En este artículo se demanda la coordinación de los distintos agentes y ámbitos implicados en la formación humana. Su autor, desde el convencimiento de que la educación no se circunscribe a la familia y a la escuela, afirma que también hay que pensar en la influencia ejercida por el Estado, la Iglesia, los medios de información, los centros de trabajo y la sociedad civil. A la acción específica de cada ámbito hay que añadir su impacto conjunto, cual si se tratase de un macrocampus formativo en el que el balance arrojado por la totalidad de “estímulos educativos” puede ser positivo o negativo.

La sociedad educadora

Valentín Martínez-Otero
Profesor y Doctor en Psicología y en Pedagogía

L  universo  educativo  excede

en mucho los límites impuestos por la familia y la escuela. Además de estas instituciones hay que pensar en la virtualidad formadora de los medios de comunicación, del Estado, de la Iglesia, de la sociedad civil, de los centros de trabajo, etc. Las condiciones sociales que se adivinan en el título de este artículo pueden antojarse utópicas y, sin embargo, necesarias. En la medida en que la utopía representa una corrección o formulación ideal de una situación social existente el planteamiento aquí vertido lo es, pero se trata en todo caso de una aspiración cada vez más extendida. 
Si bien el término ‘sociedad’ también se extiende al reino animal (sociedad de abejas, de hormigas, etc.) habitualmente designa una agrupación de personas cuyo fin es satisfacer algunas necesidades vitales. La sociedad se fundamenta en la persona, pero puede llegar a deshumanizarse cuando se desvía de su esencia. Es lo que sucede, por ejemplo, en sociedades en las que las relaciones interindividuales se resquebrajan si el Estado practica la opresión, si los medios de información extienden la manipulación, si la familia se desintegra o si la escuela se convierte en mero aparcamiento.
Es menester, por tanto, que se fortalezca el tejido de las relaciones humanas para que pueda fomentarse el despliegue y la actividad personal -racional y libre- dentro de la sociedad. Cuando el Estado o cualquier institución, por el procedimiento que sea, violentan la urdimbre social se deteriora la formación y la convivencia. Como contrapunto, el impulso de la sociedad civil, sobre la que versarán algunas de nuestras reflexiones, puede ser decisivo en el compromiso que todos hemos de asumir en lo tocante al desarrollo humano.
Cada vez se toma más conciencia del influjo totalizador que los distintos estímulos (familiares, escolares, mediáticos, sociales...) tienen en el desarrollo personal. Esta  paidocenosis -influencia conjunta del ambiente en la formación humana-, nos lleva a demandar por vía de urgencia que los distintos agentes y ámbitos aúnen esfuerzos en beneficio de la educación. Ofrecemos seguidamente algunas reflexiones que esperamos animen a construir una genuina “sociedad educadora”.

¿El ocaso de la familia?

Cuando la familia es fiel a sí misma las notas que presiden la convivencia entre sus miembros son la intensidad, la intimidad y la profundidad. Acaso la realidad radical que mejor la define sea el amor. La familia, de hecho, a través de las relaciones paterno-filiales y fraternales desempeña un papel fundamental en la educación de la afectividad, sin que se soslayen otras influencias formativas.
En el hogar halla el niño calor, alimento y estímulo, es decir, todo lo que necesita para desarrollarse. No en vano, la familia es la comunidad formativa primera y principal. En esta institución el infante conquista las habilidades cognitivas y motrices básicas. A ellas hay que agregar la impregnación y el progreso emocional, la adquisición del lenguaje, la apertura a los demás y el tono vital. El niño encuentra en la familia los estímulos que satisfacen sus necesidades afectivas y garantizan su desarrollo psíquico y físico. Las relaciones familiares presididas por la seguridad, la confianza y el corazón posibilitan el despliegue saludable y armónico de la personalidad. Los efectos benéficos de esta institución universal se extienden a padres e hijos y se dejan sentir particularmente en los primeros años de vida, hasta el extremo de que el ambiente familiar pobre en estímulos educativos pone en serio peligro la maduración infantil.
Si bien la familia tiene más potencia formativa que ningún otro grupo social, en la actualidad se observan signos evidentes de desconcierto derivado de los profundos cambios operados en su seno. 
Las consecuencias de las desfavorables condiciones en que hoy se halla la comunidad familiar varían considerablemente, pero se puede asegurar que, a medida que se incrementa la desintegración en el hogar, el niño queda expuesto a todo género de problemas. La solución, si es que se puede hablar en singular, no es sencilla. Desde mi punto de vista, una política familiar encaminada a fortalecer el papel de los padres en la formación de los hijos es totalmente necesaria. Es menester estimular la colaboración entre la familia y la escuela, robustecer la figura del orientador familiar, crear espacios formativos para padres, mejorar la escuela infantil y ampliar la oferta de servicios de algunos centros educativos. El análisis del marco sociológico de cada institución escolar mostraría, en muchos casos, la conveniencia de dilatar el horario e incrementar los recursos y el número de educadores para atender debidamente desde una óptica lúdico-formativa a menores que lo necesiten. No se descarta tampoco que los propios padres participen del proceso o de otras actividades recreativas, sociales y culturales.
Pese a los males que se ciernen sobre la familia y a la escasa implicación de algunos padres en la educación de sus hijos, no creo que se pueda hablar de “ocaso de la familia”. Por más que esta institución se halle en situación crítica, me atrevo a afirmar que está llamada a perdurar, pues se trata de la comunidad esencial de la vida personal.

