El significado del pintor

El Museo Thyssen- Bornesmiza y la Fundación Caja Madrid exhiben el proceso creativo que hizo de Gauguín
el símbolo de
la modernidad

Una encadenada sucesión de diálogos de Gauguin con los creadores de las vanguardias de las últimas décadas del siglo XIX y una progresiva afirmación de la que sería su unicidad  en la historia del arte internacional es parte del resultado de la muestra que estos días pueden contemplarse en dos instituciones  de Madrid. El resto, su espléndido y grandioso canto al libre conocimiento del ser humano y de su ambiente.

Madrid. JULIA FERNANDEZ
Sin precedente y como el capítulo sin divulgar de una de las mayores cuestiones planteadas y resueltas de la expresión creativa contemporánea se presenta el trabajo de investigación, revisión y recolección a través de entidades de todo el mundo de una de las grandes muestras internacionales que cerrarán el año en curso. Gauguin y los orígenes del simbolismo trae  a  las dos sedes en que se muestran sus

conclusiones no sólo una mirada renovada a las ya espléndidas pinceladas del arte de este pintor, sino –y ese es el mérito de su propuesta- al significado extraordinario que ha tenido para el crecimiento de la expresión creativa en nuestro siglo. Gauguin trascendido para el disfrute del visitante que espera algo más en las muestras que la mera concatenación de obras que sólo poseen el estrecho pero superficial nexo en común de su autoría, de su época o de, en el mejor de los casos, su corriente artística. Lo que estos días presentan al público español las salas del Museo Thyssen-Bornemisza y de la Fundación Caja Madrid –en una fructífera colaboración mantenida desde hace años- es una rotunda apuesta por la recuperación de un papel cultural en el que divulgar es, sobre todo, hacer claro y demostrable cosas, hechos, procesos y valoraciones admitidas o no socialmente pero siempre encerradas en el exclusivo mundo del especialista.

Una revolución censada

Un pintor aficionado que ejerce profesionalmente de agente de bolsa hace una crisis radical y transforma esos rutinarios parámetros en una de las trayectorias más mitificables al huir –en algunos aspectos literalmente- hacia el foco oscurecido del latir esencial tanto del arte como de la vida. Una revolución censada en los anales de la pintura entre 1884 y 1891 y descrita como el proceso que llevó a Gauguin a poner en cuestión la tradición naturalista del arte europeo desde el Renacimiento en aras del valor puro de la línea y el color sobre el plano. Una trasgresión de cuatro siglos de recursos descriptivos de la pintura (perspectiva, sombras, claroscuro, tono local) llevada a cabo en unos escasos seis años en los que este pintor pasaría de ser un impresionista secundario a convertirse en cabeza de fila del movimiento simbolista. Los años, el proceso, que esta extraordinaria exposición estudia e ilustra con las pruebas que aportan sus 186 obras y con la labor de investigación realizada por su comisario Guillermo Solana, profesor de Estética y teoría del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid, a través de colecciones y museos de todo el mundo para conformar un dibujo perfecto del contexto del que partió el pintor, su progresivo avance en la consecución de una nueva forma pictórica y de su determinante influencia en nacimiento de las vanguardias del siglo XX.

Nueve eslabones

Con un total de cincuenta obras firmadas por Gauguin entre las que se encuentran presencias únicas y extraordinarias en el contexto internacional como en el caso de la obra que centra la tesis de la muestra: Visión del sermón –cedida en préstamo excepcionalmente por la National Gallery of Scotland- o La vida y la muerte, prestada por el Museo Mahmoud Khalil de El Cairo, que llevaba décadas sin verse en Europa, y con más de ciento treinta debidas a pintores que han sido maestros, compañeros o discípulos de Gauguin se nutren los nueve grandes apartados en que está dividida Gauguin y los orígenes del simbolismo: los seis primeros, expuestos en el Museo Thyssen-Bornemisza, están consagrados a la evolución de la obra del artista entre 1884 y 1891; los tres siguientes, en la Fundación Caja Madrid, están dedicados a la influencia de Gauguin en los artistas de Pont-Aven y del círculo de los Nabis, además de una sala dedicada al Sintetismo en España.
Así el visitante contempla desde el comienzo el proceso que hace de Gauguin el pintor que conoce y que ha formado parte de su educación estética y simbólica: su formación como pintor bajo la tutela de Pissarro, del que asimilaría el sentimiento pastoral, y su admiración por las innovaciones de Cezanne; el trance de La Martinica, con sus figuras y paisajes; la influencia de Degas en su nueva representación de la figura humana; su inmersión en las nuevas tendencias inspiradas en las estampas japonesas y en antiguas vidrieras y esmaltes; la visión del ser mujer como diosa o sus experimentos de grabados en tabla de zinc. Seis eslabones que cierran su discurso con los tres apartados representados en la Sala de las Alhajas de Madrid: La estela de Gauguin, de Pont-Aven a los Nabis; La obra gráfica de los Nabis y, por último, Paco Durrio, Picasso y el Sintetismo en España, arte heredero del atrevimiento moral y artístico de un creador que buscó con ahínco el originario papel simbólico de la pintura.

 

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