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¿Para
qué la ciencia?
(...) Aunque la cultura no es sino todo aquello que ocurre en una comunidad,
la cultura científica necesita más ayudas del Estado y de
las instituciones que éste controla. La ciencia y los científicos
españoles necesitan ayuda, ayuda sistemática, constante,
para que la ciencia se inserte en la cultura más básica
y popular. Las instituciones científicas españolas no son
todavía lo suficiente poderosas, están lo suficientemente
organizadas o son lo suficientemente conscientes como para llevar a cabo
esa tarea, y los científicos que alzan su voz en este sentido no
son demasiados.
Uno de los
nutrientes fundamentales de la cultura de un pueblo se forma en la escuela,
por supuesto. De manera que se debería mejorar la presencia y situación
de la ciencia en la enseñanza básica. Especialmente maltratada
se encuentra la asignatura de Física y Química, y los gritos,
entre desesperanzados e irritados, de los profesores de instituto se pueden
oír desde hace mucho por todo aquel que tenga oídos. Ahora
bien, de nuevo en este punto es preciso ser cuidadosos y buscar mejoras
educativas en las que ciencias y humanidades vayan de la mano. No se trata,
no se debe tratar nunca, de una guerra entre ciencias y letras, con el
peregrino argumento de que vivimos en un mundo dominado por la ciencia
y la tecnología. Precisamente porque en buena medida es así
y porque la razón económica, que encuentra en la tecnociencia
un vital aliado, se ha constituido en todopoderosa ideología, no
debemos perder de vista el horizonte de la humanidad, el qué queremos
hacer con nuestras vidas. No nos debemos dejar arrastrar por la dinámica
o deseos de los científicos o tecnocientíficos, que con
frecuencia se mueven por lógicas internas a su profesión
y disciplina. El I+D+i es un arma cargada de ideología, de inmensos
beneficios posibles, pero también del no menos tremendo peligro
de llevarnos a lugares a los que ni siquiera nos hemos planteado si queremos
ir. Por otra parte, en sociedades democráticas no es admisible
que los poderes públicos no favorezcan discusiones abiertas y razonablemente
rápidas de cuestiones que suscita la ciencia actual y cuyas implicaciones
afectan a todos. Estoy pensando naturalmente en el caso de las células
madres, en el que el Gobierno ha llevado a cabo una política oscura,
lenta y en la que muchos han encontrado o creído encontrar indicios
de parcialidad ideológica: ¿por qué no se ha debatido en
el Parlamento, como se hace con otros casos, la composición de
la comisión creada para estudiar el problema?
Es preciso
que la ciencia forme parte en España de nuestro discurso civil,
que exista sobre ella un pacto de Estado, cuanto más independiente
de avatares políticos, mejor. Pero nunca, insisto en este punto,
un pacto, un discurso, ajeno a lo que, para entendernos, podemos llamar
humanidades. Necesitamos ver la ciencia, sus contenidos y posibilidades
que abre, desde el prisma de la vida, de todo aquello que lenta y laboriosamente
ha conducido a crear lo que somos, a configurar la condición humana.
Si no logramos en las cuestiones fundamentales de nuestra existencia un
consenso ético que sea fruto de un debate social lo más
amplio y libre de prejuicios posible, ilustrado y enriquecido por todos
esos saberes (como la filosofía, las culturas y lenguas clásicas,
el derecho o la historia) que han ennoblecido a los humanos y dejamos
que sean los avances tecnocientíficos los que establezcan lo que
es ético y lo que no lo es, si no integramos la ciencia en la vida,
en el lenguaje, en la historia, en la cultura, en nuestras esperanzas
y desesperanzas, en nuestras ilusiones y en nuestros temores, si no logramos
todo esto no será extraño que haya quienes insistan -y habrá
que decir con dolor: "con razón"- en la existencia de dos culturas,
separadas, como señaló Charles Snow, por un abismo de profunda
incomunicabilidad. Y lo peor es que todos perderemos con ello.
José
Manuel Sánchez Ron
EL PAÍS. 7 de enero de 2003.
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