El papel de la escuela

La imposibilidad de que los padres asumiesen todas las necesidades formativas de los hijos condujo al nacimiento de la escuela en cuanto institución artificial encargada de acciones educativas concretas, sobre todo en la vertiente intelectual. Más allá de los cambios experimentados a lo largo de su discurrir histórico, la escuela continúa siendo delegada de la familia. En nuestro tiempo esta delegación adquiere un renovado impulso, principalmente por el aumento del trabajo de la mujer fuera del hogar, lo que se ha traducido en un crecimiento de la población escolar infantil. Sin embargo, el resultado de esta escolarización temprana y de la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis años no ha cubierto, ni de lejos, las expectativas formativas. Por ejemplo, continuamente se quejan los profesores de la ignorancia de un considerable número de alumnos.
Sin entrar a valorar la legislación, que indudablemente tiene su incidencia, el aire que se agita en este mundo globalizado está alcanzando un alto nivel de contaminación. Esta alteración ambiental nociva también se cuela por los recovecos de las instituciones escolares en forma de plutocracia, consumismo, rivalidad, discomunicación, etc. Cerrar el paso a estos agentes patógenos es difícil pero necesario. Un buen escudo contra el clima psicosocial viciado lo encontramos en la formación moral practicada en una comunidad ética, en el cultivo de la comunicación y en el fomento del estudio. En esta aleación de moral-comunicación-estudio hallamos una poderosa defensa contra las impurezas atmosféricas.
No creo, ni mucho menos, que debamos adscribirnos a la tesis de los que demandan el cierre de la escuela, “porque se trata de una institución nociva que esclaviza”. A diferencia de estos planteamientos, defendemos que otra escuela es posible y, además, necesaria.

El magisterio de la Iglesia

La influencia formativa de la Iglesia está fuera de toda duda. Aunque el camino de esta institución milenaria presenta altibajos llega hasta nuestros días con la responsabilidad de difundir el Evangelio. Desde su origen la Iglesia ha sido consciente e intencionadamente trasmisora de doctrina. La labor educadora de la Iglesia ha ido variando, desde las primeras comunidades cristianas que sintieron la necesidad de convertir a los infieles hasta los nuevos retos del siglo XXI: encuentro fe-cultura, diálogo interreligioso, superación de anacronismos, etc., pero esencialmente sigue latiendo la misma necesidad de sembrar la Buena Nueva.
El mensaje educativo inherente a la misión eclesiástica y los numerosos docentes e instituciones escolares de inspiración católica evidencian el influjo de la Iglesia. Algunas de las ideas fundamentales que se han propagado por el mundo llevan su sello. Más allá de tensiones, aciertos y errores, interesa destacar el gran potencial formador y transformador de esta institución plurisecular a la que se le presenta en nuestros días una difícil tarea en esta sociedad compleja, tecnificada y pragmática. Quizá el mayor desafío educativo que la Iglesia tiene ante sí sea, por lo mismo, la renovación de su discurso, que no supone en absoluto la negación de sus raíces, sino un aperturismo fecundo impulsor de desarrollo personal y social.

