Cómo formar ciudadanos

(...) Hoy la educación sigue siendo condición necesaria para entrar en el mundo laboral pero ya no suficiente. En la llamada sociedad del conocimiento, éstos cambian con rapidez y aparecen otros nuevos; se exige aprender a aprender y adaptabilidad. La flexibilidad en el trabajo es el paradigma del desarrollo de la sociedades modernas. Pero ese concepto llevado a la realidad cruda suele producir pocos trabajos de alto nivel y una fuerte tendencia a la precarización del trabajo y a la creación de un proletariado de los servicios, un improductivo ejército joven de reserva laboral que, sin embargo, tiene años de escolarización. Una ocupación estable y bien remunerada es para muchos jóvenes una quimera, sobre todo para los que salen pronto del sistema educativo con titulaciones de escaso valor de cambio en un mercado laboral dualizado.
Si la integración a la ciudadanía gira entorno del acceso al trabajo, es razonable pensar que hay ciudadanos de primera, con un trabajo relativamente estable, y ciudadanos de segunda, sin trabajo o con con trabajos precarios, inestables, discontinuos y mal pagados. Sólo se adoptará una identidad de ciudadano responsable si se encuentran instituciones y recursos eficaces para aprender a elaborarse un proyecto personal, con pleno sentido, capaz de hacer visible el futuro. Sin esa conciencia del deseo y del tiempo, vale cualquier trabajo que dé algún dinero para vivir a tope. Dinero recargable para la continua y compulsiva ceremonia del consumo, la diversión sin medida y el riesgo inútil. Un estilo de vida banal, gregario y a la vez individualista, que origina exclusión, malestar, frustración y agresividad.
¿La solución es más educación? Sí, pero sin cargar en ella todas la responsabilidad. Eso es cómodo pero es negarse a ver la complejidad de una sociedad muy competitiva en la que operan eficazmente otros agentes educadores, negativos y positivos, tanto o más potentes que la propia educación formal. Este conjunto de circunstancias, sin duda excesivamente simplificadas, parece indicar que hacer hoy un ciudadano es un proceso complejo que, si se ofrecen buenos recursos educativos y se sabe aprovecharlos, puede desembocar, con suerte, en una cierta autonomía cognitiva, signo de haber aprendido a pensar, a elegir y actuar consecuentemente. Conductas inteligentes pero muy exigentes, hoy fuera del alegre foco de lo relevante y muy fragilizados por un entorno social y mediático dirigido machaconamente a la producción del consumidor, irreflexivo, atento sólo a los impulsos del presente. Para un proceso de formación del buen ciudadano, no basta con recomendaciones morales o con presentar un repertorio formal de valores, por otra parte imprescindibles para una ciudadanía democrática.
¿Soluciones? A nivel colectivo quizá debieran pasar por una crítica de los efectos nocivos de una racionalidad económica que ignora las necesidades y aspiraciones humanas no productivas y fuera de la lógica del mercado. A nivel estrictamente personal, quizá habría que enseñar menos cantidad de asignaturas y más a gobernarse a sí mismo y a construirse paso a paso el propio futuro, a hacerse un proyecto propio y a entrenar la fuerza de voluntad para tratar de cumplirlo por encima de los estímulos y deseos inmediatos. Cambios colectivos y virtudes personales que parecen necesarios para aprender a orientarse en la selva del capitalismo posindustrial y para llegar a ser un ciudadano.

Fabricio Caivano
EL PERIODICO.14-septiembre-2004

 
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