Armonía y luz

Gran ausente de los museos españoles y pintor de extraordinaria trascendencia en la manifestación pictórica, Vermeer viene al Museo del Prado enfrentando su quietud y espiritualidad a las visiones más esquivas y, a la vez, más directamente reales de algunos de sus contemporáneos. El interior holandés que entre todos ellos dibujan son el retrato magnífico de una sociedad y sus costumbres.
El Museo del Prado reúne parte de la obra de Vermeer y otros grandes pintores del interior holandés del siglo XVII

Madrid. JULIA FERNÁNDEZ
De todos los grandes maestros de la pintura europea que no se encuentran representados en las colecciones del Museo Nacional del Prado, Johannes Vermeer de Delft es sin duda uno de los más importantes en cuanto no sólo a su repercusión en la historia del arte pictórico sino, y

sobre todo, por la mirada nueva y única que ha tenido de comprender y explicar el profundo latir de los gestos de una cotidianidad. Su ausencia, fruto fundamentalmente de los largos conflictos bélicos entre la monarquía española y los territorios holandeses a lo largo de los siglos XVI y XVII, ha mermado el conocimiento de su arte entre nosotros y elevado a la categoría de mito la extraña singularidad que representa.
Una verdadera expectación ha rodeado por tanto la presentación de la muestra "Vermeer y el interior holandés" en el Museo del Prado: es la acogida de un museo extraordinario a la pintura que completa su colección de arte europeo del siglo XVII, el encuentro con una Holanda que fue enemiga y que tiene claves desconocidas para el gran público español.

Reconocimiento tardío

Pocos datos han trascendido del método de trabajo o de la propia vida de Vermeer: pintor de escasísima obra –sólo se tienen constancia de 35 lienzos en todo el mundo-, que vivió recluido en su pueblo –sólo se ha reseñado una visita a La Haya- y que vivió rodeado de su extensa familia, sin riqueza ni gloria. Sus obras fueron recibidas en su tiempo sólo como peculiaridades y nunca como verdaderos hallazgos en la comunicación artística y la comprensión de la existencia humana. Es sólo a partir del siglo XIX cuando su obra emerge con una fuerza única de entre los muchos pintores que la Holanda del siglo XVII produjo y entre los que se encuentra el que fue considerado el rey del arte holandés, Rembrandt.
Su presencia estos días en las salas del Prado, rodeado de Velázquez, Rembrandt o Frans Hals, rehace y completa la narración de la historia de la pintura en la que su especial aliento carecía de un espacio propio. Pero sobre todo consigue exhibir el camino solitario que un hombre instauró en el conjunto de expresiones artísticas de la Europa del siglo XVII.

Diálogo sugerido

Un total de cuarenta y una pinturas componen la muestra "Vermeer y el interior holandés", patrocinada por el BBVA, y que estará en las salas del Prado hasta el 18 del próximo mes de mayo. Su planteamiento trata de profundizar en las relaciones artísticas que existieron entre Vermeer y algunos de sus contemporáneos, como Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Gerrit Dou y Pieter de Hooch, entre otros, centrándose en la comparación de sus escenas de interiores. Además de mostrar la variedad de la pintura de este género en los Países bajos en este siglo y la gran calidad individual de los pintores seleccionados, la muestra pretende contribuir a una mejor comprensión del arte y la trayectoria de Vermeer.
Varias de sus obras maestras están presentes en esta exposición: "El Arte de la Pintura", del Kunsthistorisches Museum de Viena, "Mujer con Balanza", de la National Gallery de Washington o "Mujer con Aguamanil", del Metropolitan Museum de Nueva York. Y junto a estas, las no menos bellas de "Dama virginal", "La carta de amor", "Mujer con sombrero rojo", "Dama con dos caballeros" "Lectora en la ventana" y "Mujer con collar de perlas".
Nueve telas que se manifiestan singulares entre las poderosas creaciones de sus compatriotas Gerrit Dou, Gerard Ter Borch, Jan Steen, Pieter de Hooch, Gabriel Metsu, Frans van Miréis, Nicolaes Maes y Emanuel de Witte, pero que también encuentran el complemento de una misma atmósfera artística y social. Todos ellos fueron sin duda amantes de los pequeños gestos de unos seres anónimos que llevaron al lienzo para sugerir la vida de la sociedad de su época. Son la rúbrica común del interior de una Holanda doméstica y económicamente pujante.

 

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