|
Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Sinónimo en el ámbito
del arte de “lo mexicano” y “grandioso”, el Diego Rivera (1886-1957) que
estos días se presenta en el Museo de América (Madrid) rompe esa delimitación
conceptual y la lleva al lugar que realmente ocupa en su evolución creativa:
la síntesis perfecta entre lo que había sido una búsqueda apasionada entre
las grandes corrientes artísticas internacionales y el contundente acervo
que supo condensar de su cultura natal. Y estas 36 obras de la Colección
de Veracruz que han viajado por primera vez a nuestro país son sus huellas,
las desconocidas y sinceras traslaciones del simbolismo, postimpresionismo,
cubismo, costumbrismo...al inalienable contorno del propio universo riveriano.
En su sucesión está el encadenado de aceptaciones y renuncias que este
creador realizó para llegar a conformar su realización más rotunda, el
Rivera que como un vendaval de emoción y arte logró situar a México en
el concierto internacional de la plástica.
Débito y gratitud
El agradecimiento que
Diego Rivera contrajo hacia el gobernador de Veracruz al concedérsele
la beca que le permitió, a sus 21 años, viajar y establecerse durante
una larga época en Europa es el origen de esta colección que algunos consideran
el legado más íntimo del pintor al ser él mismo el que, entrega a entrega,
creó su discurso expositivo, de 1904 hasta los 50, y de sus años de formación
académica, su estancia en Europa y participación en los movimientos de
vanguardia, hasta su vuelta a México con el redescubrimiento de lo autóctono
y el desarrollo de su producción de madurez. Un discurso cronológico que
la comisaria Dolores Tomás ha querido primar en la muestra “Diego Rivera.
Una retrospectiva” para hacer más claras las mutaciones estilísticas y
temáticas de su quehacer creativo.
Un retrato de la madre
del artista, fechado en 1904, es el que abre los años de formación académica
de Rivera en la Escuela de Bellas Artes del DF y de los que también se
recoge el que sería el cuadro llave para su futuro como becado: “Barranca
de Mixcoac” (1906), un paisaje de resonancias románticas que impactó extraordinariamente
a Teodoro A. Dehesa, gobernador de Veracruz.
Su estancia en España,
donde asistiría al taller del pintor realista costumbrista Eduardo Chicharro,
es el eslabón siguiente que esta muestra documenta con paisajes como “Tierra
quemada de Cataluña” (1911) y “Paisaje de Toledo” (1913) que son preludio
del segundo contacto con el arte español, esta vez fuera de nuestras fronteras:
Juan Gris y Picasso, entre otros muchos vanguardistas que eligieron París
como escena multiplicadora de sus respectivos y comunes talentos, son
esos nutrientes que Rivera exhibe al adoptar plenamente la reflexión cubista,
geometrizando sus formas, bodegones con frecuencia, para adaptarlas a
la bidimensionalidad del lienzo.
Retorno al origen
El regreso a México en
1921, después del término de la Revolución, constituye una sacudida emocional,
política y cultural para Rivera que queda, según comentaba, “sobrecogido
ante la inefable belleza de esa tierra rica y austera, miserable y exuberante”,
la misma que él había madurado sin saberlo en el recorrido por Europa
y sus vanguardias, la que había matizado y aún anulado muchas de las influencias
en que se había sumergido durante años. Una madurez plástica se nos muestra
en este capítulo expositivo en el que el autor se interesa por los tipos
populares mexicanos, el patrimonio cultural de su país –utiliza las antiguas
ciudades mayas de Chichén Itzá y Uxmal como referencias simbólicas- o
la situación de los obreros y campesinos de su sociedad. Son ya el Rivera
resultante de la larga cadena de intentos que esta muestra refleja y que
habla del muralista que revolucionó el contexto cultural de México y de
la escena internacional.
|
|
El Museo
de América exhibe una retrospectiva del arte no muralista de Diego Rivera
|
|