Vida en el Arte

Distintos, libérrimos, lúcidos y, sobre todo, valientes y valiosos, los miembros del grupo Die Brücke conformaron una propuesta creativa que cien años después de su formulación continúa siendo un arsenal prodigioso de ideas, actitudes e intenciones para redimensionar el arte y la propia vida. El conjunto de obras reunidos por El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid nos lo recuerdan.

El trascendental juego creativo del grupo Brücke vuelve
a sorprender
en el centenario de su
nacimiento

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“Porque creemos en la evolución, en una generación de creadores y de público, convocamos a toda la juventud. Y como juventud y, por tanto, portadores del futuro, queremos hacernos con libertad en  nuestros  brazos  y  en nuestras  vidas

para enfrentarnos a las bien establecidas fuerzas del pasado. Es de los nuestros todo aquel que transmite de forma inmediata y sin falseamientos lo que le impulsa a crear.” Palabras ardientes que fueron formuladas hace ahora cien años y que sentaban las premisas del más influyente movimiento artístico de Alemania en el siglo XX creado por cuatro jóvenes –Erich Heckel, Fritz Bleyl, Ernst Ludwig Kichner y Karl Schmidt-Rottluff- procedentes de la arquitectura, sin currículo artístico previo excepto una muestra de algunas acuarelas de Karl Schmidt-Rottulff en la Kunsthütte de Chemnitz en 1904 y que buscaban la libertad creativa frente a los órdenes establecidos. Opuestos a la tradición académica, al realismo y al impresionismo; inspirados en el arte medieval y renacentista alemán, en el Art Nouveau, el arte primitivo, las obras postimpresionistas franceses, de Vincent van Gogh y Paul Gauguin, y en los fauvistas y adscritos a los ideales de unión de arte y vida que venían siendo propugnados por la cultura del Jugendstill: creación en grupo en los talleres en los que trabajaban y vivían; comunicación permanente de sus nuevos hallazgos teóricos y experimentales; y en la profesión de una fe que el cofundador Ernst Ludwig Kirchner plasmó en la imagen grabada en madera en la que una mujer sobre un puente (Brücke, en alemán), desnuda y de espaldas, elevaba sus brazos al sol en el intento de unir naturaleza y cultura en el espacio más libre imaginable: arte y vida, y, sobre todo, arte en vida.

Dibujos, óleos, esculturas

La selección de obras que estos días celebra en las salas temporales del museo Thyssen-Bornemisza y de la Fundación Caja Madrid el centenario de la creación de este movimiento descubre desde sus inicios y hasta su disolución en Berlín, en 1913, la multiplicidad temática y de rasgos creativos desarrollados en el escaso tiempo que estuvo en activo como tal, arrojando un saldo impresionante de logros artísticos que cuentan no sólo como el principal humus del arte moderno alemán sino como el gesto y la vivencia creativa menos artificiosa del siglo XX europeo: Brücke. El nacimiento del expresionismo alemán encierra a través del hilo conductor de sus 196 piezas ese sentido festivo que constituyó la mayor marca de identidad de sus creadores, recorriendo con obras nunca antes vista en nuestro país un momento histórico del arte de nuestro tiempo y de la especial relación de la intelectualidad y el ejercicio creativo.
Obras firmadas por los cuatro jóvenes fundadores y por los pintores Max Pechstein, Otto Müller y Emile Nolde que los comisarios Javier Arnaldo y Magdalena M. Moeller  han organizado en un itinerario temático que contempla los grandes hitos de su trayectoria y que dan comienzo con Brücke antes de Brücke, donde se muestran obras anteriores a 1905 de los fundadores del grupo, y avanzan en el estudio del vínculo del colectivo con otras corrientes artísticas del cambio de siglo basadas en nuevas formas de libertad; en la influencia de Van Gogh sobre los componentes del grupo manifestada sobre todo en sus reproducciones de la ciudad de Dresde; en el uso reivindicativo que hicieron del dibujo y del grabado como técnicas de extraordinaria capacidad expresiva; en sus representaciones de la vida rural, recogidas en sus viajes colectivos de formación y placer; en el uso del retrato como fórmula de captación del ser del otro; en su idealización de las culturas primitivas; en la utilización de las modelos para la captación de las emociones humanas; en su reformulación del desnudo pictórico; en el recurrente motivo en sus obras del circo y el cabaret; y, por último, en la reproducción en sus obras de los ambientes más característicos y sórdidos de la ciudad de Berlín: el anonimato, los prostíbulos, la circulación del transeúnte, la vida urbana. Once grandes apartados llenos de intensidad colorista, apasionamiento intelectual, riqueza imaginativa y eso tan complejo a lo que se denomina arte y que en ellos también se llama vida.

 

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