La tradición de una modernidad

Conformó el proceso de trasgresión de la expresión pictórica absorbiendo el legado que maestros como Velázquez, Goya o El Greco le ofrecieron en sus múltiples visitas al Museo del Prado y entre su propuesta de modernidad está el aroma de todos ellos. Siglo y medio después, Manet vuelve al Prado.
“Manet en el Prado” muestra la estrecha vinculación entre
el célebre pintor y sus maestros españoles

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Entre sus maestros y en diálogo confiado con ellos, desde la trasgresión que supuso su propuesta de modernidad y con la admiración que sintió ante sus obras, se presenta por vez primera en nuestro país la obra del pintor Edouard Manet (París 1832-1883), aportando la visión más completa sobre su producción desde las grandes retrospectivas celebradas en París y Nueva York en 1983: “Manet en el Prado”, siglo y medio después de su viaje real a este museo y de su encuentro con algunos de los pintores que más marcarían su proceso artístico; “Manet en el Prado”, en un retorno lógico a sus salas del pintor que fue capaz de construir el puente de  la  tradición  a  la vanguardia;  y  “Manet en el

Prado”, como el gran homenaje de un museo al pintor que comprendió el lenguaje avanzado de algunos de sus grandes maestros. Y entre sus maestros, Manet habla en el idioma universal de la belleza y la sensibilidad.

Estudio de una liberación

El discurrir sobre la obra de Manet que propone la exposición que ha diseñado Manuela Mena, jefe de Conservación del Museo nacional del Prado –y que ha contado con la financiación de la Fundación Winterthur- acerca al público visitante a un prodigioso proceso de liberación de un artista que se ha formado en el clasicismo y que paso a paso prueba a intentar vuelos en libertad: en el transcurso de las 110 obras que se ofrecen –58 cuadros, 30 grabados y 22 dibujos- el pintor francés que otorgó el abecedario a las sucesivas vanguardias del final del XIX y del siglo XX va perfilando el vuelco que muy poco después llevaría a la pintura a espacios nunca experimentados. Es el sucesivo hacer que representan los lienzos con que da comienzo la muestra –“El cantante español” (1860) o Mlle. Victorine Meurent en traje de espada” (1862)-, que continúa con el conocido como “periodo español”, que vendría marcado con la impronta de los maestros del Prado, (“El Balcón” (1868-69)) y que culmina con la propia expresión liberada ya de ataduras. Se trata de retratos, bodegones, pintura de historia y religiosa que suscitaron el profundo rechazo de sus coetáneos y que sólo algunos intelectuales supieron entender aunque no en su total trascendencia, como lo demuestra la reflexión que sobre su obra hizo el escritor Emile Zola, en 1884: “La fórmula de Manet es muy ingenua: sencillamente, se ha situado frente a la naturaleza, y como único ideal, se ha esforzado por reproducirla en su verdad y su fuerza...Sólo le ha guiado una regla, la ley de los valores, la forma en que un objeto se comporta ante la luz...A partir de entonces aparecieron esos tonos precisos, de una intensidad singular...; a partir de entonces las figuras se simplificaron, sólo las trató como grandes masas.”

Una ocasión única

Más de treinta instituciones y coleccionistas privados han contribuido a esta exposición que es la ocasión extraordinaria de ver creaciones como las 33 obras en papel de la Bibliothèque Nationale de France, además de muchas de las mejores obras en lienzo como “El retrato de Emile Zola” (París, Musée d´Orsay), los “Petits cavaliers” (Virginia, Chrysler Museum of Art), “Guitarra y sombrero” (Aviñón, Musée calvet), “Ante el espejo” (Nueva York, The Solomon R. Guggenheim Museum), el “Retrato de Faure en el papel de Hamlet” (Hamburgo, Kunsthalle), “En el invernadero” (Berlín, Staatliche Museen zu Berlin, Gemaäldegalerir), “Música en las Tullerías” (Londres, National Gallery) y las dos versiones de la “Ejecución de Maximiliano” (Copenhague, Ny Carlsberg Glyptotek y Boston, Museum of Fine Arts) en las que Manet trata a escala monumental un tema de la historia contemporánea, la ejecución del Emperador Maximiliano de Méjico en 1867, inspirándose en la célebre pintura de Goya, “Los fusilamientos del 2 de mayo”. Una cadena de espléndidas propuestas que se presentan –hasta el 11 de enero próximo- en las salas principales del Prado, en la primera planta y tras el preludio que se ha planteado en la Galería central donde varias de sus obras se despliegan entre la pintura de la escuela española, desde Ribera a Velázquez y desde Murillo a Goya, como símbolo y subrayado de la especial relación que el pintor tuvo con la obra de los artistas del siglo de Oro y de Goya, y de la trascendental influencia que estos maestros tuvieron para su evolución artística.

 

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