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también
el inicio, viene especialmente marcado por los exámenes. El verano
es un paréntesis que debe permitir recargar las baterías
de cara al curso siguiente y preparar en su caso las asignaturas pendientes.
Tres elementos
afectan directamente al resultado de los exámenes: la preparación,
el autocontrol y el desempeño eficaz al realizar la prueba. Lo
lógico es experimentar cierta tensión y nerviosismo ante
una situación en la que se está siendo evaluado. La elevación
del nivel de activación del organismo es una respuesta natural
de éste que le predispone a la acción. Un estudiante excesivamente
tranquilo puede fallar por exceso de confianza. Aunque lo más frecuente
es encontrarse con el caso contrario: demasiados nervios. El elevado nivel
de tensión afecta tanto al rendimiento en la preparación
como a la realización de la prueba.
El secreto
no está tanto en evitar los nervios como en saber controlarlos
y canalizarlos adecuadamente. La tranquilidad y la serenidad, normalmente
resultado de una adecuada preparación, son un arma poderosa a la
hora de afrontar los exámenes.
Está
en nuestra mano controlar los principales factores que pueden incrementar
la ansiedad. Debemos empezar por eliminar el miedo irracional y mentalizarnos
en positivo sobre nuestra propia capacidad y preparación. Se trata
de una condición esencial. El estudiante que insiste en repetirse
frases del tipo: "qué mal lo llevo", "me va a caer
lo que no he estudiado", "me voy a quedar en blanco", "voy
a suspender"... acaba saboteando finalmente sus propios recursos
para realizar correctamente la prueba.
Estudiar desde
el primer día, a partir de una adecuada programación del
estudio, permite evitar llegar apurados de tiempo a la fecha del examen,
teniendo que pegarse el atracón de última hora. La víspera
se puede aprovechar para repasar, atar algún cabo suelto, clarificar
alguna idea, o realizar algún esquema de última hora.
Hay que descansar
lo suficiente para llegar al examen en buenas condiciones físicas
y mentales. Podemos elaborar una lista de comprobación de todo
aquello que tenemos que llevar, evitando así olvidar bolígrafos,
calculadora, pilas de repuesto, diccionario o material de consulta, papeletas
o documentos de identidad.
Al preparar
las pruebas es necesario tener en cuenta cómo se va a evaluar;
si se va a realizar una prueba objetiva, de desarrollo, un examen oral,
prácticas, trabajos. Y conocer igualmente cuál es el sistema
de puntuación: cómo se va a valorar cada parte o pregunta,
si descuentan los errores, si hay partes opcionales o voluntarias.
Autoevaluación
Hay
que profundizar en el conocimiento de la materia, buscando obtener buena
nota. Estudiar lo justo para aprobar es asumir un riesgo importante. Según
se avanza en el estudio de la materia podemos ir entresacando posibles
preguntas de examen con objeto de autoevaluarnos. Estas pruebas diseñadas
por nosotros mismos, junto a la realización de las utilizadas en
años anteriores, son en general una buena garantía de dominio
de la materia y del propio examen.
Es necesario
confirmar previamente el lugar, día y hora, para llegar con precisión
y antelación suficiente al lugar del examen. En esos momentos no
es muy adecuado hablar del examen con los compañeros o ponerse
a repasar. Hay que serenarse y evitar el "histerismo" propio.
Y es aconsejable tranquilizar, o incluso evitar, a aquellos compañeros
"nerviosos" que, incapaces de controlar su ansiedad, la transmiten
a los demás con sorprendente facilidad y rapidez.
Pruebas
tipo test
Las
pruebas tipo test requieren para su preparación de un estudio exhaustivo
y minucioso de toda la materia. Su preparación difiere de las pruebas
de desarrollo, ya que se pone en juego principalmente la memoria de reconocimiento.
Una vez delante
de la prueba conviene leer detenidamente tanto los enunciados como las
alternativas que se ofrecen. Ante dos alternativas muy similares se deben
analizar las palabras o matices que marcan la diferencia. Ante dos alternativas
correctas habría que marcar la que resulta más correcta
en función del enunciado. Si, entre varias alternativas, encontramos
dos que resultan contradictorias, es muy probable que una de ellas sea
la correcta.
