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Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
“Entonces
apareció en escena Julian Schnabel: poseía esa clase de personalidad carismática
y megalomaníaca que entusiasma a los coleccionistas. Empleaba grandes
lienzos y colores chillones. Sus cuadros trataban de temas como la religión
(....). Tras años de rayas, cubos, borrones y metales retorcidos, finalmente
alguien se dedicaba a pintar cosas con las que el público, aunque fuera
de un modo simplista o equivocado, podía más o menos identificarse. La
reacción del público fue sorprendente”. Así describía John Taylor en su
magnífico ensayo “El circo de la ambición: la cultura del dinero y del
poder” (Anagrama 1990) la irrupción en el espacio del Nueva York del final
de los setenta del joven Schnabel; un hombre de veintisiete años, hijo
de emigrante checo y neoyorkina, de turbulenta adolescencia en un pueblo
en la frontera entre Texas y México, de formación universitaria y museística,
con varios meses de estancia en la Europa artística; una mente sin acotamientos;
un torbellino humano que siente en premonición el tiempo que se avecina
y que se hace portavoz y dueño de la encomienda que devolverá a su ciudad
natal y a su mercado de arte el cetro que la Segunda Guerra Mundial con
su trasvase artístico París-EEUU puso en estas coordenadas: Schnabel daba
al Nueva York de los ochenta la ilusión de volver a ser el punto neurálgico
de la vacilante escena internacional mientras sus grandes lienzos arrebataban
el arte para el poder y el dinero.
Éxito
social de enorme glamour y cifras astronómicas –a los dos años
de su presentación en sociedad sus cuadros accedían al podium de las cotizaciones
con sus 40.000 dólares por pieza- que a pesar de todos sus detractores
no ha podido eclipsar el especial pathos que señala la obra de este pintor.
Diálogo
expreso
El
resumen que María Corral presenta estos días en las salas del Palacio
de Velázquez del Parque del Buen Retiro de Madrid de las casi tres décadas
de trabajo creativo de Schnabel responde en su descripción a este doble
elemento de la obra del pintor -la ampulosidad arrolladora que subyuga
en sociedad y el sigiloso hacer simbólico que cada una de sus “épocas”
encierra- para lograr una totalizadora lectura del personaje y del creador.
La muestra “Julian Schnabel. Pinturas 1978-2003”, organizada por el Museo
Nacional Centro de Arte Reina Sofía, forma en sus cincuenta grandes lienzos
el diálogo que todo artista auténtico va construyendo consigo mismo y
con su tiempo a lo largo de su labor artística. Aquí están sus cuadros
de platos rotos pegados inspirados en su admirado Gaudí y realizados en
el inicio de su estelar carrera; sus lienzos sobre lona encerada con imágenes
y signos míticos, religiosos o privados; ejemplos de sus series Treatise
on Melancholia, Las pinturas de Nîmes y Los patos del Buen
Retiro (en memoria del Schnabel depresivo y joven que visitó solitario
el estanque de este Retiro que ahora vuelve a acogerle), de enorme sensualidad
y misterio; su conocimiento del hecho popular español con el recordatorio
a La Voz de Antonio Molina y sus retratos de niñas sobredimensionadas
a las que el brochazo airado del pintor ha cegado para siempre.
Abierto
al mundo
“Yo
no quiero estar en el mundo del arte; quiero estar, vivir, en el mundo
real, el de todos” aclaraba un Schnabel quizás cansado del embrujo artificioso
que su experiencia vital y creativa genera socialmente: “Pintar para mí
es un placer y no quiero estar pensando en mi situación en el mundo del
arte; es la forma que tengo de expresar mis emociones y, a la vez, de
experimentar con ellas”. Es en esta declaración de principios artísticos
realizada en la presentación a los medios de la muestra donde aparece
el verdadero ánimo de una personalidad que a pesar de su permanente reciclaje
en lo pictórico y su ya redundante éxito social ha buscado en otros medios
de expresión los resortes que le permitieran completar
su ambicioso proyecto personal creativo. Director de dos películas de
éxito internacional en las que ha entregado mucho más que una mera exhibición
esteta –Basquiat se adentraba en el entresijo de la “obra de arte”
sostenida por Andy Warhol y Antes que anochezca lograba condensar
el extremo padecimiento de un escritor homosexual en el castrismo;
ciudadano de un país al que ama y recrimina al mismo tiempo y habitante
de una flotante sociedad de librepensadores que alumbran sin localismos
el escenario internacional, este artista de gran tamaño corporal y social
juega a recrearse a través y gracias a su relación con el entramado real
de la sociedad. En su espejo sí encuentra Schnabel la réplica completa
a su enérgica y sincera propuesta de fiesta visual.
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