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pintura en nuestro país:
ya en el otoño de 1978 la Fundación Juan March presentaba por vez primera
en España una selección de 60 obras –38 óleos, 13 dibujos a tinta china,
5 guaches y 4 acuarelas-realizadas por el artista entre 1923 y 1944, su
periodo más geométrico y abstracto. Hoy, veinticinco años después, es
el origen de su radical apuesta pictórica la que se ofrece al visitante
en un recorrido centrado en el paisaje y que evoluciona desde sus obras
más figurativas en los inicios de su trayectoria a la progresiva disolución
de las formas, el desarrollo y la culminación de la abstracción: del paisaje
figurativo a uno más emocional y de éste a uno decididamente abstracto.
Espiritual entre intelectos
En su ensayo esencial
“De lo espiritual en el arte”, Kandinsky afirmaba el extraordinario lenguaje
que la no forma podía desarrollar si se basaba en la percepción intuitiva
de la realidad: “Lo artísticamente verdadero sólo se alcanza por la intuición,
especialmente al iniciarse un camino. Aún cuando la construcción general
puede lograrse por vía de la teoría pura, el elemento que constituye la
verdadera esencia de la creación nunca se crea ni se encuentra a través
de la teoría; es la intuición quien da vida a la creación”. Atacaba pues
el gesto de destrucción de la forma que suponía el cubismo, el impresionismo
e incluso el simbolismo, porque en su trasgresión siempre se mantenían
en el mismo sistema de valores del arte al que así contribuían a consolidar:
rupturas dentro de la norma, intelectualizadas y aceptadas por el foro
artístico de la época; nada que ver con la destrucción del valor Forma,
su auténtica propuesta y el radical revulsivo que le cercenó algunos de
los principales escenarios de la Europa de las vanguardias del siglo XX.
Y al rey muerto Forma le sucedió el Color, como soporte y lenguaje, en
sucesiones inauditas encontradas en la búsqueda de un código expresivo
que nadie había podido aún descifrar: “El color es un medio para ejercer
una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo el
macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano
que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente al alma humana.
La armonía de los colores debe basarse únicamente en el principio del
contacto adecuado con el alma humana, el principio de la necesidad interior”.
Colaboración rusa
La muestra que ahora
se presenta tiene en Moscú y Munich los dos focos geográficos que sitúan
dos fases de una misma persona que optó en una confortable situación personal
y social por aventurarse por la desconocida senda del arte: Moscú como
forjador de su sensibilidad e inspirador de las primeras obras y Munich
como disparadero del mundo inconsciente atesorado en tres décadas. La
suerte de un destino que no dudó en realizarse pero que, en el largo trayecto
hasta su consecución, atravesó las dudas que el creador sabe ineludibles,
las que hoy nos enseña la magnífica exposición de la Fundación Juan March
a través de sus cuarenta y cuatro obras –30 pinturas y 14 acuarelas, tinta
china y grabados- realizadas entre 1899 y 1920. Con colaboración de la
Fundación Caixa Catalunya de Barcelona y aportaciones de museos europeos
como el centro Georges Pompidou de París, la Lenbachhaus de Munich, el
Von der Heydt Museum de Wuppertal, la Tate de Londres y el Museo Thyssen-Bornemisza,
entre otros, el grueso de las obras vienen de museos rusos y, muy en concreto,
de los fondos del museo Estatal Tretiakov de Moscú, el actual formato
institucional de la Galería artística que el próspero comerciante Tretiakov
fue conformando con el arte de su propio país en los comienzos del siglo
XX: él fue el benéfico celador de un Kandinsky en plena búsqueda del lenguaje
intuitivo y espiritual de lo real. Justo el que ahora nos entrega esta
muestra.
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