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generó
entre siglos, que supo conminar sin pudor tendencias resueltamente enemigas
y volcarlas en el rico resumen que sus obras constituían: el singular
hombre que siguió su propio camino, que realizó el mejor retrato de la
naturaleza vibrante y que raramente sintió estar en el seriado, catalogado
y premiado mundo del arte. Su obra: siempre entre controversias y confrontaciones;
su personalidad: ridiculizada, estigmatizada o infravalorada. Y sin embargo,
cien años después, este pintor de paisajes y escenas continúa siendo un
aldabonazo al alma dormida del visitante de su obra y una llamada a la
celebración del hecho de estar vivo. ¿Qué más podría desear el genuino
artista? ¿Cuántos podrían estar en el ruedo en la era del estímulo visual?
¿Cuántos mantienen por siglos el claro mensaje que dio forma a su obra?
Evocación poderosa
Una
vida circunscrita a Cataluña -hijo de una familia de comerciantes de Barcelona;
amigo desde sus años escolares del pintor Isidro Nonell; viajante de mercería
y bisutería en sus años jóvenes mientras aprendía dibujo y pintura; miembro
fundador del grupo de Sant Medir, junto a Nonell, Ricart Canals, Ramón
Pitxot y Vallmitjana, con los que se reunía para pintar en los suburbios
de la capital catalana; visitante asiduo del cenáculo modernista Els Quatre
Gats- que toma puntualmente contacto con el Madrid de final de siglo –conocerá
y tratará con Baroja, Ramiro de Maeztu y Valle-Inclán-, que descubre junto
a Santiago Rusiñol el paisaje de Deyá, Valldemosa, Sóller y Sa Calobra,
en Mallorca; que sufre una quiebra mental que le obliga a abandonar la
pintura y que le hace retornar a su Barcelona; y que, finalmente, recibe
el reconocimiento institucional en dos exposiciones.
Una
obra centrada en el color existencial: “Yo ruego a los devotos de la naturaleza
y de la pintura que observen profundamente la obra de Mir porque pocas
veces, a buen seguro, podrán volver a ver una evocación tan poderosa de
la madre tierra hecha por manos de un pintor” (Raimon Casellas, Cosas
d’Art: Exposició Mir. La Veu de Catalunya. Barcelona
18 de octubre de 1901): paisaje que vibra en el escenario del lienzo;
paisajes de caras humanas que están extraordinariamente vivas: ese es
Mir.
Polifacético y grandioso
Con
el orgullo de presentar el trabajo de uno de los pintores menos divulgados
en Madrid en las últimas décadas y de restituir a este maestro en el lugar
de absoluta prominencia que se le adeuda ha abierto en sus salas madrileñas
la Fundación cultural MAPFRE VIDA la muestra antológica Joaquim Mir
1873-1940, con la mayor concentración de géneros, soportes y épocas
que jamás se habían reunido fuera de Cataluña sobre este pintor: casi
ochenta obras, entre óleos, dibujos, acuarelas y pasteles que realizan
una revisión total de su trayectoria y que abren con algunos inéditos
–muy difícil de reunir de nuevo- campos nuevos de apreciación de su trabajo
entre los que destacan la reconstrucción del conjunto decorativo del Gran
Hotel de Palma de Mallorca y de la Casa Trinxet dispersos hasta ahora
en diferentes colecciones. Novedades que confirman al pintor de una Barcelona
suburbial; del captador de las más esenciales historias del paisaje y
la sociedad de la Cataluña rural; del ubérrimo contraste de la naturaleza
de Mallorca o de los íntimos secretos de su propio jardín familiar; al
creador de centenares de pequeñas telas donde muestra lo más espontáneo
de su arte y, al menos conocido, dibujante y grabador que logra alejarse
circunstancialmente del color aunque nunca del valor omnímodo de la emoción.
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