En la presente colaboración, su autor reflexiona sobre el fenómeno social de la violencia juvenil y su expresión en nuestra sociedad, y abre un espacio de análisis sobre sus manifestaciones, causas y, especialmente, sobre alternativas o antídotos que ayuden a la corrección de esta grave disfunción social, tan presente actualmente en el entorno de nuestras vidas.

Violencia juvenil

Guillermo Ballenato Prieto
Psicólogo y formador

NA  joven es secuestrada a pun-

ta de navaja, sufre una violación múltiple y es asesinada con ensañamiento, atropellada repetidas veces y quemada viva. Hay varios menores de edad sentados en el banquillo, detenidos anteriormente más de setecientas veces. En la sociedad reina la sensación de injusticia, de indefensión de la víctima e impunidad y derechos inviolables del delincuente. Está claro que algo falla.
Parece lógico que al ciudadano le urja más defenderse que prevenir o educar, no sea que le vuelvan a atracar, violar o asesinar. Se solicita el endurecimiento de las penas y el castigo ejemplar. Pero esta medida, si es la única que se adopta, equivale a algo así como tener fiebre y limitarse a ocultarla tomando antipiréticos, sin realizar diagnóstico previo alguno.
La violencia se palpa en el día a día, en la calle, en casa, en el aula, en el trabajo, en el estadio de fútbol, en la televisión. Vemos habitualmente casos de abuso y maltrato infantil, violencia doméstica, atracos, ajustes de cuentas. Nos empezamos a volver insensibles, como si se tratase del cine; pero es la realidad. La violencia juvenil es un reflejo de la violencia social. La violencia genera más violencia, y hay que detener esa espiral.
Vivimos a diario una especie de inmadurez colectiva en esta sociedad del hastío, de lo fácil, del consumo, de la imagen. Es una cultura de tienda de baratillo, con mucho en el escaparate y poco de puertas a dentro, donde impera la frivolidad, lo superficial, el individualismo, la competitividad. Mucha gente vive en condiciones infrahumanas mientras otros derrochan sin escrúpulos. Cada día que pasa se acusa más la escasez de principios.  ¿Qué valores estamos transmitiendo con nuestra propia conducta?
Muchos jóvenes quieren ser de mayores modelos o futbolistas, ricos y famosos. Cuidan su estética como nunca. Se muestran solidarios para apoyar causas humanitarias a cientos de kilómetros, pero pueden poner excusas para atender a un familiar enfermo en casa. Aparentemente tienen de todo, sin tener que luchar para ganarlo ni esperar para conseguirlo. Tal vez carecen de lo esencial: modelos éticos, motivación y valoración del esfuerzo, supervisión, autocontrol, sentido de la responsabilidad.

Coexistencia familiar

Las familias, más que convivir, coexisten. Llegan dos sueldos a casa, pero falta tiempo y diálogo. La desintegración familiar va en aumento; se rompen muchos hogares. Los padres se han convertido en cajeros automáticos. Muchos pequeños salen del colegio y llegan solos a casa, con la llave colgando del cuello. ¿Quién les educa?, ¿sólo el profesor, la cuidadora, la televisión con su enorme poder de influencia?
En la pantalla del televisor, durante horas, modelos vulgares y de escasa catadura moral tienen licencia para insultar, calumniar e invadir nuestra intimidad y la de los demás con total impunidad. Los altos índices de audiencia contribuyen a intoxicar a las masas y a arengar al linchamiento popular de inocentes. Vemos caras de pocos amigos en los vídeos musicales, en los anuncios, en la pasarela, en los mítines. Los mismos políticos se insultan, mienten, se descalifican. Hay vídeo-juegos verdaderamente salvajes. Hemos pasado de los dibujos animados de Heidi y Marco a otros altamente violentos, interrumpidos cada poco por anuncios salpicados de escenas de sexo y violencia. Hoy vende más el morbo que ser bueno. El triunfo parece cuestión de pisotear a los demás.
¿De qué es síntoma tanta violencia injustificada?, ¿Cuál es su origen? ¿La desestructuración familiar y social, las drogas, la deficiente integración de la inmigración, el fracaso de la educación en valores? El perfil del joven delincuente es un varón, de entre 14 y 18 años, de clase media, y con problemas familiares. Pero el agresor, ¿nace o se hace? Herencia y ambiente se combinan en las diversas explicaciones que la psicología da a la conducta agresiva. Puede ser una reacción natural a la frustración, o producto del desajuste social, de impulsos instintivos, o de un perfil de personalidad conocido como psicopatía. Se ha investigado la influencia de la imitación de modelos violentos, el refuerzo social de esas conductas, y el efecto despersonalizador y amplificador que ejerce el grupo sobre el individuo.
No se debe confundir un acto de maldad con una patología psiquiátrica. El trastorno de personalidad antisocial se caracteriza por la conducta violenta y agresiva persistente. El sujeto suele ser emocionalmente inestable, rebelde, irritable, impulsivo. Incapaz de controlar su conducta, busca la satisfacción inmediata y no tolera la frustración. La frialdad, la falta de empatía y de sentimientos, le llevan a despreciar los derechos de los demás. Su perfil manipulador, irresponsable, desafiante, temerario y vengativo no entiende de normas ni de remordimientos o sentimientos de culpa, lo que le conduce al delito y a la marginación. ¿Existen tratamientos para un perfil de personalidad tan complejo? Estos casos suelen requerir lógicamente el ingreso en un centro especial. La intervención bio-psico-social es posible pero resulta especialmente ardua, debido a la resistencia y oposición que suele mostrar el paciente.

