En el presente artículo, su autor abre un espacio de reflexión y debate sobre uno de los aspectos más controvertidos de nuestra realidad social, la conflictividad y sus derivaciones, que concita actitudes, posturas y actuaciones, tanto individuales como colectivas, muchas veces contrapuestas.

Educación, conflictos
y contravalores

Manuel Dios Diz
Maestro, licenciado en Geografía e Historia y presidente del “Seminario Gallego de Educación para la Paz”

AMENTABLEMENTE,    cada

vez con más frecuencia, recibimos noticias relativas a conflictos, amenazas, agresiones, abusos... que tienen lugar en los centros educativos o en sus inmediaciones, alguna muy reciente, y con resultado de muerte, de un joven en Barcelona, a las puertas de su instituto. Noticias de estas características tendíamos a ubicarlas en otras áreas geográficas, particularmente en los EE.UU, y como consecuencia de la facilidad con que los norteamericanos acceden al mercado, prácticamente libre, de las armas, un fenómeno muy enraizado en su cultura, tal y como Michael Moore ha denunciado en el libro Estúpidos hombres blancos y en su oscarizado documental, tan recomendable, por cierto, Bowling for Colunbine.
En este film, Moore entrevista a Barry Glassner, autor de un libro, todavía no traducido al castellano, titulado The culture of fear, la cultura del miedo, en el que resalta el sobredimensionado tratamiento que los medios de comunicación estadounidenses dieron (y dan) al clima de inseguridad y de pánico luego de los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001, incluso sabiendo, a ciencia cierta, que los casos de violencia con resultado de muerte en las grandes ciudades norteamericanas han descendido sensiblemente. Para Glassner, esta manera de sobredimensionar los espacios y los tiempos de los telediarios a los sucesos, a la crónica de catástrofes, accidentes, tribunales... que vienen aumentando de forma creciente en nuestras televisiones (especialmente en algunas), no sería casual, sino que estaría en directa relación con los grandes intereses económicos y políticos, beneficiarios de esta atmósfera, del clima creado de inseguridad general, porque, como sabemos, el miedo paraliza, fomenta la pasividad e incluso anula o restringe nuestra libertad.
Los grandes beneficiarios de este ambiente de incertidumbre y de miedo, muy arraigado por otra parte en sociedades envejecidas como la nuestra, serían no solo los mercaderes de la muerte, los compradores y vendedores de armas, sino tambien las empresas de seguridad, los grandes laboratorios químicos y farmacéuticos (tranquilizantes, antidepresivos...) y tambien los partidarios de priorizar en los presupuestos públicos los gastos de defensa (y de ataque), la investigación en tecnología militar, las policías de todo tipo, públicas y privadas, los centros penitenciarios, las cámaras de vigilancia, los controles... mientras que, por el contrario, el gasto social disminuye, el estado de bienestar retrocede, especialmente la sanidad, la atención y cuidado de nuestros mayores, la educación, la formación, la investigación, la escuela pública... en beneficio de políticas de privatizaciones crecientes.

Modelos contrapuestos

Estos dos modelos contrapuestos en la priorización de los gastos públicos estarían tambien en relación con las distintas maneras de afrontar los conflictos en la sociedad y en los centros educativos. Para algunos, el método más eficaz estaría en reforzar la disciplina, la autoridad, los castigos y las sanciones, la vigilancia, los controles, las rejas, las expulsiones... es decir, incidir, fundamentalmente, sobre las manifestaciones más externas, obviando, con carácter general, las causas, la etiología, olvidando la educación y la prevención, como si la escuela fuese algo al margen de la sociedad y de las familias, de todos y de cada uno de nosotros.
Desde luego que el sentido común nos enseña que ante casos concretos de pandillismo, amenazas, abusos, no digamos ya de agresiones verbales o físicas, o de comportamientos violentos de todo tipo... en un colegio o instituto, la respuesta de las autoridades educativas, del profesorado, de los padres y de las madres, de los órganos colegiados del centro, no puede ser, lógicamente, mirar para otro sitio. Conviene intervenir de inmediato (ya que no se hizo con anterioridad a que estallara el conflicto) desde la perspectiva de un centro educativo, es decir, educativamente, aplicando, en su caso, la normativa vigente de carácter disciplinario, pero con la vista puesta siempre en la modificación de las conductas, comportamientos, actitudes y valores, para lo que no resulta suficiente con la imposición de medidas sancionadoras. Con demasiada frecuencia tendemos a saltarnos los primeros pasos en el desarrollo de un conflicto, actuamos cuando estalla delante de nuestras narices, violentamente, e intervenimos como bomberos, olvidando la prevención y la educación.
Incluso muchos padres y madres defienden, protegen o legitiman el comportamiento irregular de sus hijos e hijas, confrontan las decisiones acordadas colegiadamente, aunque luego confiesen, en privado, que no consiguen controlar o simplemente entender a sus hijos e hijas adolescentes. Familias en dificultades, desestructuradas, marginadas... explican muchos conflictos. No todos, es verdad. Sin embargo, probablemente, muchas razones deberíamos buscarlas en el pasado, en la ausencia de criterios y de límites preventivos, en las edades más tempranas, en esa cantidad de años declinando o desviando responsabilidades educativas familiares, en la incomunicación, en el alejamiento progresivo, en la falta de afectos y de cariño... o, por el contrario, en el consentimiento máximo, en el proteccionismo desmedido, quizás desde la óptica de que, en nuestras sociedades, los niños y las niñas son un bien cada vez más excaso. En cualquier caso, como afirma el viejo dicho, de aquellos vientos, estas tempestades...

