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Madrid.
JULIA
FERNANDEZ
La habilidad
a la hora de componer, su dominio de la luz, la expresividad del color,
su firmeza en el dibujo y una casi obsesiva precisión en los detalles
son algunas de las apreciaciones artísticas que a lo largo de la historia
han rodeado siempre la obra de Luis Meléndez, un pintor formado sin el
beneplácito de los mecenas e instituciones de su época; un marginal en
el espacio social del arte que escogió como tema de su inspiración el
modesto, cotidiano y sabido conjunto que los alimentos, la cocina, los
cacharros y su interrelación for-
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diariamente ante la mirada de cada uno de los seres humanos. Una extraordinaria
apreciación que se alargaría más de un siglo después en la mirada que
Cézanne supo expresar en sus bodegones y que Morandi ha hecho contemporánea
en sus naturalezas muertas.
La muestra que estos días ofrece el Museo del Prado bajo el título “Luis Meléndez
(1716-1780). Bodegones” es la presentación en la España del siglo XXI
del hacer de un pintor singular, hijo de un miniaturista español afincado
en Nápoles, criado en Madrid al año de su nacimiento, expulsado de la
Junta Preparatoria de la Real Academia de Bellas Artes por problemas de
entendimiento con la dirección, que trabajó con su padre en miniaturas
para joyas y en trabajos para la Real Capilla, que fue discípulo de Louis-Michel
van Loo y que consiguió ser contratado por el entonces Príncipe de Asturias
y futuro Carlos IV para la realización de una serie de bodegones: algunos
datos y muchas lagunas de un periplo vital y profesional acabado a los
64 años en la más absoluta indigencia.
“Gabinete de comestibles”
El conjunto que ahora nos muestra el Museo del Prado en su propuesta organizada
por el Jefe del Departamento de Pintura del siglo XVIII del Prado, Juan
J. Luna, y por uno de los mayores especialistas internacionales del género
del bodegón, el profesor del Trinity Collage de Dublín, Peter Cherry,
es el mayor reconocimiento otorgado a la obra del pintor, tras la muestra
realizada en 1982 y que estuvo centrada en los 44 bodegones de la serie
realizada para el Príncipe de Asturias.
En esta
ocasión, no sólo el importante fondo con que cuenta el Museo del Prado
sino 26 pinturas de colecciones europeas y norteamericanas que en su mayoría
nunca habían sido expuestas en España, conforman el más completo recorrido
que se ha realizado en nuestro país por la forma de mirar, crear y comunicar
de este pintor que él mismo calificaba distanciándose irónicamente de
su obra como “un divertido gabinete con toda especie de comestibles que
el clima español produce”. Distanciamiento pudoroso del que retrató cálida
y respetuosamente el más cotidiano de los actos sociales humanos sin intentar
trascenderlos místicamente como hicieran Zurbarán o Sánchez Cotán o realizar
forzadas o teatrales escenografías que reivindicaran estatus simbólicos
ajenos a lo que sólo era una mera escena doméstica. Luis Meléndez realiza
su particular viaje artístico paseando su mirada por la despensa y la
cocina a la manera de que Vermeer lo hizo en su propia casa: sin estridencias,
con la sabiduría del que comprende el extraño y atmosférico mundo que
rodea hasta la más nimia de las actividades humanas. El relato que termina
produciendo en cada una de sus obras es el dulce testimonio del hogar
de una sociedad asomada en cada escena.
Una sinfonía completa
Su Bodegón con besugos y naranjas; Bodegón con pepinos, tomates
y recipientes; Bodegón con ciruelas, brevas y pan; Bodegón
con un trozo de salmón, un limón y tres vasijas; Frutero con peros,
granados y uvas; Bodegón con servicio de chocolate; Bodegón
con perdices, cebollas, jarra y artículos de cocina....esta
auténtica sinfonía que tiene en el gusto y el tacto sus alicientes y que
traduce en arte las preferencias, hábitos y costumbres del quehacer de
una familia española de una estadía social media cuenta con sorpresas
en su recorrido como la de exponer por vez primera el Bodegón con naranjas,
nueces, caja de dulces y jarra -de la National Gallery de Londres-
junto a su pareja el Bodegón con peras, enfriador de vino, botella
y cesta, procedente de una colección privada; o la de incluir la última
obra de Meléndez que ha ingresado en un museo, Bodegón con higos y
pan, recientemente adquirida por la National Gallery de Washington
y nunca antes expuesta en España. Junto a ellos, cerrando filas con la
absoluta sensación de realidad que desprenden los lienzos, se muestran
una serie de objetos habituales en las cocinas tradicionales de aquel
tiempo y algo posteriores, similares a los que el maestros reflejó en
sus cuarenta lienzos agrupados estos días en las salas temporales del
Museo del Prado. “La magia de este pintor consiste en transformar en arte
experiencias que se realizan en la cocina” afirmaba en la presentación
a sociedad de esta muestra el comisario Peter Cherry. Y cerraba: “Su técnica
era inimitable, además de perfecta”.
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