Humanización del trabajo

En la historia de la civilización occidental el trabajo se ha asociado al esfuerzo físico y aun al sufrimiento. Recuérdese, a este respecto, que la palabra ‘trabajo’ procede del latín tripalium, instrumento de tortura compuesto por tres palos con el que se castigaba a los esclavos que se negaban a trabajar. Acaso por ello el trabajo se sigue asociando en determinadas ocupaciones al dolor.
En cuanto actividad básica, el trabajo goza de común aceptación. No cabe decir lo mismo de las distintas concreciones laborales (los trabajos), pues es bien sabido que un  significativo número de personas sufren estrés, explotación, frustraciones, injusticias, temores, etc. La imposibilidad de analizar las circunstancias concretas de cada modalidad laboral nos lleva a afirmar genéricamente y de acuerdo al enfoque de la sociedad educadora que el trabajo está llamado a dignificarse. Es verdad que en los últimos siglos se ha avanzado de modo apreciable. Ahora bien, consolarse porque en materia de trabajo cualquier tiempo pasado fue peor o por la pésima situación laboral que en la actualidad atraviesan algunos países equivale a postergar la solución del problema. Hay todavía muchos trabajos alienantes y, lo que quizá sea más dramático, hay muchas personas desempleadas. Se requiere, en este sentido, una mayor sensibilidad social y el concurso de todos (Administración, empresarios, trabajadores, etc.) para dar un renovado impulso al proceso de humanización laboral.
Asimismo, es hora de abrazar una educación genuina que exija al mundo laboral la asunción de su responsabilidad en la construcción de la convivencia. A pesar de que esta muy extendida la visión pragmática de la relación educación-trabajo, nos animamos a enunciar algunas ideas discrepantes:
En un entorno laboral en continua mudanza se precisa igualmente una formación permanente que cultive, además de la vertiente técnica, el desarrollo interior.
Toda empresa debe tener una proyección social.
Potenciar la orientación vocacional-profesional.

El Estado y la sociedad civil

En el plano educativo, el Estado se presenta, por una parte, como regulador del sistema educativo a través de leyes y, por otra, como actor de gran influencia simbólica en la vida social. La política educativa estatal constituye una función esencial y compleja encaminada al cumplimiento de los objetivos formativos establecidos para una determinada sociedad. Junto al conjunto de medidas explícitas, el Estado ejerce una influencia indirecta sobre los ciudadanos al condicionar sus hábitos y costumbres. En la medida en que un Estado se funde en la racionalidad contribuirá a la construcción y consolidación de una verdadera comunidad. Más allá del aparato del Estado, al que compete establecer el marco legislativo educacional, nos encontramos con que por la sociedad circulan numerosas influencias estatales de alcance formativo cuyo signo depende de los valores y el comportamiento de gobernantes y empleados públicos.
Los administrados no están exentos de responsabilidad en la atmósfera reinante. La condición de ciudadano en la sociedad democrática no ha de reducirse a ejercer el derecho al voto en momentos de consulta electoral, es menester asimismo fortalecer el tejido asociativo, abrir cauces para la crítica constructiva y establecer mecanismos de control.
Una orientación adecuada es proponer el robustecimiento de la sociedad civil. El modelo presente de relaciones interhumanas está seriamente debilitado y se caracteriza por la rivalidad, el individualismo y la prisa. El aceleramiento del ritmo de vida y la decadencia de la comunicación amenazan el establecimiento y la pervivencia de las asociaciones. Por más que haya ciertas tensiones, la sociedad rectamente entendida comporta relaciones de colaboración, intercambio y participación. El pluralismo inherente a las genuinas sociedades democráticas permite aceptar todas las posiciones siempre que se hallen dentro del marco constitucional y legal.      De acuerdo a nuestro criterio pedagógico, la madurez cívica sólo se alcanza en un escenario de libertad, responsabilidad, comunicación y acción recíproca. En la vida social es igualmente necesario el espíritu cultural, por ser el que posibilita el desarrollo y la plenitud de los ciudadanos. Para que la participación sea efectiva hay que vivir la cultura, por ser clave del uso y disfrute de los bienes sociales.
Otro tanto hay que decir del trabajo, pues es evidente que no puede haber fortalecimiento de la sociedad civil si un elevado número de personas están en camino de exclusión social por su condición de desempleados.
Si aceptamos, en fin, que la participación activa y responsable en la sociedad no se reduce a depositar el voto en una urna en momentos de consulta electoral y que, desde el prisma educativo, la auténtica convivencia democrática tiene una incidencia positiva en el desarrollo de la personalidad, entonces hemos de concluir reforzando nuestro compromiso con la construcción de una sociedad civil vigorosa.

