En este artículo, el autor resalta la importancia de la planificación y la gestión educativas para el buen funcionamiento de las instituciones escolares, y analiza como la influencia de la organización y la dirección de centros se deja sentir en la configuración de la estructura comunitaria y en el desarrollo de la personalidad de sus miembros, al tiempo que reflexiona sobre el fomento de la participación en la escuela y sobre los beneficios formativos de la llamada “escuela inclusiva”.

Gestión escolar
y formación integral

Valentín Martínez-Otero
Profesor Universitario y Doctor en Psicología y en Pedagogía

EÑALEMOS  de entrada que la

gestión educativa de calidad permanece atenta a las condiciones que posibilitan la formación y facilita que los miembros de la comunidad asuman responsabilidades y alcancen su plenitud. En mi opinión, la planificación y la gestión educativas rectamente entendidas hallan su núcleo en la dignidad humana. Es preciso, por tanto, superar las estructuras escolares sustentadas en un poder rígido y vertical. El valor del hombre le sitúa por encima de todo lo demás y hace que el gobierno de los centros escolares sea, en rigor, labor subalterna, subordinada a la mejora personal. Así pues, de la función represiva que otrora predominaba en la gestión de algunas instituciones ha de transitarse definitivamente a una función liberadora. La consagración de este planteamiento supondrá un avance incalculable para la educación.
Procede consignar que la institución escolar en su conjunto está al servicio del educando. La comunidad educativa tiene sentido en la medida en que posibilita la optimización. La tensión clásica entre persona y ambiente se resuelve si se repara en que el proceso perfectivo únicamente acontece en comunidad. Aun cuando el dinamismo o centro de acción se encuentra en la persona, la estructura que la comunidad adopte condiciona el despliegue del sujeto. Al llegar aquí nos topamos con una cuestión que no debe pasar desapercibida: el impacto de la planificación y la gestión en la configuración de la comunidad y consiguientemente en el desarrollo de la personalidad. De la verdad que esta afirmación encierra se deriva el deseo de que el gobierno de los centros escolares brinde a los miembros de la comunidad educativa situaciones y ocasiones que les hagan avanzar por la senda personalizadora.

Racionalismo y ética

A la luz del humanismo pedagógico, la organización y la gestión en el seno de las instituciones escolares, en la medida en que condicionan el rumbo de sus miembros, deben partir del respeto a la persona. En lo que se refiere a esta cuestión, vengo insistiendo, en línea con los planteamientos modernos, en que la planificación y el gobierno de los centros educativos deben realizarse desde criterios racionales y éticos. Es preciso armonizar la normatividad y la libertad, so pena de hallarnos en centros desestabilizados abandonados a la arbitrariedad o al autoritarismo. Algunos de los factores de la política institucional que más influyen en las actitudes de los miembros de la comunidad educativa pueden distribuirse en tres frentes: el tipo de administración predominante, el comportamiento de las personas que ocupan cargos y el marco real para ejercitar la libertad y la participación.
Los tres aspectos referidos guardan estrecha correlación. Así, en un centro regido autoritaria y verticalmente los distintos puestos de responsabilidad son dóciles prolongaciones del poder que ejerce omnímodamente el director. En una organización de esta índole, por más que se genere la ilusión, no hay oportunidad verdadera para la participación de los miembros.
En otro extremo cabe situar la realidad cálida de un centro dirigido democráticamente, en el que se cultiva la participación y la asunción de responsabilidades. En una institución de este tipo se transita por el camino de la tolerancia y del servicio a los intereses de la comunidad educativa. Es una gestión apoyada en el diálogo que contribuye resueltamente al desarrollo de la convivencia.
En la concepción actual de la administración de centros escolares, el director no se superpone a la comunidad, sino que forma parte de ella, sin renunciar a sus funciones. El gobierno democrático de las instituciones educativas es imprescindible para que la comunidad disfrute tanto de una saludable convivencia entre sus miembros como de calidad formativa.

La estructura comunitaria

El estilo organizativo y gestor en un centro escolar favorece la emergencia y la consolidación de una determinada estructura comunitaria que condiciona el desenvolvimiento personal. Esta influencia, por supuesto, no es absoluta. La singularidad del sujeto marca la diferencia en la interacción con el ambiente. Resulta innegable, empero, que el clima social generado tiene nítida y capital incidencia en el comportamiento personal dentro de la comunidad educativa, hasta el punto de que sin cierta “atmósfera” el proceso formativo es imposible. En aras del desarrollo personal es preciso que la política de la institución asegure la participación y la libertad de sus miembros.
La estructura comunitaria, a semejanza de lo que acontece en la sociedad, está muy relacionada con los papeles o roles desempeñados. Por medio de la función realizada se establece la participación en la vida de la comunidad. Director, jefe de estudios, orientador, profesor, alumno, etc., constituyen papeles definidos con objetividad de los que cabe esperar determinadas conductas. Aunque se trata de formas de acción estereotipadas en el seno de la comunidad, siempre queda la posibilidad de imprimir un sello personal. Esta interpretación original del rol depende en parte de la flexibilidad de la estructura, pero también de la creatividad y de la vocación. Hay quien se limita a repetir rígidamente y según lo establecido el papel propuesto, es decir, asume el rol como lo haría cualquiera. Muy distinta es la actitud del que hace suyo ese papel, singularizándolo y viviéndolo. No se conforma con lo que le dan escrito, él mismo es autor, no sólo actor.
Esta posibilidad de reescribir los papeles que se reparten en el escenario institucional es esencial para comprender el crecimiento individual y corporativo. Cuando todo está prescrito hay mengua personal y comunitaria. La razón de ser de la comunidad educativa es fundamentalmente ayudar a la dilatación personal. En verdad se necesita regular la convivencia a través de funciones y normas, pero no tan coercitivas y coactivas que asfixien la libertad.
De lo dicho se desprende que la planificación y la gestión educativas no tienen sentido en función del control ejercido, sino en virtud de su capacidad para transformar positivamente la realidad. Este planteamiento eminentemente dinámico y optimizador se constituye en núcleo de la política institucional.