Ante preguntas
sobre las que se tiene duda conviene no detenerse excesivamente, pasar
a la pregunta siguiente e intentar responderla más adelante, en
una segunda vuelta que nos permitirá también confirmar que
no hay errores en las contestadas inicialmente.
A la hora de
efectuar la corrección los errores suelen ponderarse en función
del número de alternativas de respuesta. La formula que generalmente
se aplica es: A - (E / n-1). Al número de aciertos (A) se
resta el resultado de dividir el número de errores (E) por el número
de alternativas menos una (n-1). Así, en el caso de dos alternativas
de respuesta, cada error descontaría un acierto. Con cinco alternativas,
por ejemplo, cada cuatro errores descontarían una respuesta contestada
correctamente.
Según
este sistema de puntuación, a mayor número de alternativas
y mayor conocimiento del tema, más aconsejable resulta asumir el
riesgo de marcar la respuesta. En cualquier caso, antes de entregar la
prueba conviene echar cuentas.
Con frecuencia
los nervios y la precipitación impiden leer despacio y detenidamente
los enunciados de las preguntas. Desafortunadamente éste es el
origen de muchos suspensos en estudiantes que, sin embargo, iban bien
preparados.
También
es fundamental entender y responder a lo que realmente se nos solicita:
"resume, justifica, desarrolla, compara...". Si se tienen dudas
sobre el enunciado podemos pedir una aclaración.
Por otra parte,
hay que tener muy claro de qué tiempo disponemos para realizar
la prueba. Debemos repartirlo y controlarlo adecuadamente: un breve tiempo
inicial para planificar la respuesta y hacer un bosquejo mental, un tiempo
para desarrollar el contenido y responder, y un tiempo final de revisión.
Está claro que no tiene sentido "enrollarse" con una
sola pregunta para acabar dejando otras sin contestar.
Expresar
las ideas
La
persona que corrige nuestro examen obtiene información sobre nuestra
forma de expresar las ideas. Hay que mostrar claridad, precisión
y rigor, cuidar la gramática y la ortografía, estructurar
las ideas adecuadamente, utilizar una escritura legible. Podemos incluso
destacar algunas palabras clave para facilitar la corrección.
La limpieza
en la presentación también es importante. En caso de error,
antes que emborronar o utilizar paréntesis que pueden dar lugar
a confusión, es aconsejable aplicar líquido corrector o
tachar las palabras por encima con una sola raya horizontal.
Conviene responder,
si es posible, a todas las preguntas, aunque sólo podamos poner
un breve esquema. Una pregunta sin nada escrito equivale ya de entrada
a cero puntos.
En ocasiones
puede ocurrir que nos quedemos "en blanco" ante alguna de las
preguntas; en ese momento es especialmente necesaria la serenidad. La
información está en nuestro cerebro. No hay que precipitarse.
Tan solo es cuestión de esperar con tranquilidad a que el recuerdo
aflore, y en pocos segundos muy probablemente podremos recuperar la información.
Aunque hayamos
terminado el examen podemos aprovechar todo el tiempo disponible para
su realización, revisando detenidamente el contenido. Aún
estamos a tiempo de rectificar cualquier error que se nos haya podido
pasar.
Los exámenes
orales, al igual que el estudio de las ciencias y la realización
de pruebas numéricas, requieren también un tratamiento específico
tanto en su preparación como en su ejecución. Por su extensión
e importancia merecen ser objeto de análisis pormenorizado en futuros
artículos.
Un consejo
para concluir: una vez que se conoce el resultado del examen, si no se
está conforme con la nota no hay que dudar en acudir a la revisión;
es además una oportunidad de aprender y mejorar para la siguiente
prueba.
Ánimo
y ¡mucha suerte!.
Guillermo
Ballenato es Psicólogo - Formador. Es
responsable del Programa de Mejora Personal y de la Asesoría de
Técnicas de Estudio de la Universidad Carlos III de
Madrid gballenato@correo.cop.es
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