Conducta violenta en centros educativos

¿Qué está ocurriendo en los centros educativos? ¿Qué grado de violencia, amenazas e indefensión pueden estar soportando en silencio algunos menores?, ¿y los docentes? En un reciente estudio realizado por el sindicato de profesores ANPE entre docentes de la Comunidad de Madrid, desde Infantil a Secundaria, el 85% denunció indisciplina y violencia en el centro educativo. Ocho de cada diez están desmotivados y manifiestan problemas psicológicos derivados del estrés que sufren en el aula, especialmente por las amenazas de daños físicos y los insultos por parte de los alumnos problemáticos. Las agresiones verbales, psicológicas y físicas representan cerca del 40, 30 y 20%, respectivamente.
El estudio arroja como principales causas externas la actitud familiar, la crisis de valores y los medios de comunicación. Y sorprende escuchar la opinión de los propios jóvenes: el 80% la atribuyen a los “alumnos conflictivos”, el 56,9% a la “falta de respeto a la autoridad del docente”, y casi la mitad, el 48%, a las “familias demasiado permisivas”. Los propios jóvenes parecen reclamar disciplina. Los padres de hoy parecen haber perdido la autoridad y los papeles. En el poco tiempo que comparten con sus hijos, no parecen dispuestos a ponerles límites o a enseñarles a respetar las normas. Se pasó del “ordeno y mando” al “todo vale”.
Un 85% de los alumnos afirma que los docentes utilizan el castigo para solucionar conflictos. Conviene recordar que para que éste resulte eficaz, debe ser utilizado como último recurso, debe ser proporcional y contingente a la conducta, aplicarse de forma individualizada y no colectiva, enseñar algo positivo, y tener por objeto ayudar a la persona, ofreciéndole alternativas y buscando su reeducación.

Alternativas al castigo

Resulta mucho más fácil hablar de alternativas al castigo cuando no somos los padres de la víctima inocente. Pero es tan difícil ser justo que la prudencia aconseja ser indulgente. ¿Debe ser la edad cronológica lo que marca el grado de consciencia y asunción de responsabilidad sobre la conducta? ¿La persona es consciente del daño que ha provocado?, ¿conoce otras conductas socialmente más adaptativas?
El castigo se ha mostrado en general ineficaz para modificar la conducta, por ejemplo, en casos de psicopatía. Contribuye a inhibir la agresión sólo en presencia del agente de castigo. Dada la conducta antisocial de estos sujetos, su internamiento puede brindarles incluso más gratificación que la vida en comunidad. El ingreso en un centro consiste, con frecuencia, en entrar por una puerta y salir por otra. Y cuando no es así cabe de todas formas preguntarse qué sentido tiene aislar, recluir, privar. ¿Hablamos de centros de reinserción o escuelas de delincuencia?
Puede tener sentido endurecer las penas, pero sin olvidar que ante la delincuencia juvenil hay alternativas como las prestaciones en beneficio de la comunidad, las tareas socioeducativas, el acogimiento. Si queremos erradicar la violencia, debemos aplicar antídotos eficaces a largo plazo, y la educación es hoy por hoy el mejor. Nunca debemos renunciar a recuperar a un ser humano, y mucho menos a un menor. Y cuanto antes se diagnostique, trate y normalice, mejor. Limitarnos a recluirlo en un centro sólo permite parchear las grietas por las que la sociedad hace aguas. Hay que darle esa oportunidad que tal vez no ha tenido o no supo aprovechar. Si el objetivo es la reinserción, el apoyo de un entorno familiar adecuado, supervisado por profesionales, puede ser más eficaz que el internamiento en un centro, por muchos recursos que se le asignen.
Aunque esta violencia surge también en jóvenes de familias que no son marginales ni están desestructuradas, es lógico pensar que el primer derecho que tienen los seres humanos es a poder llevar una vida “normal” desde que nacen. Los tres primeros años de vida del ser humano son fundamentales para definir su futura relación con el mundo. En la etapa de la educación infantil se debe hacer un especial esfuerzo de prevención e intervención.
Los padres deberíamos poder reducir la jornada de trabajo y disponer de más tiempo para compartir con nuestros hijos, y aprender también a ser padres. La escuela de padres y madres nos enseña cuántas posibilidades y responsabilidad tenemos en nuestras manos. Si hay padres que no pueden, no saben o no quieren educar, que dejen paso a todos aquellos que están deseándolo, que son un ejemplo de solidaridad y un modelo de valores.
Es urgente prevenir y tratar esta violencia injustificada que tanto dolor y sufrimiento infringe a víctimas inocentes y a sus familiares. Los derechos humanos son defendidos por los valores humanos. Y el respeto es un valor esencial. Educar en valores anula las actitudes y conductas que pueden atentar contra la dignidad de las personas. Los centros educativos deben ser lugares para la paz y centros de aprendizaje para la convivencia. La educación es la gran inversión en futuro, y la mejor herencia para nuestros hijos y para la sociedad.
Cada 29 de enero se celebra la jornada mundial de la “no violencia”, pero todos los días debemos hacer algo al respecto. Es una labor de todos: padres, educadores, psicólogos y psiquiatras, pedagogos, expertos en derecho, sociólogos, políticos, medios de comunicación. Aunque la responsabilidad y el esfuerzo deben ser compartidos por toda la sociedad, el papel principal lo tienen los hogares y los centros educativos. La clave está, como casi siempre, en el diálogo, la prevención, la integración y la educación.

Guillermo Ballenato es responsable de la Asesoría de Técnicas de Estudio y del Programa de Mejora Personal de la Universidad Carlos III de Madrid.    gballenato@correo.cop.es .

 

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