Identidad daliniana

El centenario del nacimiento del pintor permite recuperar una visión no sesgada de su arte y personalidad

Un Dalí que no conoce fronteras entre el más ambicioso de los esfuerzos artísticos y las manifestaciones casi sin elaborar de la cultura de masas es el que estos días estrena las nuevas salas de exposiciones del Museo Nacional Reina Sofía. Su extra- vagancia, valentía y permanente juego son el lado adherido al Dalí sensible, culto y trabajador que su amigo Ignacio Gómez de Liaño ha recordado en su libro El camino de Dalí (Diario personal, 1978-1989).
Imagen de Dalí
con el autor Ignacio Gómez de Liaño.

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“Tanto por su obra como por sus gestos, actitudes y obsesiones, Dalí es un compendio del siglo; un compendio que es incluso, a  la vez,

Dos de las obras recogidas en la muestra Dalí. Cultura de masas.

una especie de summa teológica. Pues en un siglo que ha sacralizado el arte o, mejor dicho, que lo ha sacralizado como paradigma de riqueza, a Dalí le ha complacido desde antiguo desempeñar el papel de pontífice” –afirmaba Ignacio Gómez de Liaño en su artículo Dalí, más allá publicado días después de la muerte del pintor. Y continuaba: “Compendia Dalí el siglo en cuanto que lo refleja, pero sobre todo en cuanto que ha contribuido a crearlo, a recrearlo; a conjurarlo también”. Esta reflexión -recogida ahora en el volumen editado por Siruela y que es el resumen de su privilegiada cercanía con el creador a lo largo de más de diez años- da de lleno en la diana recreada en la muestra Dalí. Cultura de masas por el profesor y comisario Félix Fanés, en la que, a través de círculos concéntricos espléndidamente diseñados, nos acerca de forma definitiva al hombre que menos respeto y miedo ha sentido a romper delimitaciones del buen gusto en su quehacer artístico y el que probablemente más ha vibrado sinceramente con el inagotable proceso del arte que el siglo XX permitió a todos los que se atrevieran a medirse con las nuevas posibilidades aportadas por la ciencia, la técnica y a las nuevas formas del estar social.

En el oleaje

Singular, exagerado, enfermo de su propia leyenda y sentidamente abducido en el oleaje que el siglo XX formó a su paso se nos presenta el Dalí que inaugura las nuevas salas de exposiciones del Museo Nacional Reina Sofía en una de las propuestas de reflexión más coherentes y complejas sobre este creador que se hayan puesto en pie en el año del centenario de su nacimiento al desvelar y agrupar de forma inteligible la que fue su más degenerada versión del arte que construyó en soledad: “Dalí se lanzó completamente, casi diría que de manera suicida, a la cultura de masas.”, afirmaba el comisario Fanés en la presentación. “El mismo dice que se considera alimento de las masas hambrientas. Y así hay que entender esta cita, como la del artista que ofrece su trabajo a un público mayoritario”.
Siete grandes espacios-escenarios recogen los óleos, dibujos, fotografías, films y objetos que exploran la relación de Dalí con el mundo de la cultura de masas en un viaje que comienza en Barcelona en los años 20 –con sus manifiestos antipintura y de elogio de la nueva belleza industrial-, continúa en su contacto con los surrealistas en París –con sus escarceos con el cine y otros aspectos del mundo mecánico e industrial- y termina cuando en 1940 se traslada a los EE.UU y se adhiere al fenómeno de la nueva naturaleza visual. Una historia completa que, organizada por la Fundación La Caixa con la colaboración de la Fundación Gala-Salvador Dalí y coproducida por el Museo Nacional Reina Sofía, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y la Fundación La Caixa, permite acceder al conjunto más importante de obras, documentos y filmaciones que este extraordinario artista generó a través de su diálogo con la cultura de masas.

Admirado Dalí

El ser Dalí que en su obra El camino de Dalí (Diario personal 1978-1989) recrea el filósofo y escritor Ignacio Gómez de Liaño se nos presenta en aparente contradicción con el que se despliega estos días en el Reina Sofía como un hombre discreto, cálido, exquisitamente culto y trabajador. Una personalidad encerrada en el angosto espacio que su corte y su reina Gala han construido en su espacio real pero que sigue teniendo el control básico de su extraordinario imaginario: “Cuando entramos en el estudio, Dalí estaba pintando una cabeza pétrea dormida o unánime, bañada por las últimas luces del crepúsculo. Se trataba de una versión de la cabeza de Cristo del cuadro que tenía a su izquierda, que era una variante muy libre de la Pietà de Miguel Angel. (...) Dalí, que hasta ese momento había pintado sin interrupción, dejó por un momento de trabajar en la cabeza, en la que tanto había avanzado, apuntando con el pincel al cuadro de la Pietà, dijo con voz firme: `Es un disfraz, una máscara. Fíjese bien, es como los antifaces de carnaval´.
Y lo puso en relación con la nave Argos, en la que Jason fue en busca del vellocino de oro”. Es el Dalí culto, el que elaboraba el instinto creativo y el que sabía relacionar en el parámetro más esencial realidades eternas del arte con improntas que pertenecían a una actualidad temporal: es el que más recónditamente se escondía entre el prodigioso fuego de artificio que sí le permitía su identidad de Dalí, cultura de masas, y el que estas memorias de su amigo Gómez de Liaño devuelve admirativamente.

 

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