Retratos y honores

La Academia de Bellas Artes muestra en Monjas coronadas la jerárquica sociedad conventual de los virreinatos americanos

Encerradas en el estricto mundo de los conventos y apoyadas por la libertad de vivir sin el condicionamiento social que una mujer obligatoriamente asumía en el siglo XVIII las monjas coronadas que estos días engalanan las salas temporales de la Real Academia tienen secretos, alumbramientos y esperanzas que más allá de su belleza plástica abren episodios nuevos del ser mujer y de su historia.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Son el memorando de una forma de estar en el estricto mundo de la mujer del virreinato de la Nueva España; son el denso específico de la estratificación social de la vida conventual y son un ejemplo asombroso de la expresión del barroco que América supo recrear. Sus imágenes encierran el candente debate sobre el papel que la mujer debe poder tener en la Historia y acercan al visitante a una de las historias que sin algarabías han ido construyendo el gran punto de partida actual sobre el hecho sexual en la sociedad: se tienen

frente a sí veinte monjas retratadas con el suntuoso hábito ceremonial y una regia corona de flores, sosteniendo en una mano una imagen de bulto del Niño Jesús o un crucifijo rodeado por una gloria de flores y en la otra un cirio encendido, que saben hacer emerger desde ese sofocante y rígido decorado rostros y miradas de sorprendente vivacidad y orgullo.
Monjas coronadas en el momento crucial de la toma de los votos perpetuos a fin de engalanar con su imagen la sala familiar y recordar a su hija una vez que entrara en clausura; en la celebración de los veinticinco o cincuenta años de bodas religiosas con Cristo; en conmemoración de acontecimientos importantes de sus trayectorias en los conventos, y en el adiós definitivo al mundo en el momento cumbre de su vida religiosa en el que se producía su absoluto encuentro con Cristo: celebraciones de unas muy  bien estructuradas escalas de la progresión vital y espiritual de una carrera religiosa cerrada a todas las que no podían salvar los previos férreos que planteaba desde sus inicios: dote cuantiosa, pedigrí familiar e instrucción académica señalaban inequívocamente que esta reducida comunidad era parte fundamental de la jerarquizada y clasista sociedad virreinal. 

Rico espacio cultural

La exposición Monjas coronadas. Vida conceptual femenina que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando acoge hasta el 15 de mayo en Madrid recoge el importante desarrollo de una manifestación que si bien fue originaria de España sólo logró su verdadera dimensión en Nueva España, Perú y Nueva Granada.
Integrante del programa de México como país invitado de la última edición de Arco y resultado de la colaboración de los Ministerios de Cultura de España y México, con el patrocinio de Unión FENOSA, este conjunto de lienzos seleccionados de entre la colección de retratos que se conservan en el Museo Nacional del Virreinato -además de la pintura dedicada a sor Juana Inés de la Cruz del Museo de América de Madrid- vienen a confirmar el rico espacio cultural que en esa época conformaron unos conventos femeninos que -con sus ricas bibliotecas y con sus oportunidades de leer y estudiar- propiciaron el talento y creatividad de las mujeres dando extraordinarios frutos de cronistas, biógrafas, poetas, místicas y aún teólogas: sor Juana Inés de la Cruz, María de San José o María Ana Águeda de San Ignacio son algunos de esos nombres de religiosas que han pasado al escenario de la cultura humana dejando su impronta en una época de absoluto silencio de la mujer.

Anónimos

De realización anónima, excepto los de Mariano Peña, Miguel Cabrera –fundador en 1753 de la primera academia de pintura de México- y el atribuido a Francisco Javier Salazar, los retratos que reúne esta exposición, en el que se incluye un lienzo del monje coronado Fray Francisco de Santa Ana, son sobre todo una singular mirada al mundo virreinal y sus estrictas reglas de comportamiento: “El deseo de conservar sobre un lienzo la imagen de la hija que tomaba los votos y se enclaustraba en un convento, o los rasgos de una religiosa que acababa de morir, fue el motivo por el que hábiles manos de artistas pintaran con esmero los retratos conocidos en la actualidad como monjas coronadas. Estas obras –afirma en su presentación Alma Montero, comisaria de la muestra- nos permite atisbar, cual si fueran enormes ventanas, ese mundo barroco excelso y contradictorio que conformaron los virreinatos americanos”. Un mundo que hasta en estas islas de soledad vivía el derroche como algo necesario e importantísimo a su esencial realidad haciendo de las ceremonias de profesión unos actos fastuosos y espectaculares donde el derroche de recursos, en el que destacaba la joven engalanada con corona y palma de flores, buscaba exaltar las emociones y los sentidos de los feligreses, además de volver a ejemplificar el poder social.

 

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