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Recuperar
el pulso de la política educativa
(...)
Aunque parezca paradójico, el sistema educativo necesita un cierto grado
de estabilidad para poder desarrollar el cambio de forma permanente. No
hablemos más de grandes reformas que tejen y destejen el sistema educativo.
No hagamos de las leyes educativas ceremonias rituales que quieren cambiar
todo a la vez. Simplemente, hagamos las cosas cada vez mejor desde la
experiencia que nos muestran los buenos caminos ya trillados. Dejemos
las medidas legales para cuando sean estrictamente necesarias. Optemos
por disponer de marcos flexibles que toleren adaptaciones constantes,
correcciones de rumbo e introduzcamos mejoras sin alharacas. ¿Como se
puede explicar que para añadir o eliminar una asignatura sea necesario
cambiar una ley orgánica? ¿Es tolerable que un cambio de gobierno suponga
una alteración en la concepción de la asignatura de Historia que será
obligatorio adoptar? ¿Nos imaginamos un sistema sanitario que solo desterrara
técnicas caducadas o introdujera innovaciones promulgando leyes acerca
de la sanidad y sólo entonces?
Mejoremos las
pequeñas cosas. Facilítense sencillos laboratorios a los centros. Pensemos
que nuestros jóvenes leen poco y que las subdotadas bibliotecas, cuando
se usan, carecen de personal que las atienda. Valoremos por qué, si la
escritura es un ejercicio cotidiano en las aulas, nuestros egresados no
saben escribir con soltura. Evítese que formen a los profesores quienes
no lo han sido antes. Hagamos políticas para resolver problemas concretos,
elaborando programas ad hoc, previendo medios y adoptando estrategias
adecuadas, sin perder de vista la totalidad de un proyecto. Hagamos programas,
desarrollémoslos y veamos sus resultados. No llenemos los textos legales
de buenas intenciones que no puedan cumplirse. Establezcamos prioridades
entre los retos pendientes: procuremos que se enseñe realmente el idioma
extranjero en las clases en condiciones adecuadas, que el profesorado
lo conozca al nivel suficiente, antes de hacer centros bilingües, por
ejemplo. O hagamos que los profesores sepan manejar y aprovechar Internet
antes de dotar a las aulas de un número “x” de ordenadores. Hagamos que
el sistema funcione innovando de manera natural; permítase que eso sea
posible y que pueda continuarse; facilítese y apóyese. Ábranse campos,
apóyense iniciativas, protéjanse derechos, dense medios, vigílense y corríjanse
los incumplimientos. Demos y exijamos responsabilidades al profesorado,
es decir, dejémosle autonomía ( la petición, en cambio, de autonomía no
siempre se acompaña de las correspondientes responsabilidades).
Tal vez haya
menos fracturas sociales y se pueda llegar mas fácilmente a acuerdos,
si hablamos en torno a los problemas bien diagnosticados sobre los que
volcar la acción política, pedir la colaboración de las familias, del
profesorado y de la sociedad en general. (...)
José
Gimeno Sacristán
CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. septiembre de 2004.
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