Julian Schnabel es el estandarte vivo y aún fértil del fenómeno cultural
estadounidense que en el transcurso del último tercio del siglo XX consiguió tensar hasta el límite la propia noción de arte. Grandilocuente, sincero, apasionado y prolífico ha venido a España para enseñarnos el enérgico resultado de
su relación con la plástica.

El pintor sin límites

El Palacio de Velázquez muestra en
“Julian Schnabel. Pinturas 1978-2003”
el extraordinario ímpetu expresivo de este creador

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“Entonces apareció en escena Julian Schnabel: poseía esa clase de personalidad carismática y megalomaníaca que entusiasma a los coleccionistas. Empleaba grandes lienzos y colores chillones. Sus cuadros trataban de temas como la religión (....). Tras años de rayas, cubos, borrones y metales retorcidos, finalmente alguien se dedicaba a pintar cosas con las que el público, aunque fuera de un modo simplista o equivocado, podía más o menos identificarse. La reacción del público fue sorprendente”. Así describía John Taylor en su magnífico ensayo “El circo de la ambición: la cultura del dinero y del poder” (Anagrama 1990) la irrupción en el espacio del Nueva York del final de los setenta del joven Schnabel; un hombre de veintisiete años, hijo de emigrante checo y neoyorkina, de turbulenta adolescencia en un pueblo en la frontera entre Texas y México, de formación universitaria y museística, con varios meses de estancia en la Europa artística; una mente sin acotamientos; un torbellino humano que siente en premonición el tiempo que se avecina y que se hace portavoz y dueño de la encomienda que devolverá a su ciudad natal y a su mercado de arte el cetro que la Segunda Guerra Mundial con su trasvase artístico París-EEUU puso en estas coordenadas: Schnabel daba al Nueva York de los ochenta la ilusión de volver a ser el punto neurálgico de la vacilante escena internacional mientras sus grandes lienzos arrebataban el arte para el poder y el dinero.
Éxito social de enorme glamour y cifras astronómicas –a los dos años de su presentación en sociedad sus cuadros accedían al podium de las cotizaciones con sus 40.000 dólares por pieza- que a pesar de todos sus detractores no ha podido eclipsar el especial pathos que señala la obra de este pintor.

Diálogo expreso

El resumen que María Corral presenta estos días en las salas del Palacio de Velázquez del Parque del Buen Retiro de Madrid de las casi tres décadas de trabajo creativo de Schnabel responde en su descripción a este doble elemento de la obra del pintor -la ampulosidad arrolladora que subyuga en sociedad y el sigiloso hacer simbólico que cada una de sus “épocas” encierra- para  lograr una totalizadora lectura del personaje y del creador. La muestra “Julian Schnabel. Pinturas 1978-2003”, organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, forma en sus cincuenta grandes lienzos el diálogo que todo artista auténtico va construyendo consigo mismo y con su tiempo a lo largo de su labor artística. Aquí están sus cuadros de platos rotos pegados inspirados en su admirado Gaudí y realizados en el inicio de su estelar carrera; sus lienzos sobre lona encerada con imágenes y signos míticos, religiosos o privados; ejemplos de sus series Treatise on Melancholia, Las pinturas de Nîmes y Los patos del Buen Retiro (en memoria del Schnabel depresivo y joven que visitó solitario el estanque de este Retiro que ahora vuelve a acogerle), de enorme sensualidad y misterio; su conocimiento del hecho popular español con el recordatorio a La Voz de Antonio Molina y sus retratos de niñas sobredimensionadas a las que el brochazo airado del pintor ha cegado para siempre.

Abierto al mundo

“Yo no quiero estar en el mundo del arte; quiero estar, vivir, en el mundo real, el de todos” aclaraba un Schnabel  quizás cansado del embrujo artificioso que su experiencia vital y creativa genera socialmente: “Pintar para mí es un placer y no quiero estar pensando en mi situación en el mundo del arte; es la forma que tengo de expresar mis emociones y, a la vez, de experimentar con ellas”. Es en esta declaración de principios artísticos realizada en la presentación a los medios de la muestra donde aparece el verdadero ánimo de una personalidad que a pesar de su permanente reciclaje en lo pictórico y su ya redundante éxito social ha buscado en otros medios de expresión los resortes que le permitieran completar su ambicioso proyecto personal creativo. Director de dos películas de éxito internacional en las que ha entregado mucho más que una mera exhibición esteta –Basquiat se adentraba en el entresijo de la “obra de arte” sostenida por Andy Warhol y Antes que anochezca lograba condensar el extremo padecimiento de un escritor homosexual en el castrismo; ciudadano de un país al que ama y recrimina al mismo tiempo y habitante de una flotante sociedad de librepensadores que alumbran sin localismos el escenario internacional, este artista de gran tamaño corporal y social juega a recrearse a través y gracias a su relación con el entramado real de la sociedad. En su espejo sí encuentra Schnabel la réplica completa a su enérgica y sincera propuesta de fiesta visual.

 

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