Miedo a las nuevas tecnologías

Se puede temer a las tecnologías? Por supuesto, igual que se puede tener miedo a las arañas o a pasear en la madrugada. Todos los miedos son reales aunque se les reste importancia calificándolos de subjetivos. Pero objetivamente no hay nada más real y contundente que una emoción y no hay emoción más real y contundente que el miedo. Ante las nuevas tecnologías también se puede sentir miedo en alguna de sus variedades. Desde una ligera inquietud hasta una imposibilidad de estar cerca de una máquina, pasando por el recelo a que no la controlemos.
El miedo a las tecnologías no es nuevo. Cada vez que han aparecido en escena lo han hecho con un miedo a medida, porque una máquina es la materialización de un cambio, y ante cualquier cambio se siente, como mínimo, inquietud. A lo largo de la Historia, la tecnología ha sido una de las producciones culturales presentes en los cambios sociales. Lo fue la escritura, la máquina de vapor, la televisión y lo es el ordenador en red.
Sin embargo, los estudiosos de la ciencia no tienen tan claro que la tecnología sea el motor del cambio social y que lo único que nos queda por hacer a las personas es dejarnos arrastrar por la corriente que ésta marca. En realidad, las máquinas no cambian a la sociedad, porque cuando éstas entran en nuestras vidas, es que la sociedad ya ha cambiado.
El miedo que deberíamos tener no es a las nuevas tecnologías, sino a la sociedad que las produce. No es momento de plantear qué podemos hacer para evitar que los ordenadores entren en nuestra vida, sino para preguntarnos por qué y cómo llegaron, qué reflejan de nuestro modo de vida y qué vamos a hacer con ellos.
Las nuevas tecnologías son un magnífico transmisor de lo malo y lo bueno, y es esto último lo que hay que recalcar. Si se habla de tecnologías y de adicciones al mismo tiempo, es porque éstas son una de las formas modernas que tenemos de relacionarnos con los objetos. Para algunos psicólogos, hablar de adicción a Internet es tan absurdo como hablar de adicción a los zapatos, en tanto que ambos objetos son de uso cotidiano indispensable. Para otros, se trata en cambio de un nuevo síndrome, no muy diferente de cualquier otra adicción psicológica.
Es difícil saber cómo se puede ser adicto a algo de lo cual aún no se sabe cómo es su uso normal. Si en tiempos de la imprenta hubiera estado tan de moda hablar de adicciones como hoy, seguramente que se hubiera hablado de adicción a los libros en el caso de cualquier persona que leyera más de tres horas al día. En cambio, hoy se habla poco de adicción a las viejas tecnologías y mucho de la que los niños o jóvenes tienen a Internet o a los videojuegos, aunque les dediquen menos horas que a la televisión.
Curiosamente, la difusión de modelos de comportamiento violento sólo se plantea como catastrófica en los videojuegos y se tolera más en el cine o el deporte. Pasa algo parecido con la pornografía; solamente es peligrosa en Internet, pero no en el quiosco o la televisión. Parece como si la novedad conllevara más peligros y, sin embargo, para los niños y los jóvenes, el ordenador es una presencia natural.
Los adultos proyectan sus temores a los cambios en lo que creen que es la parte más vulnerable de la sociedad: la infancia. Por ello, cuando de nuevas tecnologías y de jóvenes se trata, las palabras que se oyen más son peligro y adicción. No se dan cuenta de que, ahora, la parte más vulnerable de la sociedad no son los más jóvenes, sino los que no saben nada de las nuevas tecnologías, aún más, los que no quieren saber nada de ellas.
Perder el miedo a las tecnologías es la lección que podemos aprender de los más jóvenes, que han logrado usarlas para relacionarse. Relacionarse y sociabilizar más rápido y con más personas. Todo ello de una manera natural, porque, al fin y al cabo, ¿cómo van a tener miedo de algo que sus padres o sus maestros han puesto a su alcance y que les permite relacionarse permanentemente con sus amigos? Sería como tenerle miedo al teléfono.
Si los adolescentes no tienen miedo al ordenador es porque esta tecnología es, ante todo, de relación. Les permite estar con sus amigos, hablarles y también conocer a otros. Al fin y al cabo, un cibercafè no es muy diferente de lo que antaño era una plaza pública.

Adriana Gil y Joel Feliú
EL MUNDO. 4 de mayo de 2004

 
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