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observador
invitado a un examen de selectividad en un Gymnasium de la Baja
Sajonia, del cual salí realmente satisfecho al comprobar el alto nivel
obtenido. A mi regreso a España escuché, como ahora en septiembre hemos
vuelto a oír, que en numerosos institutos “hemos alcanzado un cien por
cien de aprobados en las pruebas de acceso”. Sin embargo, estos exámenes
no admiten remota comparación con otros de similar función selectiva preuniversitaria
como, por ejemplo, el Abitur, al que hacía referencia. Esto se
debe a un planteamiento del sistema educativo alemán que a los diez años
de edad, en la ciudad libre de Bremen y en Baja Sajonia, y a los doce
años en otras partes de la nación, distribuye a los alumnos medios entre
las Hauptschule y Realschule, mientras reserva el Gymnasium
para los más brillantes.
Es un hecho
incontestable que, hoy por hoy, frecuentemente se entra y sale de los
centros de Enseñanza Secundaria en condiciones poco o nada deseables,
incluso de aquellos con un prestigio tradicionalmente reconocido, como
bien se acredita en la Universidad.
De todas las
soluciones que se proponen para elevar la “calidad de la enseñanza”, pocas
cuentan con tanto fervor como la reducción del número de alumnos por profesor.
Sin embargo, según los abundantes estudios de las políticas norteamericanas
aplicadas en este sentido, se ha concluido que las mejoras logradas
en el rendimiento escolar de aquellos ubicados en aulas con un promedio
de doce alumnos por profesor son casi inapreciables. Además, estas variaciones
insignificantes no resultan acumulativas, se circunscriben a los años
de la Enseñanza Primaria y dejan de manifestarse tan pronto como se regresa
a grupos medios, que en el caso de los Estados Unidos es de veinticuatro
alumnos.
Rendimiento
académico
En
España, nunca como hoy se había contado con un número tan reducido de
alumnos por profesor en los centros educativos, y nunca como ahora se
había descendido a niveles de conocimientos tan bajos. Ahí están, si no,
entre otros, los informes de la OCDE, por si no nos bastaba con observar
nuestro alrededor e interpretar la realidad por nosotros mismos.
¿Qué ocurre
en otros países? En Alemania el promedio se halla en torno a los 30 alumnos.
En Japón, con una ratio de 40 alumnos por profesor, se alcanzan niveles
muy superiores a los nuestros. La eficacia del modelo educativo japonés
se fundamenta en una gran selección del alumnado y en la disciplina de
los centros, a los que acompañan la ausencia de heterogeneidad cultural,
étnica y lingüística de su sociedad.
Los avances
genéticos recientes (no importan los malabarismos interpretativos que
algunos quieran hacer de los mismos con objeto de mantenerse en el ámbito
de lo políticamente correcto) y la neurociencia han terminado por desmontar
no pocas supersticiones igualitaristas que siguen cimentando algunas políticas
educativas europeas. Los defensores del superado legado ambientalista
de Locke, Rousseau, Mills, Boas, Lysenko, etc., se resisten a reconocer
las consecuencias deterministas que se derivan de la existencia de genes
como el FOXP2, el LIMkinasse1 y el IGF2R, vinculados
a los desórdenes del lenguaje, la visión espacial o a una inteligencia
general elevada.
Es cierto que,
si se mantiene el deseo de hacer realidad las utopías vinculadas a los
dogmas de fe igualitaristas, decimonónicos y acientíficos, no existen
motivos para cambiar el statu quo, pese a su descomposición imparable
en un mar de fondos económicos tan estériles e inviables, como eternamente
insuficientes. Las reformas educativas emprendidas en fechas cercanas,
aparte de que eluden ahondar en este principio básico, constituyen un
tímido intento por arreglar el desvarío logsiano que, además, corre
el riesgo de terminar diluyéndose en acuerdos, pactos, encuestas y estudios
del mercado del voto.
Pragmatismo
Hace
falta abordar los problemas actuales con presupuestos más pragmáticos
y menos naif, y pocos resultan tan manifiestamente tangibles como la desigualdad
natural de los seres humanos en sus capacidades intelectuales.
Pretender que
todos los alumnos alcancen una misma meta intelectual, sentándolos juntos
hasta los dieciséis años en un espacio común -lo único que a menudo les
une-, no pasa de ser un canto de sirenas que, aunque arremolina masas
de supporters, ha traído consigo consecuencias frecuentemente irreparables
para todos los sectores implicados. Esto ha afectado y afecta de manera
especial a los mejores alumnos procedentes de sectores sociales desfavorecidos
por razones evidentes, puesto que, a la postre, quienes cuentan con medios
económicos sobrados pueden paliar las deficiencias del sistema aportando
medios complementarios o buscando vías paralelas. No abordar con rigor
un aspecto tan importante para la mejora de la sociedad se trata de un
despilfarro insostenible en un mundo tecnológico y globalmente competitivo,
necesitado como nunca de personas bien preparadas y formadas.
Ciertamente,
todo ejerce influencia sobre el éxito y el fracaso del alumnado: el profesorado,
los padres, la autoridad, los medios, etc. Pero no magnifiquemos las influencias
exógenas y dejémoslas en su sitio. Es hora de reconocer que los logros
y fracasos del alumno vienen condicionados en su mayor parte por su propia
inteligencia y naturaleza. Las agrupaciones homogéneas, selectivas y tempranas
del alumnado según capacidad intelectual, deben ser imperativas e inaplazables,
principalmente, porque los alumnos son intelectualmente desiguales y,
no menos importante, porque el vertiginoso hundimiento del sistema de
enseñanza presente ha de terminar por resultar socialmente insostenible,
allí donde no lo es todavía.
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