|
para
el visitante y una cálida celebración de la vida, es el múltiple significado
de la muestra que estos días, y hasta el 7 de septiembre, centra la atención
de la oferta cultural y artística de nuestro país. Su propuesta –presentada
en la nave central del Museo y bajo la luz natural que deja entrar la
bóveda de esta galería- recorre la vida artística del creador veneciano,
extrayendo consecuencias sorprendentes de sus saltos, evoluciones y asimilaciones
creativas, de su progresivo avance a la libertad expresiva sin limitaciones
de credos u ortodoxias. “Es el fundador de la pintura moderna –afirmaba
Miguel Falomir, comisario de la muestra y jefe del Departamento de Pintura
Italiana del Renacimiento del Prado, en la presentación de esta exposición
a los medios- Dominaba todos los géneros, el mitológico y el religioso;
el desnudo y el retrato psicológico. Hay que esperar cuatro siglos, hasta
llegar a Picasso, para encontrar alguien con la capacidad de renovación
artística que tuvo Tiziano”. Una afirmación que es posible por vez primera
constatar en nuestro país al poder disfrutar de algunos de los mejores
lienzos realizados en sus siete décadas de producción creativa.
Estudio
del color
Concebida
con la colaboración de la National Gallery, que mostró recientemente una
versión más reducida, la muestra reúne sesenta y cinco lienzos, de los
que treinta y cinco proceden de los fondos del propio Museo del Prado,
propietario de la mejor colección del artista, y el resto son préstamos
privilegiados de Londres, París, Florencia, Nápoles y Roma.
El recorrido
comienza con la sección titulada “Orígenes (hasta 1516)” que reúne seis
pinturas producto de sus años de formación con varios maestros venecianos
entre los que destacaron Giovanni Bellini y Giorgione, quien le contagió
su novedoso modo de aplicar el color sin dibujo previo, algo que marcaría
para siempre el esplendor cromático de sus obras. Son pinturas, como “Noli
me tangere” o “La Schiavona”, que cuentan con problemas de perspectiva
y recreación de anatomía pero que ya tiene la huella de su maestría. Su
siguiente etapa vital, la que se abre tras la muerte de Bellini en 1516
y que le hace subir socialmente a la categoría de pintor oficial de Venecia
para desde ahí iniciar su proyección internacional, es la que se recoge
en la sección “Apeles revivido (1516-1533)”, título que hace referencia
al retrato que se exhibe de Carlos V, al que Tiziano reflejó imitando
el proceder de Alejandro con Apeles, el pintor más célebre de la Antigüedad.
Junto a él están “Salomé”, “El hombre del guante” y “La bacanal de los
Andrios”, entre otros.
Prestigio
internacional
“De
Bolonia a Augsburgo. 1533-1551” es la siguiente parada de este recorrido
y aborda el esplendor de su prestigio social, sólo igualado por Miguel
Angel; los mayores poderes del momento, Carlos V y el papa Paulo III,
reclamaban su presencia y su pincel sirvió extraordinariamente a la difusión
de sus influencias. “La gloria”, “Carlos V en la batalla de Mühlberg”
o “Pietro Aretino”, su gran amigo y mentor, son producto de estas expansivas
décadas que dan paso a “El desnudo tumbado y las poesías” , el
capítulo dedicado a las seis obras mitológicas concebidas para deleite
de los sentidos que el pintor creó para el monarca Felipe II y que son
la mejor expresión de la clave del arte veneciano: primacía del color
sobre el dibujo. Esta sección, la única no estrictamente cronológica,
incluye también otras obras, como la “Venus de Urbino”, que ilustran la
decisiva contribución de Tiziano al tratamiento del desnudo tumbado.
El cierre de
esta inmersión en el arte del “príncipe de los pintores” se titula “El
último Tiziano: 1551-1576” y en ella está el pintor que extendió a la
totalidad de la superficie del lienzo una indefinición formal y un modo
de aplicar el color mediante capas superpuestas, que luego se caracterizarían
como “pintura de manchas”. Es la última transgresión de este grandioso
creador y de la singularidad que significó su pintura.
|
|
|
|