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se proponen en manuales
de Ortografía -y, asimismo, en libros de texto propios del área/materia
de Lengua Castellana y Literatura, tanto de Educación Primaria como de
Educación Secundaria Obligatoria y postobligatoria-, en lugar de tender
a la prevención de errores, son de tipo correctivo. Pero estas actividades,
tan del gusto de la pedagogía tradicional más exasperante, han conducido,
en el ámbito del aprendizaje léxico-ortográfico -y según nuestro parecer-,
a lamentables resultados; unos resultados que, sin duda, han obstaculizado
el normal progreso de los escolares, y que están exigiendo unos replanteamientos
metodológicos que rehuyan, precisamente, las actividades de tipo correctivo,
en buena medida responsables del elevado índice de errores ortográficos
que salpican sus escritos, así como de la falta de propiedad y precisión
que exhiben en el léxico que emplean.
Porque
se ha comprobado experimentalmente que es más eficaz una enseñanza que
se propone la prevención de errores que aquella otra que parte de la corrección
de los ya cometidos. Es, en efecto, de mayor utilidad prevenir el error
ortográfico que enmendarlo; ya que la primera imagen de un vocablo se
graba con gran tenacidad en el cerebro, y si la huella que deja es incorrecta,
resultará muy difícil de borrar, evocándose una y otra vez su defectuosa
ortografía. Hay que partir del previo conocimiento de los vocablos por
los alumnos, con objeto de no enfrentarlos con aquellos cuya imagen sensorial
-visual, auditiva y motora- no esté correctamente fijada en su mente;
y, de esta forma, evitada la presencia de falsas imágenes de los vocablos,
se favorecerá el desarrollo de una escritura ortográficamente correcta.
Principios
metodológicos
Ofrecemos,
a continuación, una serie de propuestas metodológicas para lograr que
el proceso de enseñanza-aprendizaje en el ámbito léxico-ortográfico resulte
no ya menos árido, sino más eficaz, con vistas a mejorar las capacidades
comunicativas de los alumnos en su vertiente expresiva.
-La corrección
prosódica. Los vocablos deben pronunciarse con dicción clara, limpia y
correcta. Resulta del todo ridículo -y contrario al rigor ortológico que
debe presidir la forma de hablar- pronunciar incorrectamente determinados
vocablos, con la absurda esperanza de obtener, por esta vía, una pronta
mejora en la corrección ortográfica. Tal es el caso de quienes pronuncian
la letra v como si fuera una consonante labiodental -para diferenciar,
por ejemplo, los homófonos baca y vaca; cuando la letra v se pronuncia
siempre bilabial, al igual que la letra b-. O de los que articulan engoladamente
como /ks/ la letra x si va seguida de consonante -como, por ejemplo, en
la palabra extranjero, pues así se evitaría, presumiblemente, la confusión
ortográfica de la x con la s; ya que, en este caso, la x suena como s:
compárense las palabras extranjero y espléndido y se comprobará que, correctamente
pronunciadas, la x de aquélla y la s de ésta tienen el mismo sonido-.
O de los que asignan a la h un valor fónico del que carece, para sugerir,
así, su presencia, particularmente cuando está intercalada -convirtiendo,
por ejemplo, la d fricativa de la palabra adhesión en oclusiva, al afectuar
la siguiente división silábica, por lo demás inexistente en español: /ad-he-sión/-.
Todos estos peregrinos recursos y otros muchos similares que atentan contra
las más elementales normas de la prosodia dificultan gravemente el progreso
ortográfico.
-La usualidad
como criterio para la selección del léxico. Las palabras han de seleccionarse
no tanto por su nivel de dificultad, cuanto por su uso frecuente en el
habla coloquial y la cercanía al entorno vital de los usuarios de las
mismas. Es, por tanto, necesario prescindir de esos listados de vocablos
que no poseen ningun significación para los escolares -en razón del nivel
educativo en que están inmersos-, y cuya dificultad semántica y ortográfica
supera su capacidad de
aprendizaje; vocablos, por otra parte, que casi no se usan -o que pertenecen
al registro culto de la lengua-, pero cuyo aprendizaje se cree imprecindible
por el simple hecho de erigirse en el ámbito de aplicación de determinadas
reglas ortográficas
o de constituir, precisamente, las excepciones a las mismas. Y, así, por
ejemplo, entre los verbos cuyo infinitivo termina en -ger o en -gir (2),
recogemos los siguientes:
Terminados
en -ger: asperger (= asperjar), converger, desprotejer, emerger, prorteger;
y coger y sus compuestos: acoger(se), descoger, desencoger, encoger(se),
entrecoger, escoger, recoger y sobrecoger(se).