Cultura de la paz

Precisamente por eso hacemos, desde el Seminario Gallego de Educación para la Paz, tanto hincapié en la previsión, en la prevención, en la familia, en la escuela, por eso es tan relevante la educación en los valores cívicos y democráticos (libertad, justicia, tolerancia, solidaridad, respeto, responsabilidad, interculturalidad, esfuerzo, amor, protección del medio natural...), en la cultura de paz (lucha contra la exclusión y la pobreza, pluralismo cultural, prevención de conflictos, derechos humanos...), cada día y todos los días, y no tanto con palabras y con sermones, sino con hechos, con el ejemplo, por medio de juegos y de dinámicas de aula, apelando esencialmente a los afectos y a los sentimientos (método socioafectivo), a las emociones, evitando contradicciones entre lo que decimos y lo que hacemos... y todo esto no puede ser responsabilidad exclusiva de la escuela y del profesorado. Conviene implicar a toda la sociedad, de manera muy especial, a los medios de comunicación, que tanta importancia tienen en la difusión de los contravalores (abuso de poder, machismo, parasitismo, racismo, violencia, injusticia, venganza, inmoralidad, mentira, intolerancia, corrupción...).
Desde luego que por la escuela pasan todas las personas, tambien los futuros maltratadores y las maltratadas, los violentos, los agresivos, los psicóticos... por lo que siempre pueden existir casos puntuales de violencia imposibles de evitar. Sin embargo, la prevención, la creación de climas y de atmósferas cooperativas, solidarias, sensibles al sufrimento, empáticas, la dedicación de tiempos y de espacios, de recursos, a la formación en valores, a fomentar la convivencia, a transformar conductas, a resolver pacíficamente los conflictos... sigue a ser el camino más útil y rentable desde el punto de vista educativo. Tambien probablemente el más difícil.
Bien sé que el profesorado, en muchos casos, está cada vez más preocupado con estos temas, que hace esfuerzos, muchas veces voluntaristas, con pocos apoyos, en circunstancias complejas, para mejorar el clima escolar, a contracorriente, sin reconocimiento social, por eso resulta imprescindible, facilitarles, de verdad, el acceso a técnicas y a métodos que no recibieron en su formación inicial, recursos para contrarestar los contravalores que están en la sociedad, en las imágenes, en el cine, en la televisión, en los medios escritos, en la publicidad, en los videojuegos, en los dibujos animados, auténticas escuelas de contravalores, y en las familias, por eso no podemos, con hipocresía, responsabilizar unicamente a la escuela y al profesorado de lo que es un auténtico fracaso social.
Trabajar sistemáticamente la educación para la paz, como eje transversal obligatorio del currículum, no puede limitarse a celebrar el día escolar por la paz, o el día de los derechos humanos, o el día de la mujer... efemérides, sin duda, necesarias pero no suficientes. El profesorado, lo sabemos muy bien, trabaja a medio o a largo plazo. Nuestros horizontes temporales no coinciden ni con la inmediatez perodística ni con la fugacidad mediática. Por eso estamos obligados a diseñar proyectos educativos de centro y de aula de carácter permanente, fundamentados teóricamente, con una perspectiva temporal dilatada, si queremos realmente modificar actitudes y promover aprendizajes que permitan a nuestro alumnado convivir y manejar técnicas y dinámicas de resolución pacífica de conflictos, y tenemos que hacerlo incluso a contracorriente, con el viento de cara, pensando que, en definitiva, la única semilla que no fructifica es aquella que no sembramos...
Pero no sólo en la escuela, para no lamentarnos...

 

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