Color existencial

Escondido en ocasiones bajo el catálogo general del arte catalán finisecular y guardado entre las personalidades extrañas al mundo genérico del arte, Joaquim Mir es uno de los escasos pintores esenciales en el crecimiento de la plástica en España. La antológica preparada por la Fundación cultural MAPFRE VIDA así lo confirma.

Una revisión del trabajo de Joaquim Mir lo avalan como el más

extraordinario creador del impresionismo español

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Es el color, la vibración de la naturaleza y de la vida a través del color; es el más alto reconocimiento a la emoción que significa sentirse vivo; es el pálpito de una atmósfera en consonancia con el universo: es el gran enigma que en su larga carrera pictórica Joaquim Mir deshizo y rehizo siguiendo pautas que fueron en su mayoría ignoradas hasta por los más avanzados de su tiempo cultural. Un pintor extraño entre las extremas categorías que el arte

generó entre siglos, que supo conminar sin pudor tendencias resueltamente enemigas y volcarlas en el rico resumen que sus obras constituían: el singular hombre que siguió su propio camino, que realizó el mejor retrato de la naturaleza vibrante y que raramente sintió estar en el seriado, catalogado y premiado mundo del arte. Su obra: siempre entre controversias y confrontaciones; su personalidad: ridiculizada, estigmatizada o infravalorada. Y sin embargo, cien años después, este pintor de paisajes y escenas continúa siendo un aldabonazo al alma dormida del visitante de su obra y una llamada a la celebración del hecho de estar vivo. ¿Qué más podría desear el genuino artista? ¿Cuántos podrían estar en el ruedo en la era del estímulo visual? ¿Cuántos mantienen por siglos el claro mensaje que dio forma a su obra?

Evocación poderosa

Una vida circunscrita a Cataluña -hijo de una familia de comerciantes de Barcelona; amigo desde sus años escolares del pintor Isidro Nonell; viajante de mercería y bisutería en sus años jóvenes mientras aprendía dibujo y pintura; miembro fundador del grupo de Sant Medir, junto a Nonell, Ricart Canals, Ramón Pitxot y Vallmitjana, con los que se reunía para pintar en los suburbios de la capital catalana; visitante asiduo del cenáculo modernista Els Quatre Gats- que toma puntualmente contacto con el Madrid de final de siglo –conocerá y tratará con Baroja, Ramiro de Maeztu y Valle-Inclán-, que descubre junto a Santiago Rusiñol el paisaje de Deyá, Valldemosa, Sóller y Sa Calobra, en Mallorca; que sufre una quiebra mental que le obliga a abandonar la pintura y que le hace retornar a su Barcelona; y que, finalmente, recibe el reconocimiento institucional en dos exposiciones.
Una obra centrada en el color existencial: “Yo ruego a los devotos de la naturaleza y de la pintura que observen profundamente la obra de Mir porque pocas veces, a buen seguro, podrán volver a ver una evocación tan poderosa de la madre tierra hecha por manos de un pintor” (Raimon Casellas, Cosas d’Art: Exposició Mir. La Veu de Catalunya. Barcelona 18 de octubre de 1901): paisaje que vibra en el escenario del lienzo; paisajes de caras humanas que están extraordinariamente vivas: ese es Mir.

Polifacético y grandioso

Con el orgullo de presentar el trabajo de uno de los pintores menos divulgados en Madrid en las últimas décadas y de restituir a este maestro en el lugar de absoluta prominencia que se le adeuda ha abierto en sus salas madrileñas la Fundación cultural MAPFRE VIDA la muestra antológica Joaquim Mir 1873-1940, con la mayor concentración de géneros, soportes y épocas que jamás se habían reunido fuera de Cataluña sobre este pintor: casi ochenta obras, entre óleos, dibujos, acuarelas y pasteles que realizan una revisión total de su trayectoria y que abren con algunos inéditos –muy difícil de reunir de nuevo- campos nuevos de apreciación de su trabajo entre los que destacan la reconstrucción del conjunto decorativo del Gran Hotel de Palma de Mallorca y de la Casa Trinxet dispersos hasta ahora en diferentes colecciones. Novedades que confirman al pintor de una Barcelona suburbial; del captador de las más esenciales historias del paisaje y la sociedad de la Cataluña rural; del ubérrimo contraste de la naturaleza de Mallorca o de los íntimos secretos de su propio jardín familiar; al creador de centenares de pequeñas telas donde muestra lo más espontáneo de su arte y, al menos conocido, dibujante y grabador que logra alejarse circunstancialmente del color aunque nunca del valor omnímodo de la emoción.

 

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