Terminados
en -gir: afligir(se), astringir, atingir (= atañer), codirigir, colegir,
compungir(se), constringir (= constreñir), convergir, corregir, dirigir,
divergir, elegir, erigir(se), exigir, fingir, frangir, fulgir, fungir,
infligir, infringir, insurgir, mugir, recolegir, reelegir, refringir,
refulgir, regir, restringir, resurgir, rugir, sumergir, surgir, teledirigir,
tangir, transigir, ungir y urgir.
Tal y como
puede comprobarse, la nómina de los verbos cuyo infinitivo termina en
-gir es algo más extensa que la de los terminados en -ger; pero muchos
de tales verbos tienen escaso empleo, y algunos presentan incompleta su
conjugación y no se usan en todos los modos, tiempos o personas, al tratarse
de verbos defectivos; y, por ello, su aprendizaje escolar resulta harto
discutible, por más que su escritura caiga bajo el ámbito de aplicación
de la correspondiente regla ortográfica, entre cuyas excepciones se encuentran
los verbos mejer y su compuesto remejer, tejer y sus compuestos destejer,
entretejer y retejer, así como brujir -o grujir-, y crujir y su compuesto
recrujir.
Frecuencia
de uso
Por
lo tanto, creemos que es el docente quien debe seleccionar, para el aprendizaje
léxico-ortográfico, los vocablos en función de su índice de frecuencia
en el uso coloquial y de su sencillez de pronunciación; con lo cual se
evita la enseñanza de vocablos que carecen de significación para los escolares
y, también, que estos puedan incurrir -insistimos una vez más- en la pronunciación
incorrecta de los mismos; factores ambos que entorpecen su progreso ortográfico.
Y no hace falta
remontarse a las clásicas obras de Víctor García Hoz, publicadas por el
CSIC (3), para encontrar aquellos vocablos cuyo conocimiento resulta indispensable
para que los escolares de los distintos niveles educativos alcancen lo
que, en términos chomskyanos, podríamos llamar una competencia lingüística
aceptable. Basta con recurrir a una obra que seguimos considerando fundamental,
y en la que el paso del tiempo no merma su valor pedagógico: Vocabulario
Básico en la EGB. Madrid, coedición Ministerio de Educación y Ciencia/editorial
Espasa-Calpe, 1989. 2 volúmenes. (4)
-Presentación
del significante completo. Las palabras han de presentarse completas,
para favorecer una correcta fijación de su imagen visual y cinestésica.
