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Educación
y comodidad
Quien
quiere que todo le resulte cómodo y sin esfuerzo acaba siendo fácil, demasiado
fácil, para la ambición de los que no se andan con miramientos. La educación
es decisiva. Y la cultura, por supuesto, también. Estamos de acuerdo.
Y, al respecto, poco más. Ello nos ha conducido a la necesaria atención
en cómo lograrlo. Pero, de nuevo, la presunta eficacia ha empañado la
necesaria reflexión. No siempre tenemos claro en qué consiste eso que
unánimemente defendemos.
Nos importa más el cómo que el qué. De hecho podría decirse que la educación
sigue siendo la asignatura pendiente de nuestra democracia. No acabamos
de encontrar los caminos. No es cuestión de tal o cual escuela, de este
o aquel Gobierno, aunque cabría distinguir y señalar. No es lo que ahora
nos interesa.
La publicación del informe Pisa 2003, que mide el rendimiento educativo
de los países de la OCDE, señala nuestras deficiencias en aspectos decisivos,
tales como los conocimientos en matemáticas, la comprensión en la escritura
y la cultura científica. Pero, tras el alboroto, todo parecería estar
dispuesto para que una vez más desperdiciemos la ocasión de afrontar el
desafío. Despejemos dos aspectos clave. Por supuesto que es importante
la inversión en educación. Y, sin duda, es decisivo conocer y rendir.
Sin embargo, si el resultado de nuestro análisis es sólo ése, únicamente
ampliaremos el ámbito de las demandas, reclamaciones y exigencias. Pero
sin dar ni un paso más. Y hablando de ellas, no estará mal que subrayemos
la necesidad de empezar por ser exigente con uno mismo, por no mostrarse
autocomplaciente y menos aún en nombre de que es necesario vivir y disfrutar
del momento, eludir toda responsabilidad, todo esfuerzo, todo compromiso,
todo camino que requiera dedicación, cuidado y cultivo de sí. Por cierto,
la educación es fundamentalmente la capacidad de llegar a ser artífice
de la propia vida y no un simple artefacto, producto del quehacer de otros.
Y conduce, en última instancia, a considerar que es preciso contar con
los demás, y dar una dimensión común, comunitaria, a nuestras decisiones
y acciones. De lo contrario, sólo seremos esclavos o literalmente idiotas,
tan privados y particulares que o bien careceremos de comunidad, o mostraremos
una manifiesta incapacidad para los asuntos comunes y públicos. Ir por
lo nuestro, cuidar sólo de lo de cada cual, lo llamado con énfasis mío,
sería una forma presuntamente sofisticada de valerse por sí mismo, y a
triunfar; honores, riquezas y poderes, con toda suerte de actualizaciones,
impulsarían la sociedad a no se qué supuesta mejora. No hacerlo conduciría
a ser arrinconado. Pero tampoco parece lo mejor renunciar a ellos para
verse afectado por la acción de quienes no se comportan con tantos escrúpulos.
Y hay mucho discurso de lamentación y de conmiseración
No podemos
transmitir a nuestros chavales, a los chicos y chicas que se debaten por
abrirse paso, que basta con un buen adiestramiento profesional, o que
son suficientes ciertas actitudes sin más contenido o conocimiento, o
que éste es un lugar para listos iletrados o que lo que importa es el
disfrute corto de miras de la comodidad. Y aderezo, mucho aderezo. Unas
dosis de valores de moda, un barniz de actualidad, una puesta a punto
de soltura, casi descaro, y ya tenemos una persona preparada, un anticipo
de presunto líder, un avasallador (...).
Angel
Gabilondo
LA VANGUARDIA. 2 de enero de 2005.
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