En esta sección se publicarán las cartas dirigidas por correo o vía electrónica. El tema será libre y no deberá superar las 30 líneas. COMUNIDAD ESCOLAR se reserva todos los derechos para seleccionar, extractar y publicar las cartas recibidas. Para colaborar es necesario enviar nombre y dos apellidos y el DNI, datos que se mantendrán en absoluta reserva
comunidad.escolar@educ.mec.es

 
     
   

Asignatura pendiente

El Informe Pisa 2003 ha vuelto a poner de manifiesto que la educación sigue siendo una asignatura pendiente en nuestro país. En primer lugar porque nos coloca a la cola de la OCDE en cuanto al gasto público en educación, después de más de dos décadas de debate y reivindicaciones por parte de sindicatos y de organizaciones progresistas, que vienen reclamando que los presupuestos destinados a enseñanza se sitúen en el 6% del Producto Interior Bruto; antes que eso, durante los ocho años de Gobierno de los populares, la inversión en educación, en lugar de crecer, ha descendido porcentualmente. El gasto ha decrecido en estos últimos del 4,9% al 4,4% del PIB, muy lejos de la media de la Unión Europea.
El mismo informe nos lleva también al pelotón de los torpes en cuanto a rendimiento en ciencias, matemáticas o comprensión lectora. Pero esto no es nuevo, ya que en el anterior estudio, de 1997, tampoco hubo resultados positivos y no se adoptaron las medidas correctoras adecuadas, lo que significa que la educación en este país es considerada como un elemento secundario. Y ello se demuestra continuamente: cuando los medios informativos se hacen eco de estudios educativos de carácter internacional, España siempre sale malparada, bien sea por el elevados índices de fracaso escolar, por el escaso porcentaje de población titulada, por el rendimiento académico, la falta de inversiones o el bajo salarios de los docentes.
Ya es hora de que la escuela pase a un primer plano; y no tanto por los conflictos y los enfrentamientos entre unos sectores y otros, sino porque exista un proyecto común, asumido por todos, con la financiación adecuada y el compromiso de situarse al margen de los avatares políticos.

Javier Gómez
Madrid

 
     
   

El nuevo maestro de escuela

En mi opinión su figura en la sociedad concita una cierta homogeneidad donde los tópicos se confunden con un desconocimiento absoluto de la realidad. Rodeado de un halo de paternalismo goza por lo general de la simpatía de las gentes, a pesar de reprocharle su excesivo período vacacional ignorando que dentro de los diferentes cuerpos docentes es el que más horas trabaja diariamente con el alumnado. Pero realmente lo que las maestras y maestros necesitan no son simpatías más o menos explícitas sino un reconocimiento tangible y efectivo de su meritoria función social, donde la retórica hueca deje lugar a la verdad de hechos palpables que den respuesta a las exigencias demandadas y que sean consecuencia de un deseo de hacer justicia y no de fingida generosidad.
Ese reconocimiento debe venir de todas las esferas sociales, comenzando por los propios padres de alumnos, a veces excesivamente críticos con la labor de las y los maestros, pecando con frecuencia de un desconocimiento del hecho educativo (materia de la que curiosamente todo el mundo opina, todo el mundo sabe y todo el mundo pontificia) y confundiendo en muchas ocasiones los intereses individuales de su prole con los colectivos del grupo en que está integrada.
Trascendental es la responsabilidad de las administraciones educativas sabiendo captarse a las maestras y maestros (no tanto en el sueldo, pues el dinero nunca ha sido el móvil principal que los ha impulsado, admitiendo que aunque ahora ya no tiene vigencia el refrán de "pasar más hambre que un maestro de escuela", tampoco sus ganancias son como para tirar cohetes), arropándoles en su labor docente, no dejándoles desamparados e indefensos ante cualquier demanda exterior, a la que se tiende a conceder una credibilidad que va pareja a la desconfianza hacia quienes realmente deberían proteger, auxiliándoles con cuantos medios tengan a su alcance y no abusando de su voluntarismo y de su cariño hacia los niños.
Tampoco hemos de olvidar el reconocimiento que los propios maestros deben sentir ante su labor y que no siempre se da, para ello deben ser conscientes de la grandeza de su profesión, creer en su propio destino, sentirse orgullosos de su condición dignificando al máximo su trabajo, exigiendo un respeto que se están ganando a base de tesón y esfuerzo y reivindicando todas las mejoras que honestamente crean que contribuyen a mejorar su tarea.

Juan Bertuchi
Málaga

 
       
arriba