Habrá que evitar, pues, que los escolares entren en contacto con palabras
en las que determinados fonemas (en particular los de representación gráfica
múltiple: /b/ -grafías b/v, /x/ -grafías j/g, etc.) han sido sustituidos
por rayas o por varios puntos, con objeto de que sean reemplazados por
la letra que en cada caso convenga. Esta actividad, bautizada con el nombre
de fuga de letras, potencia, en alguna medida, el error ortográfico (y,
en ocasiones, incluso el disparate semántico; porque, por ejemplo, no
tenemos del todo claro la letra con la que debe repesentarse el fonema
/b/ en una frase tan poco afortunada como la siguiente: 'Algunos reyes
de España tuvieron famosos ...alidos'). Si lo que se pretende es atraer
la atención sobre letras que, por su carácter homófono, pudieran provocar
errores ortográficos, parece más aconsejable imprimir éstas con caracteres
que destaquen sobre las restantes, lo que sin duda no sólo facilitará
la grabación cerebral de su imagen visual, sino que prevendrá la aparición
de errores ortográficos. Es, por tanto, preferible proporcionar al escolar
la palabra correctamente escrita -provista, en su caso, de tilde-, para
que con ella realice las actividades que se le propongan, hasta lograr
su completa fijación visomotora, antes que recurrir a una fuga de letras
que entorpece gravemente dicha fijación visomotora. (Por otra parte, y
volviendo al ejemplo anteriormente citado, nos parece más acertado presentar
las palabras homófonas balido/valido para que los escolares, adquiridos
sus respectivos significados, las incluyan en contextos apropiados;
y, de esta manera, no se confundirá la 'voz del carnero -y del cordero,
y de la oveja, y de la cabra, y del gamo, y del ciervo' <balido>
con el 'hombre que, por tener la confianza de un alto personaje, ejercía
el poder de este' <valido>. La fuga de letras alcanza incluso a
palabras del tipo hacia/Asia, veces/beses -palabras que un hablante que
sesee convierte en homófonas-; o del tipo pollo/poyo, ralla/raya -homófonas
para un hablante yeísta-; y, ¡cómo no!, a palabras en las que la presencia
o ausencia de la h origina confusiones ortográficas -tal y como ocurre
con ¡ay!/hay/ahí, a/ha/¡ah!, etc.-. Sin duda, con actividades de este
tipo no es de extrañar que el número de errores ortográficos que los escolares
cometen se vea altamente incrementado.
-Presentación de textos correctamente escritos. Los
textos que manejen los escolares estarán correctamente escritos -y se
presentarán, además, con la puntuación adecuada-; y, por lo tanto, las
palabras se reproducirán con las grafías con las que se representan los
correspondientes sonidos y, en su caso, con la tilde que las identifica
(ya que, por ejemplo, los significados de las palabras válido/valido/validó
son, evidentemente, distintos; como también lo son los de las palabras
sabia/savía). Es, por tanto, conveniente evitar la presentación a los
escolares de textos erróneamente escritos para que sean ellos mismos quienes
introduzcan las correcciones necesarias; porque con esta forma de proceder
se corre el riesgo de fijar en su mente imágenes falsas de los vocablos,
lo que, sin duda retrasará la correcta adquisición de los mismos. En cualquier
caso, la corrección de errores provocados arbitrariamente puede conducir
a los alumnos -en particular a aquellos que tienen dispersa la atención
y no han desarrollado una conciencia ortográfica- a cometer unos errores
ortográficos en los que tal vez no habrían incurrido con un sistema de
enseñanza-aprendizaje que tendiera a la prevención de errores y cuya máxima
pedagógica podría ser ésta: escribir sin faltas todo lo que se escriba.
Por
tales razones, no consideramos adecuado, como método de corrección ortográfica,
recurrir al intercambio de cuadernos por parte de los escolares, de manera
que, en lugar de corregir cada uno los propios errores ortográficos cometidos,
se limite a corregir los deslizados por el compañero de turno; ya que
esta forma de corrección sitúa a los escolares ante vocablos erróneamente
escritos.
Notas
(1)
Valdría la pena recordar aquí la anécdota que narra Dámaso Alonso, referida
a un maestro andaluz, el cual, a la hora de corregir los dictados, gritaba:
'Niño: sordao, barcón, arcarde y mardita zea tu arma ze escriben con l'.
¡Cuanta falta les sigue haciendo a algunos consultar de vez en cuando
el Manual de pronunciación española que, hace ya demasiados años, publicó,
en el CSIC, Tomás Navarro Tomás!
(2)
En la Ortografía de la Lengua Española, de la RAE -2.3.1.1)- se dice:
'Se escriben con g los verbos terminados en -igerar, -ger y -gir (morigerar,
proteger, fingir) y las correspondientes formas de su conjugación, excepto
en el caso de los sonidos ja, jo, que nunca pueden representarse con g:
protege, fingía, pero protejo, finjo. Existen algunas excepciones, como
tejer y crujir y sus derivados.' (Madrid, Espasa-Calpe, 2000; p. 19).
(3)
Vocabulario usual, común y fundamental. Madrid, 1953; y Estudios experimentales
sobre el vocabulario. Madrid, 1977.
(4)
Como es natural, la última edición del DRAE (la vigésima segunda; Madrid,
Espasa-Calpe, 2001) sigue siendo obra de obligada referencia.
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