debate se debe a eso: a la desconfianza ante tanto “ping-pong” con la educación, ante giros copernicanos cuando cambia el partido en el Gobierno.
Giros que, no nos engañemos, si se aplicaran con la rapidez y celo que los políticos desearían serían imposibles de dar. El sistema saltaría hecho pedazos al cambiar de manera drástica: las concepciones, las metodologías, la organización de los centros, la elección de los directores... para luego volverlos a cambiar otros 180 grados...
El sistema educativo hoy vuelve a ser el pilar sobre el que descansa el futuro de un país. Ya no lo es por los enciclopédicos conocimientos de antaño, sino que ahora lo importante es la educación en habilidades de comunicación, de trabajo en equipo, de formación en valores, de acceso crítico a las diversas ramas del conocimiento, del manejo adecuado de las TIC...

Aprender a aprender

El ya famoso “aprender a aprender” marca la diferencia entre el ayer y el hoy. De lo que se trata es de educar en los procedimientos de abordaje de la información, su correcto procesamiento e interpretación, la conciencia de su versatilidad, la aceptación de la incertidumbre y el cambio rápido... la mentalización y base necesaria para afrontar sin problemas un futuro (un presente ya) que incorpora el aprendizaje a lo largo de toda la vida...
Hoy más que nunca necesitamos un buen sistema educativo. Y eso no se construye en 3 meses. Ni en 6...
El debate ha empezado. Finalizará cuando dejen de existir controversias, temas en que no estamos de acuerdo, tasas de fracaso escolar elevadas, diferentes concepciones de la educación. Cuando deje de haber problemas y el vertiginoso cambio social y de paradigmas que vivimos se detenga, o sea...
Pero todos sabemos que, por otra parte, urge la promulgación de una nueva Ley que nos saque de la indeterminación actual y del enorme confusionismo que genera tener la LODE, LOGSE, LOPEG semiderogadas y la LOCE paralizada...
Sin embargo hay muchas maneras de hacerlo... y sin hurtar el debate. Todo consiste en crear un marco legislativo amplio, flexible, pero ¡no ambiguo¡ con la desigualdad, con la discriminación, la violencia o los valores solidarios y democráticos.
Hay diferencias entre el PSOE y el resto de los partidos (especialmente con un PP en confrontación abierta) que podrían hacer esto muy difícil. Pero existe una posibilidad concreta y creo que razonable: construir el consenso en torno a las conclusiones de los Informes PISA.
Leídos con detenimiento son, seguramente, suficientes para sustentar una normativa básica de mínimos que garantizan en todo caso que se está en el camino de una enseñanza racionalmente programada.
Estamos hablando de un informe de alta fiabilidad garantizado por la OCDE.
Y el Informe establece que:
* Los países con altos niveles de rendimiento académico son los mismos que colocan las diferencias sociales y culturales en el centro de las estrategia de innovación educativa
* La composición heterogénea de grupos y escuelas durante la educación obligatoria (enseñanza comprensiva)  beneficia notablemente al alumnado desfavorecido sin que se perciba un perjuicio, al menos, significativo de los alumnos con niveles competenciales más elevados.

Valoración social del profesorado y recursos económicos

Pero digamos las cosas completas. Lo anterior es posible (y es el caso de Finlandia, sin ir más lejos), porque es de hacer notar el alto valor que los países con buenos resultados académicos conceden a la educación, a la que se considera con un papel fundamental en el funcionamiento de sus sociedades. Esto se traduce en valoración social del profesorado y recursos económicos.
La importancia concedida a la formación inicial y permanente para el profesorado, especialmente el de nueva incorporación, el que atiende al alumnado con necesidades especiales así como a los directores, es enorme.
Es importante asimismo asegurar la presencia de mecanismos externos de evaluación, que traen como consecuencia la retroalimentación del sistema, y, si es preciso, la intervención educativa externa de apoyo al centro con problemas.
El buen clima escolar (convivencial, no violento, y de buenas relaciones profesorado-alumnado...) influye positivamente en el rendimiento académico.
La autonomía organizativa, curricular e incluso económica de los Centros, municipios y distritos a todos los niveles (incluido el económico) están en el centro de las políticas educativas de éxito. Esto no excluye en absoluto la existencia de políticas comunes para todas las Comunidades Autónomas.
No pretendo que aquí esté la solución a los problemas de consenso, pero estos puntos bien pudieran servir para sostener una parte de un posible acuerdo que garantizara una estabilidad de las políticas educativas durante el tiempo suficiente para que sean efectivas, para que alguna vez entren realmente “en vigor”.
El profesorado y, supongo que también el alumnado y las familias, lo agradecíamos muchísimo.

 

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