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todo, por la mirada nueva y única que ha tenido de comprender y
explicar el profundo latir de los gestos de una cotidianidad. Su ausencia,
fruto fundamentalmente de los largos conflictos bélicos entre la
monarquía española y los territorios holandeses a lo largo
de los siglos XVI y XVII, ha mermado el conocimiento de su arte entre
nosotros y elevado a la categoría de mito la extraña singularidad
que representa.
Una verdadera
expectación ha rodeado por tanto la presentación de la muestra
"Vermeer y el interior holandés" en el Museo del Prado:
es la acogida de un museo extraordinario a la pintura que completa su
colección de arte europeo del siglo XVII, el encuentro con una
Holanda que fue enemiga y que tiene claves desconocidas para el gran público
español.
Reconocimiento
tardío
Pocos
datos han trascendido del método de trabajo o de la propia vida
de Vermeer: pintor de escasísima obra –sólo se tienen constancia
de 35 lienzos en todo el mundo-, que vivió recluido en su pueblo
–sólo se ha reseñado una visita a La Haya- y que vivió
rodeado de su extensa familia, sin riqueza ni gloria. Sus obras fueron
recibidas en su tiempo sólo como peculiaridades y nunca como verdaderos
hallazgos en la comunicación artística y la comprensión
de la existencia humana. Es sólo a partir del siglo XIX cuando
su obra emerge con una fuerza única de entre los muchos pintores
que la Holanda del siglo XVII produjo y entre los que se encuentra el
que fue considerado el rey del arte holandés, Rembrandt.
Su presencia
estos días en las salas del Prado, rodeado de Velázquez,
Rembrandt o Frans Hals, rehace y completa la narración de la historia
de la pintura en la que su especial aliento carecía de un espacio
propio. Pero sobre todo consigue exhibir el camino solitario que un hombre
instauró en el conjunto de expresiones artísticas de la
Europa del siglo XVII.
Diálogo
sugerido
Un
total de cuarenta y una pinturas componen la muestra "Vermeer y el
interior holandés", patrocinada por el BBVA, y que estará
en las salas del Prado hasta el 18 del próximo mes de mayo. Su
planteamiento trata de profundizar en las relaciones artísticas
que existieron entre Vermeer y algunos de sus contemporáneos, como
Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Gerrit Dou y Pieter de Hooch, entre otros,
centrándose en la comparación de sus escenas de interiores.
Además de mostrar la variedad de la pintura de este género
en los Países bajos en este siglo y la gran calidad individual
de los pintores seleccionados, la muestra pretende contribuir a una mejor
comprensión del arte y la trayectoria de Vermeer.
Varias de sus
obras maestras están presentes en esta exposición: "El
Arte de la Pintura", del Kunsthistorisches Museum de Viena, "Mujer
con Balanza", de la National Gallery de Washington o "Mujer
con Aguamanil", del Metropolitan Museum de Nueva York. Y junto a
estas, las no menos bellas de "Dama virginal", "La carta
de amor", "Mujer con sombrero rojo", "Dama con dos
caballeros" "Lectora en la ventana" y "Mujer con collar
de perlas".
Nueve telas
que se manifiestan singulares entre las poderosas creaciones de sus compatriotas
Gerrit Dou, Gerard Ter Borch, Jan Steen, Pieter de Hooch, Gabriel Metsu,
Frans van Miréis, Nicolaes Maes y Emanuel de Witte, pero que también
encuentran el complemento de una misma atmósfera artística
y social. Todos ellos fueron sin duda amantes de los pequeños gestos
de unos seres anónimos que llevaron al lienzo para sugerir la vida
de la sociedad de su época. Son la rúbrica común
del interior de una Holanda doméstica y económicamente pujante.
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