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canzadas
en países europeos décadas antes y en los que se comenzó a dibujar una
sociedad industrial y de infraestructuras que caminaría segura al definitivo
cambio que el término de siglo implicaría. Treinta y cinco años que son
ahora de nuevo mirados bajo el complejo marco que simboliza el quehacer
menospreciado y la personalidad complicada de esta Reina que ya a los
tres años provoca la primera situación de conflicto institucional –es
nombrada heredera del trono pese a que existía un varón en la familia-,
que vivirá el abandono emocional de su propia madre y tutora política,
que es casada contra su voluntad con su primo Francisco de Asís de Borbón
y que vivió a merced de las intrigas y manejos de políticos que veían
en ella el gigante de pies de barro afín a cualquier fuerza bien empleada:
Isabel II, Reina de España, mujer sin estructuras férreas de carácter,
de ideologías o emocionales, pero adscrita a uno de los periodos más importantes
de nuestra historia.
Nueva
mirada
Es
esta mujer polémica y compleja que reinó en el periodo que va de 1833
a 1868, y que dejó sin rumbo cierto el inmenso proceso de modernizar el
país heredado, el nuevo significante que historiadores y estudiosos intentan
vislumbrar desde los aspectos múltiples que se conocen de la realidad
política, social, cultural y económica de su sociedad y de su época. Sus
aciertos, escasos a juzgar por el constante perfil que de su reinado ha
realizado la historiografía; sus estruendosos desaciertos, de valida de
otros gobernantes silenciosos; sus rasgos biográficos y –especialmente-
el espacio social en el que nació y vivió están siendo estrictamente estudiados
al cumplirse cien años de la fecha de su fallecimiento: nuevas biografías,
ensayos, documentales, seminarios, mesas redondas, conferencias y exposiciones,
como la que estos días mantiene abierta el Museo Arqueológico Nacional
en Madrid -organizada por el Patrimonio Nacional y la Sociedad Estatal
de Conmemoraciones Culturales- que bajo el título Liberalismo y Romanticismo
en tiempos de Isabel II pasa revista a todas las claves de este periodo
extraordinario de nuestra historia a través de más de doscientas piezas
entre cuadros, esculturas, grabados, fotografías, libros y objetos –prestadas
para la ocasión por medio centenar de instituciones nacionales y extranjeras-
y entre las que se encuentran obras de Federico de Madrazo, Vicente López,
Antonio María Esquivel, Jenaro Pérez Villamil, Eugenio Lucas Velázquez
y Franz Xaver Winterhalter, entre otros.
Avances
y rémoras
Un
recorrido con doble vertiente –el más directamente relacionado con la
reina y el que atañe casi exclusivamente a su sociedad- es el que ha elegido
Carlos Dardé, comisario de la exposición, para reflexionar acerca de los
grandes apartados que este periodo contiene: La Europa Liberal y de las
nacionalidades; La implantación del régimen liberal en España, 1833-1868;
La reina y su entorno; Los “adelantos realizados”; El romanticismo literario;
El renacimiento de las culturas catalana, gallega y vasca; La recreación
del pasado; España vista por los extranjeros. La imagen romántica de España
y, por último, España vista por los españoles. Una sociedad en transición.
Nueve grandes secciones en las que se encuentran objetos personales de
Isabel II como el sillón de trono infantil, su botiquín homeopático, adornos
de mesa, cristalerías, retratos al pastel de sus cinco hijos...además
de numerosos testimonios de sus viajes por España; documentos de la situación
política e institucional como Constituciones y leyes, panfletos, manifiestos
revolucionarios, las espadas de los generales Narváez, Espartero, O´Donell
y Prim, medallas y objetos conmemorativos; huellas de cómo España avanzó
en su modernización con la mejora de las comunicaciones e infraestructuras,
las nuevas unidades de pesos y medidas, la inauguración del ferrocarril...;
pruebas del extraordinario quehacer literario que se produjo al calor
de los nuevos preceptos liberales que también provocó el renacer cultural
de Cataluña, Galicia y el País Vasco; imágenes de cómo el mito y la leyenda
afloran en una concepción europea de “lo español”; y, como cierre, los
testimonios de cómo veían los propios españoles el singular proceso de
avance social de una sociedad aún pre-industrial, mayoritariamente rural
y profundamente religiosa.
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