La conciencia histórica

En las instituciones escolares, al igual que en todas las realidades sociales, hay pretérito, presente y, en cierto modo, futuro. Si posamos la mirada en un determinado centro escolar se advierte con mayor o menor claridad la huella del pasado, siquiera sea cercano. Tal vez nos encontremos con el retrato de su fundador o quizá se descubra algún objeto que por capricho del tiempo alado haya caído en desuso. Junto a estas huellas del ayer se encuentran desafiantes los numerosos instrumentos vigentes que, en algunos casos, parecen anticipar lo que ha de venir. Esta sucesión temporal se manifiesta en la comunidad educativa en el plano físico, pero fundamentalmente y con clara reminiscencia orteguiana en los usos intelectuales, emocionales, éticos, estéticos, sociales y lúdicos. A este dinamismo o fluir institucional debe ser sensible la organización y el gobierno de los centros escolares. La conciencia histórica permite preservar lo valioso y abrirse al porvenir.
Cualquier cambio que se desee para la institución ha de partir del análisis de su narrativa, esto es, de su historia. Las experiencias de la comunidad condicionan su trayectoria, pero no la determinan. En el caso de que algunos acontecimientos pasados hayan sido negativos, lo deseable es aprender de ellos procurando que no se repitan. En este sentido, la metodología biográfico-narrativa puede ser muy apropiada para elaborar el proyecto institucional. El conocimiento del relato, individual y colectivo, ayuda a reescribir el rumbo del centro educativo.

La escuela inclusiva

Por otra parte, la organización y la gestión de la vida comunitaria han de garantizar e impulsar la participación de los miembros de la institución. En gran medida esto conduce a la integración de las personas. En un centro educativo todas las partes deben tener asegurada de un modo u otro su actuación responsable, según sus características, edad, etc. Precisamente en nuestros días asistimos a un relanzamiento del concepto de escuela inclusiva. La reflexión y la experiencia apoyan la conveniencia y aun la necesidad de impulsar la integración. Se sabe que las situaciones escolares de exclusión empujan a las personas hacia el fracaso personal, académico, profesional y social. La marginación y el rechazo incrementan la desorganización del sujeto y le despojan de sus recursos defensivos. La estrategia de utilizar las diferencias (físicas, intelectuales, culturales, etc.) como pretexto para la segregación constituye una aberración pedagógica de consecuencias muy negativas. Cuando un centro escolar practica sistemáticamente la exclusión, a veces desde una plataforma encubierta de legitimidad, está incurriendo en grave injusticia. En esta cuestión conviene ser extremadamente cautelosos y coherentes, no sea que se incurra en hipocresía. La tentación de defender la integración desde la incongruencia es hoy una lamentable realidad en algunas instituciones. Este tipo de discurso inauténtico enturbia en grado mayúsculo la pretensión de fortalecer la inclusión y la convivencia.
La eliminación de barreras ayuda a robustecer la comunidad educativa. La inclusión pasa por fomentar el encuentro y el diálogo. Otras vías que resultan especialmente útiles para protegerse de la inclinación a la exclusión son las siguientes: la extensión de la equidad; el desarrollo de un sistema de planificación y gestión puesto al servicio de las personas que constituyen la comunidad; el impulso de un estilo docente participativo.
En la labor de promover la inclusión adquiere un valor fundamental la comunidad educativa. El refuerzo del tejido social en las instituciones escolares se extiende a todo tipo de relaciones. Algunas tareas tradicionalmente circunscritas a algún grupo pueden estimular la cooperación entre todos los miembros de la escuela. Estas actividades, en lugar de bloquear el camino de la participación, pueden impulsar la inclusión y la colaboración. Así, los alumnos pueden ayudar a otros compañeros y también a los profesores en aspectos concernientes al proceso de enseñanza-aprendizaje. La interacción de los centros y las familias, la creación de grupos de ayuda entre educadores y entre instituciones, así como la costumbre de los directivos de involucrar a los demás sectores comunitarios en los asuntos de organización y gobierno constituyen igualmente rutas apropiadas para que la inclusión y la formación de calidad estén cada día más cerca.

 

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