|
Madrid.
JULIA FERNANDEZ
La esencial
virtud del color de expresar y producir respuestas emocionales, sin soporte
de forma y sobre culturas y épocas, es, dentro de la búsqueda
simbólica, el más difícil y puro de los caminos experimentados
en el arte occidental: es el retorno a la más sencilla de las propuestas
y la más compleja, a la vez, de descifrar. Una opción que,
a finales del XIX, comenzaron a abordar los impresionistas y que sólo
en las primeras décadas del XX llegaría a establecer unas
bases tan sólidas que ya pertenecen al catálogo de posibilidades
expresivas que cualquier artista puede desarrollar. Pero, en sus inicios,
sólo la búsqueda valiente y sin ataduras de algunos creadores
como Robert y Sonia Delaunay consiguieron vencer resistencias y otorgar
al elemento cualitativo por excelencia de la pintura, el color, categoría
de casi protagonista absoluto, sin mermar en nada la verdad de lo expresado
y sí aumentando la belleza emocional de sus obras.
Catalizar
procesos
Esta
es la gran deuda que el arte del siglo XX tiene para con el matrimonio
formado por Robert Delaunay y Sonia Terk, dos artistas unidos en su visión
creativa que catalizaron procesos en marcha para lograr la mayor transgresión
llevada a cabo por el arte en siglos: la abstracción. Y especialmente
expresada a través del color. Apollinaire describía en 1912
el trabajo de su amigo Robert Delaunay con estas palabras: "Inventa
en silencio un arte puramente del color. Nos dirigimos así hacia
un arte totalmente nuevo que será, respecto de la pintura, tal
como se la concebía hasta hoy, lo que la música es respecto
de la literatura. Este arte tendrá con la música tanta relación
como puede tener con ella un arte que es su contrario. Será pintura
pura." Así es como fue augurado el devenir de la pintura no
figurativa que invadiría las salas y mercados de todo el siglo.
Es este comienzo
de todo un periodo pictórico es lo que nos muestra la exposición
retrospectiva que estos días el Museo Thyssen-Bornemisza mantiene
abierta en Madrid, y que viene a reivindicar el decisivo papel que Robert
Delaunay tuvo en los inicios y consolidación de la abstracción
y el imprescindible complemento que supone la visión artística
y la obra de Sonia. Organizada conjuntamente con la Fundación Caja
Madrid y concebida como acto principal conmemorativo de los diez años
de apertura del Museo, la muestra Robert y Sonia Delaunay (1905-1941)
recorre a través de setenta obras las sucesivas etapas en las que
se implicaron y distanciaron de las corrientes vanguardistas dominantes.
Desde los primeros pasos, influidos por el neoimpresionismo, el simbolismo
y el fauvismo, hasta el pleno reconocimiento de su arte abstracto, ya
el década de 1930. En medio, la creación de un lenguaje
pictórico propio, considerado ya como uno de los orígenes
de la abstracción; un dilatado exilio voluntario en la Península
Ibérica; y una difícil etapa que se abre al regresar definitivamente
a París, en 1921.
Un recorrido
que atraviesa más de treinta años marcados por la ebullición
vanguardista, por la I Guerra Mundial, por las consecuencias de la contienda,
por la personalidad de ambos artistas y por la teorización de su
práctica pictórica. Pero, sobre cualquier otro aspecto,
marcados por la búsqueda de una pintura radicalmente pura.
|
|