En este artículo se parte de la base de que la educación familiar y escolar puede realizar una labor fundamental para aliviar el sufrimiento infantil generado como consecuencia del 11-M. Se describen, por lo mismo, algunas pautas psicopedagógicas dirigidas a padres y a maestros para que, desde un marco de racionalidad y afecto, ayuden a los niños. Se hace especial hincapié en las estrategias que permiten neutralizar el impacto negativo de las imágenes televisivas de los brutales atentados.

Propuestas educativas
tras el 11-M

Valentín Martínez-Otero
Doctor en Psicología y en Pedagogía y profesor universitario

EFIERE  la  mitología que  Hidra

era una singular serpiente cuyas cabezas renacían apenas eran cortadas y a la que mató Hércules. El 11-M asistimos con horror, por conspiración extremadamente maléfica, al resurgimiento del ofidio pluricéfalo vestido de metal. Aunque el monstruo mudó la piel, volvió a extender el terror. En sucesión sanguinaria y espantosa retorció convulsamente sus cuellos hasta trocar la vida engullida en muerte vomitada... Se necesita de nuevo un trabajo titánico, un esfuerzo hercúleo de toda la sociedad para acabar definitivamente con el reptil.
Tras las líneas anteriores ofrecidas en clave metafórica ha de recordarse que dentro de la dilatada galería de víctimas del terrorismo quedan incluidos los niños. Una de las trágicas lecciones que hemos aprendido es que al terrorismo no escapa ningún grupo de edad: todos somos victimables. Produce una honda indignación y conmoción comprobar que ni siquiera los más inocentes se libran del zarpazo de la criminalidad organizada.
Pese a la dificultad que comporta, también entre los menores cabe diferenciar dos tipos de víctimas. Por un lado, nos topamos con las víctimas directas o primarias, esto es, los heridos o los que han presenciado un atentado con grave riesgo para su vida. Por otro, hallamos el sector más numeroso de las víctimas indirectas o secundarias, en el que se incluyen, entre otros, los afectados por las informaciones, sobre todo televisivas. Sin dejar de expresar nuestro más sentido deseo de que todas las víctimas directas estén recibiendo la mejor atención humana y profesional posible, en este artículo nos vamos a centrar en el impacto generalizado del 11-M y particularmente en la influencia que las imágenes televisivas de los brutales atentados han tenido en gran parte de la población infantil.
Vaya por delante que las imágenes violentas de televisión que más afectan a los niños son las que resultan creíbles, es decir, aquellas que los menores interpretan como reales. Pues bien, en la medida en que las escenas de lo acontecido el 11-M se han presentado en programas de noticias (telediarios y otros informativos) dirigidos a los adultos, adquieren mayor grado de verosimilitud, que se confirma por la alarma generada en los mayores, lo que influye en niños y adolescentes con más intensidad y se puede traducir, según los casos, en inseguridad, miedo, sentimientos de culpa, irritabilidad y, a veces, en “indiferencia”.
Las reacciones psicológicas no se distribuyen de manera homogénea, pues son muchos los factores que se dan cita, por ejemplo, la propia personalidad del menor o el soporte familiar. Las repercusiones no sólo varían interindividualmente, sino que pueden evolucionar de modo distinto en un mismo niño, según las explicaciones y el apoyo que se le proporcionen, etc. Los efectos que se produzcan dependen también mucho de la edad. Los niños muy pequeños pueden tener ansiedad, así como pesadillas o terrores nocturnos. En los escolares de los primeros cursos es posible observar dificultades de concentración, disminución del rendimiento, aislamiento e irritabilidad. En los adolescentes, por su parte, no es extraño que junto a la inseguridad, desconcierto e indignación se muestre alguna conducta agresiva. Resulta indudable, en cualquier caso, que la reiterada exposición durante la etapa infantojuvenil a las imágenes de la tragedia favorece la aparición de miedo de intensidad variable, relativo a la propia vida o a la de los seres queridos, mayor preocupación por la muerte, así como trastornos del sueño.
La “porosidad” de la infancia hace que los pequeños sufridores absorban cuanto les rodea. En ocasiones este calado acontece de modo inconsciente. Los niños, por temprana que sea su edad, son permeables al tono y al estado de ánimo de los que hablan y de las personas que les rodean. Por tanto, las reacciones de sus padres y otros familiares a las noticias de los atentados pueden influirles considerablemente.
Los informativos actuales tienen como destinatarios a los adultos, por lo que no deben ser “productos de consumo” habitual para los niños. Si el programa televisivo está cargado de violencia no es aconsejable la exposición sistemática al mismo de los niños. A partir de los tres años aproximadamente los niños están en condiciones de comprender explicaciones muy sencillas. Esto ha de tenerse en cuenta, porque los comentarios y valoraciones de padres y maestros sobre las escenas violentas reducen mucho su impacto negativo. Con todo, procede insistir en que no es aconsejable durante la infancia la contemplación habitual de la violencia televisada, tampoco la relativa a las brutales acciones destructoras del funesto 11-M.

