Gloria en tierra

Inocente y lúdico, el Tiziano que estos días se exhibe en el Museo del Prado consagra absolutamente su lugar primordial no sólo en la historia del arte sino también, y sobre todo, en el logro renacentista de enlazar carne y espíritu, tierra y cielo, en una dulce armonía.
El Museo del Prado muestra el recorrido que Tiziano
atravesó en su fructífera y completa vida artística

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
Sesenta y cinco cuadros, la más completa visión de la obra de este excelso pintor llevada a cabo en nuestro país, el hito del Museo del Prado en cuestión de exposiciones internacionales, el reconocimiento al creador que más ha motivado el renacer del arte español de los grandiosos siglos XVI y XVII,  un regalo

para el visitante y una cálida celebración de la vida, es el múltiple significado de la muestra que estos días, y hasta el 7 de septiembre, centra la atención de la oferta cultural y artística de nuestro país. Su propuesta –presentada en la nave central del Museo y bajo la luz natural que deja entrar la bóveda de esta galería- recorre la vida artística del creador veneciano, extrayendo consecuencias sorprendentes de sus saltos, evoluciones y asimilaciones creativas, de su progresivo avance a la libertad expresiva sin limitaciones de credos u ortodoxias. “Es el fundador de la pintura moderna –afirmaba Miguel Falomir, comisario de la muestra y jefe del Departamento de Pintura Italiana del Renacimiento del Prado, en la presentación de esta exposición a los medios- Dominaba todos los géneros, el mitológico y el religioso; el desnudo y el retrato psicológico. Hay que esperar cuatro siglos, hasta llegar a Picasso, para encontrar alguien con la capacidad de renovación artística que tuvo Tiziano”. Una afirmación que es posible por vez primera constatar en nuestro país al poder disfrutar de algunos de los mejores lienzos realizados en sus siete décadas de producción creativa.

 Estudio del color

Concebida con la colaboración de la National Gallery, que mostró recientemente una versión más reducida, la muestra reúne sesenta y cinco lienzos, de los que treinta y cinco proceden de los fondos del propio Museo del Prado, propietario de la mejor colección del artista, y el resto son préstamos privilegiados de Londres, París, Florencia, Nápoles y Roma.
El recorrido comienza con la sección titulada “Orígenes (hasta 1516)” que reúne seis pinturas producto de sus años de formación con varios maestros venecianos entre los que destacaron Giovanni Bellini y Giorgione, quien le contagió su novedoso modo de aplicar el color sin dibujo previo, algo que marcaría para siempre el esplendor cromático de sus obras. Son pinturas, como “Noli me tangere” o “La Schiavona”, que cuentan con problemas de perspectiva y recreación de anatomía pero que ya tiene la huella de su maestría. Su siguiente etapa vital, la que se abre tras la muerte de Bellini en 1516 y que le hace subir socialmente a la categoría de pintor oficial de Venecia para desde ahí iniciar su proyección internacional, es la que se recoge en la sección  “Apeles revivido (1516-1533)”, título que hace referencia al retrato que se exhibe de Carlos V, al que Tiziano reflejó imitando el proceder de Alejandro con Apeles, el pintor más célebre de la Antigüedad. Junto a él están “Salomé”, “El hombre del guante” y “La bacanal de los Andrios”, entre otros.

Prestigio internacional

“De Bolonia a Augsburgo. 1533-1551” es la siguiente parada de este recorrido y aborda el esplendor de su prestigio social, sólo igualado por Miguel Angel; los mayores poderes del momento, Carlos V y el papa Paulo III, reclamaban su presencia y su pincel sirvió extraordinariamente a la difusión de sus influencias. “La gloria”, “Carlos V en la batalla de Mühlberg” o “Pietro Aretino”, su gran amigo y mentor, son producto de estas expansivas décadas que dan paso a “El desnudo tumbado y las poesías” , el capítulo dedicado a las seis obras mitológicas concebidas para deleite de los sentidos que el pintor creó para el monarca Felipe II y que son la mejor expresión de la clave del arte veneciano: primacía del color sobre el dibujo. Esta sección, la única no estrictamente cronológica, incluye también otras obras, como la “Venus de Urbino”, que ilustran la decisiva contribución de Tiziano al tratamiento del desnudo tumbado.
El cierre de esta inmersión en el arte del “príncipe de los pintores” se titula “El último Tiziano: 1551-1576” y en ella está el pintor  que extendió a la totalidad de la superficie del lienzo una indefinición formal y un modo de aplicar el color mediante capas superpuestas, que luego se caracterizarían como “pintura de manchas”. Es la última transgresión de este grandioso creador y de la singularidad que significó su pintura.

 

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