Exploración y estudio

Formada para recuperar una tradición de investigación científica y como cobertura ilustrada para una estrategia de intervencionismo militar
en América la Comisión Científica del Pacífico tuvo el especial destino de ser el último eslabón que permitiría el conocimiento y estudio de las culturas y la geografía de parte del Nuevo Continente.
Su esfuerzo y sus aportaciones se muestran estos días en el Museo de América.
Siglo y medio después la Comisión Científica del Pacífico muestra su enorme contribución al conocimiento

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
El 27 de mayo de 1862 una comunicación escrita del director de Instrucción Pública al ministro de Fomento certificaba el primer capítulo de una historia que desde entonces conocería el apoyo institucional, la fascinación del público español, el favor de sus científicos, la censura, la dispersión y el olvido: “Estando destinada al Pacífico una Escuadra mandada por el general Pizón, es muy conveniente que en ella vaya una misión científica, como lo practican  las naciones cultas en casos semejantes  y

lo ejecutó España con tanta gloria como la que más en la segunda mitad del pasado siglo...Esta Dirección general tiene la honra de someter a su superior aprobación, las dos siguientes bases, para preparar el proyecto que tanto interesa al adelantamiento de las ciencias y a la gloria nacional”. Son las palabras de un liberal de la monarquía isabelina que buscaba en el acercamiento a la naturaleza y la cultura de las colonias el trampolín que propiciara el papel preponderante que España siempre había tenido en las tierras de Ultramar: Gloria a la nación, entre el pragmatismo militar y el conocimiento geográfico y cultural de la zona.

Noticias de otro mundo

Seis naturalistas (tres zoólogos, un geólogo, un botánico y un antropólogo) y dos auxiliares (un taxidermista y un dibujante-fotógrafo) fueron seleccionados como miembros de la Comisión Científica del Pacífico inscrita en la campaña de navegación militar a la costa meridional americana formada por las fragatas de hélice Triunfo y Resolución y que tenía por finalidad el estudio de un emplazamiento favorable para la instalación de otra base naval en las aguas del Pacífico. En su cometido estaría, no sólo recolectar material de estudio y objetos de la fauna, flora y geología de los países adonde se dirigían –para que engrandecieran el Gabinete de Historia Natural- sino también estudiar las costumbres de los habitantes de aquellos lugares. Era el gran paso que la comunidad naturalista y científica había estado esperando desde décadas y que supondría –pese a la premura de sus preparativos en menos de dos meses y el estricto trazado de su recorrido sujeto a las necesidades de los militares- el mayor hito entre las empresas científicas ultramarinas llevadas a cabo por España en el siglo XIX, en la que se recolectaron más de ochenta mil objetos de la gea, flora y fauna amerindias y se certificaron zonas y culturas ignoradas por una sociedad que leería fascinada los artículos ilustrados con dibujos y fotografías –esta es la primera expedición en la historia que fue fotografiada- enviados por los miembros de la Comisión a las publicaciones de la época.

Dispersión y olvido

La celebrada expedición que en el transcurso de tres años había luchado por adentrarse en una América sumergida en su propia inmensidad tuvo a su regreso que sufrir los vaivenes de la política nacional (Revolución de septiembre de 1868, I República, Reinado de Amadeo I y Restauración) que, junto a una profunda crisis económica, motivaron que los trabajos científicos no pudieran tener la continuidad necesaria y que en muchos casos se hicieran de forma marginal. Después de una primera exposición en “la estufa” del Real Jardín Botánico en 1866, al poco de su llegada a España, las colecciones de invertebrados, entomológicas, ictiológicas, de aves, mamíferos, antropología y etnografía fueron repartidas entre las diferentes instituciones españolas a las que dio origen el Gabinete de Historia Natural, universidades y centros de estudio: dispersión previa al olvido, que sólo en 1983 será paliado cuando el Museo de Ciencias Naturales y el C.S.I.C. acometan la empresa de identificar estas colecciones perdidas y de sacarlas nuevamente a la luz con la ayuda del Museo de América.

Restitución y honores

Es en este contexto en el que estos días se presenta “La Historia de un olvido. La Comisión Científica del Pacífico (1862-65)”, una muestra que con la dirección de Araceli Sánchez Garrido y Ana Verde, busca restituir al lugar especial que le pertenece esta asombrosa hazaña científica a la vez que rendir honores a los hombres que la llevaron a cabo, entre dificultades y obstáculos físicos, geográficos, económicos y hasta políticos: Patricio Paz y Membiela, presidente de la comisión y encargado de los estudios de malecología; Marcos Jiménez de la Espada, encargado de recolectar mamíferos reptiles y aves; Francisco de Paula Martínez y Saez, de los mamíferos marinos; Fernando Amor, de los estudios geológicos y entomológicos; Juan Isern, de los estudios botánicos; Manuel Almagro, de la antropología y etnografía; Rafael Castro y Ordóñez, fotógrafo; y Bartolomé Puig y Galup, taxidermista. Ellos son los responsables de una fase de la ciencia española que supo encontrar el medio para llegar al desconocido continente americano para conocer, estudiar y difundir: su valentía física, su coraje moral y su vocación científica están en cada una de las doscientas piezas que esta muestra ha seleccionado para recordar y homenajear la hazaña que supo culminar la denominada Comisión Científica del Pacífico (1862-1866).

 

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