Reacciones más frecuentes ante las imágenes de violencia

Varias son las reacciones que las imágenes e informaciones generan según las características de los niños (edad, género, personalidad, clima familiar, etc.) y la cantidad de imágenes percibidas. En general, en el caso de la violencia y los desastres televisados los efectos son principalmente tres: 1) el aprendizaje de la violencia, 2) la desensibilización ante las catástrofes y la violencia porque se produce una habituación, y 3) el temor a sufrir daños. Ciertamente, si pensamos en niños y adolescentes se comprueba que la repetida exposición a imágenes violentas favorece la utilización de conductas agresivas como vía para resolver problemas según las acciones que se observan en los modelos audiovisuales. Asimismo, la percepción constante de violencia o de desastres provocados por el hombre, generalmente desde un lugar cómodo y seguro, acaba por aceptarse como algo natural, lo que reduce la sensibilidad individual a este tipo de hechos. Por otro lado, se sabe que la reiterada contemplación de la violencia y hechos trágicos en televisión puede producir en los menores miedo a daños difusos e indefinidos. A medida que aumenta la cantidad de imágenes contempladas, estos tres efectos (agresividad, desensibilización y temor) se incrementan.
A los tres efectos anteriores, generados tanto por las imágenes de violencia y de desastres reales como simulados (películas, etc.), hay que añadir que la elaboración del discurso televisivo es tal que cada vez más menores tienen seria dificultad para diferenciar la realidad de la ficción, lo que se traduce en ausencia de referencias sólidas y consiguientemente en aumento de la confusión y la desorientación.

El papel de los adultos ante la exposición de los niños
a la violencia televisiva

Es bien conocido que los perjuicios derivados de la contemplación en la pequeña pantalla de violencia real o simulada decrecen significativamente si el niño está acompañado de algún adulto que comenta y valora las escenas. Así pues, en el caso concreto de las imágenes de los atentados, no es aconsejable que los menores las contemplen en soledad ni tampoco en exceso. Los padres y profesores deben comentar los trágicos hechos y reprobarlos, por supuesto en un lenguaje apropiado a la edad y desarrollo del niño. Si no se dan explicaciones apropiadas, los menores quedarán expuestos a otras informaciones, acaso distorsionadas y nocivas, procedentes de otros escolares o de desconocidos. Cuando los familiares y educadores comentan estos episodios de violencia se reduce su impacto negativo, siempre que se proporcione al niño la seguridad y el afecto que se han visto amenazados. La imagen paradisíaca que pudieran tener los niños se rompe por los propios atentados, y la conversación de los mayores ha de orientarse a proporcionar racionalidad y calor, evitando el alarmismo o la inoculación del odio. Los atentados pueden perturbar la seguridad y el orden ambiental del niño en grado elevado, lo que a veces produce amargura, distanciamiento de los mayores, retraimiento en las relaciones interpersonales, reproches indiscriminados, etc. Deben compensarse estas reacciones con medidas de apaciguamiento y con reflexiones cargadas de sensatez en las que se destaque lo positivo del ser humano, por ejemplo, la solidaridad y la bondad de la mayor parte de las personas, no sea que la pérdida de confianza en los demás, incluso en los allegados, se torne permanente.
Para mitigar el sufrimiento infantil, es muy positivo animar a los niños a manifestar lo que piensan y sienten. La realización de dibujos, murales, redacciones y juegos, así como la formulación de preguntas facilitan la expresión. Con estas actividades se estimula la comunicación con compañeros, hermanos, amigos, padres y profesores, al tiempo que se libera tensión y miedo. Además de desahogo, estas tareas promueven la organización mental, disminuyen el impacto emocional negativo asociado a las imágenes televisivas y a los atentados y estimulan el ajuste de la personalidad. Constituyen, por otra parte, vías muy apropiadas para que los especialistas exploren y traten a niños particularmente afectados.
Los padres y profesores deben proceder con tacto y exhibir tranquilidad y paciencia mientras escuchan a los niños. Su tarea principal, presidida por la actitud empática y la relación cordial, debe encaminarse a disipar temores y a transmitir seguridad a través de conversaciones realistas que los niños puedan comprender. Es totalmente necesario que los niños se sientan queridos y protegidos, so pena de que se dispare su sufrimiento. Como queda anotado, las estrategias y actividades psicopedagógicas durante la infancia y la adolescencia deben atender combinadamente los aspectos individuales, familiares y escolares/ambientales, de manera que el niño pueda desarrollarse en un marco de afecto, seguridad e integración social. Pese a las diferencias entre familia y escuela, viene muy bien estrechar la colaboración entre las dos instituciones. Los padres han de tener la oportunidad de participar en la vida académica y de intercambiar impresiones, preocupaciones y experiencias.
La observación por parte de los profesionales siempre es aconsejable si el niño ha contemplado un atentado o si el impacto en él ha sido muy negativo. Se hace imprescindible el asesoramiento especializado si se observan en el menor comportamientos “extraños”: aislamiento, cambios de humor, lamentaciones, etc., que tienden a hacerse duraderos; malestar intenso y persistente; disminución clara del rendimiento escolar, trastornos del sueño, etc. Puede haber, por tanto, alguna señal de alarma que identifica el mismo niño, los familiares o profesores y que informa de que algo no marcha como debiera, ya sea en el plano cognitivo, emocional, relacional o fisiológico.
La labor realizada por padres y profesores para aliviar el sufrimiento infantil se torna fundamental, pero hay que ser muy cuidadosos con los niños más afectados por los actos criminales. En estos casos la prudencia impone la valoración de los especialistas. Agreguemos para finalizar un mensaje realista de esperanza, pues aunque las experiencias directas o indirectas de terror vividas durante la infancia pueden dejar una huella profunda en la personalidad, no es menos cierto que los niños tienen gran capacidad de adaptación y superación, sobre todo si se les brinda una mano amiga.

 

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