Los medios de información

Aunque las posibilidades educativas de los mass media son enormes, con frecuencia se desaprovechan. Más allá de la función informativa y de entretenimiento, estos medios podrían desempeñar un papel formativo más claro, es decir, además de divertir y de proporcionar datos, deberían fomentar actitudes y valores positivos. Pensemos, por ejemplo, en la beneficiosa influencia que algunos programas televisivos de medio ambiente, sociedad y arte tienen sobre las personas, ya desde la niñez, al despertar y afianzar el amor a la naturaleza, a los animales, a los pueblos y a la cultura.
Lo mismo cabe decir de la radio, tan ágil, actual y accesible como sugestiva, lo que la convierte en un medio idóneo para la actividad educativa, incluso desde el centro escolar.
La prensa, por su parte, pese a la llegada de la era audiovisual, mantiene toda su vigencia, acaso por la permanencia de sus mensajes y por su capacidad para crearlos. Aunque su misión es informar, también es fuente de educación informal, pues promueve valores, genera opiniones y orienta el comportamiento colectivo.
El cine también puede contribuir muy positivamente a la educación. La ilusión de movimiento de los fotogramas genera una impresión de realidad en el espectador, quien percibe lo representado como narración, es decir, de modo continuo. El sujeto organiza toda la información recibida y confiere sentido a lo que ve y oye merced a la entreveración de procesos racionales y emocionales. La fuerza educativa del cine se extiende a diversos ámbitos de la vida humana: intelectual, afectivo, estético y ético.
Es obligado reflexionar en este apartado, siquiera sea de modo sumario, sobre internet. La red ofrece posibilidades crecientes para el aprendizaje, mas si no queremos que los potenciales beneficios se tornen perjuicios urge crear una infraestructura escolar que permita formar a los educandos para que manejen positivamente la malla electrónica. Cada vez son más los niños y adolescentes que sin ninguna preparación se aventuran a navegar por las aguas procelosas del océano virtual. La ausencia de guía aboca a los menores al caos: aislamiento, confusión, adicción, sedentarismo, consumismo, etc. Es menester, pues, seguir impulsando las iniciativas escolares y sociales que capacitan a las personas para usar inteligentemente este medio.

A modo de conclusión

La educación no se circunscribe a la familia y a la escuela. Por todas partes recibe la persona estímulos ambientales de distinto signo. Estos influjos son complejos, difuminados y heterogéneos, pero son formativos si tienen efectos beneficiosos sobre la persona. Entre estos ambientes, todavía poco estudiados desde el punto de vista educativo, quedan incluidos el Estado, la Iglesia, los medios de información, los centros de trabajo y la sociedad civil. A la acción específica de cada ámbito hay que añadir su influencia conjunta, cual si se tratase de un macrocampus formativo en el que el balance arrojado por la totalidad de “estímulos educativos” puede ser positivo o negativo. Aunque no es fácil calibrar esta paidocenosis, en la actualidad parece que nos hallamos aún lejos de un resultado óptimo.
Por utópico que pueda antojarse el desideratum anterior, es absolutamente necesario trabajar para conquistarlo. Recuérdese que no hay que educar para lo que hay, sino para lo que puede haber, pues se trata de mudar la realidad actual y avanzar hacia un porvenir mejor. La perspectiva sistémica que alberga la expresión “sociedad educadora” da cuenta de este anhelo. En las dos palabras se funde el sueño de la convivencia humana, que es a un tiempo concordia y desarrollo.

Bibliografía:
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2003): Teoría y práctica de la educación, Madrid, CCS.
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2003): “Sociedad educadora: la paidocenosis necesaria”, Congreso La nueva alfabetización: un reto para la educación del siglo XXI, CES Don Bosco, Madrid.
vamarope@yahoo.es

 

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