En la presente colaboración, su autora, especialista en el ámbito educativo, abre un espacio de reflexión sobre la situación de los centros de enseñanza y de los propios docentes en un momento en que toda la sociedad afronta una realidad de un horizonte cambiante, repleto de incertidumbres, que incita a cuestionar fines, medios y métodos no sólo en la educación sino en otros muchos órdenes de la existencia.

El mito de la autoevaluación
del docente

María Amparo Calatayud Salom
Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación
de la Universidad de Valencia.

OMO era  de  esperar, y  en  los

tiempos que corren, la evaluación se ha convertido durante los últimos años en uno de los temas estrella de la educación. La sociedad en la que vivimos, multicultural, diversa, mediática, técnica y globalizadora, marca nuevos desafíos a los que no es ajena la educación y los docentes. En un mundo en el que los cambios acelerados, el pluralismo, la carencia de ideologías sólidas, la debilidad de las creencias, el individualismo hedonista y narcisista, etc., propios de una cultura postmoderna en la que se anteponen lógicas de mercado que piden eficiencia y calidad en educación, la evaluación se ha convertido, en algunos casos, en arma de doble filo que sirve a intereses que no se corresponden con los nobles fines de la educación para todos y para cada uno.
Los centros educativos se enfrentan actualmente a un periodo de transformación, reforma y reestructuración, en el que se trata de instaurar un tipo de educación inmersa en el "paradigma de la calidad". Calidad en la que verdaderamente concurren innumerables intereses políticos, sociales, económicos, ideológicos, éticos, etc., que la convierten en una actividad altamente compleja y difícil, entre otras muchas razones, porque deberíamos de preguntarnos: calidad en educación, pero, ¿con respecto a qué? o ¿para qué?, etc. Indudablemente, entre otros muchos supuestos, hablar de calidad supone de forma inevitable enfatizar una determinada cultura autoevaluativa que incluya el cuestionamiento de los procesos que se desarrollan en el centro y la exploración de posibles alternativas de mejora.

Falta de motivación y de incentivos

Para todos aquellos/as profesores/as que hemos trabajado en la escuela pública, así como también para quienes hemos sido asesores/as de Formación en Centros de Formación del Profesorado, Innovación y Recursos Educativos (CEFIRE, en la ámbito de la Comunidad Valenciana) observamos una falta de motivación e incentivos entre los docentes para estimular la indagación y formación en una cultura autoevaluativa.
Los docentes están tan faltos de condiciones y condicionantes que ayuden a investigar sobre su propia práctica educativa que todo aquello que se acompañe del término evaluación suena a control, fiscalización, etc. Están necesitados de una metodología que les ayude a desarrollar una determinada comunicación profesional transversal en un contexto de confianza mutua que estimule a los miembros del centro a compartir conocimientos y a exponer su práctica a los colegas.
Indudablemente a ello no se llega de forma automática sino que hace falta formación para cuestionar y reinventar los procesos educativos. Empeñarse en que las cosas cambien exige un compromiso ético, unos recursos, un tiempo "para llegar a digerirlo", una formación, por supuesto, así como, unas condiciones institucionales que hagan viable dicho cambio. Cambio que necesariamente ha de dirigirse hacia un uso de la evaluación entendida como estrategia para la mejora de la profesionalidad docente. Sin la consecución de este claro objetivo, la evaluación de la práctica docente que no tenga una implicación directa en el quehacer educativo se convierte en papel mojado de cara a la galería, pero no de cara a la mejora de la propia institución escolar, así como tampoco, de cara a la mejora de la calidad de la enseñanza.

Cultura autoevaluativa

Si bien es cierto que la calidad y la evaluación forman parte de una misma moneda, también lo es, que para iniciar el camino hacia la calidad hemos de empezar por intentar asumir una misma cultura autoevaluativa. Evaluar por evaluar no tiene sentido. El sentido sólo lo encontraremos si la evaluación se convierte en una ocasión excelente de aprendizaje. Pensamos que es imposible mejorar e innovar la práctica, si los docentes no introducen prácticas evaluadoras sistemáticas en su actividad docente habitual.
Pero quizás, lo que debemos de asumir en primer lugar, es que para profundizar en el mito de la autoevaluación del docente es necesario creérsela, y, como es lógico, ello no se puede conseguir si el profesorado no posee una cultura formativa. Por supuesto, que no sólo hay que creérsela sino también sentir la necesidad de aplicarla. Sólo cuando la evaluación de la práctica es iniciada por el profesorado como respuesta a sus necesidades e intereses es cuando ofrece verdaderas garantías de promover el desarrollo profesional e innovación de su práctica docente.
Para ello, el profesorado ha de entender la autoevaluación como el modelo que ofrece más posibilidades, compromiso, información, etc., para ayudarnos a detectar y tomar decisiones sobre los puntos fuertes y débiles de nuestra práxis, con la intención de mejorarla. Entenderla de esta forma es requisito fundamental para que desaparezcan de la mentalidad de los docentes las siguientes percepciones: el uso de la evaluación del profesorado como amenaza para su autonomía personal, como forma de inspección interna y con el objeto de poder identificar a profesores competentes e incompetentes, entre otras muchas creencias.
Pensamos que hay que recuperar el genuino valor de la autoevaluación. Valor que pasa por el reconocimiento de ésta como: a) reflexión sobre sus éxitos y fracasos, y basándose en esta reflexión modificar su forma de enseñar, de evaluar, etc.; b) evaluación del profesor, por y para él; c) herramienta apropiada para tener una percepción más fiel de su actuación en el aula; y d) instrumento para poder identificar cuáles son sus necesidades de formación y crear estrategias para satisfacerlas, mejorando con ello su ejercicio profesional.

Mejora de la calidad de los centros

Hablar de estos supuestos supone (realizando un símil médico) inyectar al profesorado una vacuna que predisponga de forma favorable hacia un uso de la autoevaluación como "proceso facilitador" hacia la mejora de la calidad de los centros educativos. Todo ello, no es una moda ni, por supuesto, algo efímero a lo que se le está dando actualmente gran énfasis, dada la obsesión que existe en estos momentos por la "pedagogía de la calidad en educación" sino que la mejora docente a través de la autoevaluación, es una cuestión que ha preocupado y ocupado desde hace varias décadas. Siendo considerada como instrumento de mejora e innovación de la enseñanza, así como también, de desarrollo profesional del docente.
Finalizamos resaltando que, pese al trabajo y a las dificultades que podamos encontrar al desarrollar las prácticas autoevaluativas, hay que reconocer que éstas nos brindarán la posibilidad de incrementar la calidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje, así como, nos ayudarán a planificar nuestro propio desarrollo profesional. Como argumenta Sternberg "nunca es demasiado tarde, pero nunca es demasiado temprano". Todo depende de apostar o no por ella. Es necesario profundizar en el mito de la autoevaluación y empezar a crear nuestro propio destino. Es cierto que no se conoce la luz si antes no has vivido en la oscuridad.

 

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