Cimientos para una Modernidad

Arrasado por su paisano y casi coetáneo Joaquín Sorolla y encerrado desde hace décadas en el reducido epígrafe de pintor de Valencia el arte y la significación de Ignacio Pinazo (1849-1916) esperan aún el gran reconocimiento que su actitud y su logro creativos merecen. La muestra antológica que estos días ofrece la Fundación Mapfre Vida en Madrid permite conocer la trascendencia de su propuesta pictórica.

La revisión de la obra de
Ignacio Pinazo
le sitúa
como pionero de la nueva sensibilidad artística

Madrid. JULIA FERNANDEZ
“Es el primer pintor moderno de nuestra historia. Lo es porque se esforzó por hacer una pintura que respondiera a su verdad, distanciándose de los modelos y de las ideas preconcebidas de la Academia: quiso y pudo pintar la realidad desde su sensibilidad.” Las palabras que el director de la Fundación Mapfre Vida –Pablo Jiménez- dedicó al pintor Ignacio Pinazo en la presenta- ción del mayor conjunto de sus obras expuestas jamás le reivindican como  un  absoluto  protago-

nista en el complejo nacimiento de una forma distinta de percibir y comunicar la realidad; uno de los creadores clave que sostienen el proceso de emancipación que el arte vivió desde las últimas décadas del siglo XIX.
Son palabras que tienen precedentes: “Artistas que valen infinitamente menos que Pinazo gozan hoy de celebridad universal y poseen verdaderas fortunas, mientras él, que sabe dar al lienzo la animación de la vida, vegeta oscuramente en Valencia, aislado de todo movimiento intelectual y sin otro roce que con el arte, fiel compañero de su existencia” (El Pueblo, 17-11-1897) y en estas otras publicadas días después de su muerte: “Vivía modestamente de su propio trabajo, de aquellos retratos admirables por los que asomaba la psicología de las mujeres más bellas y de los hombres más ilustres de la España de la Regencia. Sobre sus huellas surgió todo el luminismo levantino que había de revolucionar la pintura contemporánea”.

Goya y esfuerzo

El pintor que recibe a lo largo de su trayectoria y después de su muerte esta especial consideración como persona y artista parte desde su infancia de un tenso reto en lo social y en lo estético: de origen social muy humilde se ve obligado siendo niño a trabajar de panadero, platero, dorador, pintor de azulejos y sombrerero mientras recibe clases nocturnas gratuitas en la Academia de San Carlos de Valencia. Es ahí donde aprenderá el decálogo de la pintura decimonónica y comenzará a despertar su iniciativa de creador admirando entusiásticamente a un Goya que rompe moldes y traduce por sí mismo la realidad.
Pinazo corta su destino obrero y zanja cuentas con el legado pictórico formalista haciendo a partir de 1873 un viaje personal que no sólo le lleva a Italia como pensionado y le hace profesor durante años de la Academia que le había formado sino que le pone en contacto con los artistas más interesantes de su época entendiendo con ellos que una consideración nueva sobre el ser creador se estaba gestando en esa España que aún necesita símbolos e imágenes de sus avances sociales.
Un largo recorrido en el que siempre permanecerá esa contradicción entre el pintor realista, académico, que ejecuta con corrección pinturas de historia y acapara medallas y honores, y el artista marginado y revolucionario que abordó con ternura y vibrante espontaneidad su mundo personal.

Una revisión justa

Una tensión, una duplicidad, resuelta brillantemente en cada una de sus fases creativas ahora mostradas en Ignacio Pinazo. Los inicios de la pintura moderna que estos días, y hasta el 3 de abril, exhibe en Madrid la Fundación Mapfre Vida en un acierto absoluto al realizar el mayor homenaje a este pintor relegado a capítulos menores de la historia de nuestra pintura. El catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Valencia Javier Pérez Rojas ha sido el encargado de conformar este recorrido por la producción del autor desde sus primeros dibujos conocidos de sus propios zapatos de niño pobre y trabajador hasta las grandes escenas dedicadas a la burguesía valenciana pasando por las especiales imágenes robadas a su esfera más personal o los paisajes más que vistos sentidos o los retratos de personajes nobles y de sus seres más queridos.
En las más de cien obras reunidas en esta muestra, entre lienzos, dibujos y pequeñas tablas, está el elemento clave de una revolución que aún hoy se presta a diversas lecturas pero que ha determinado sin lugar a dudas el quehacer contemporáneo de la creatividad en este país: Pinazo, solitario y esquivo, formalista y trasgresor, está de nuevo en el candelero, con toda justicia y siempre a su pesar.

 

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