En el presente artículo, su autor reflexiona sobre qué hacer y cómo hacer para favorecer la lectura de la buena literatura entre los jóvenes, así como sobre el papel que el docente debe desempeñar en ese proceso por el que, según explica, "a través de textos literarios, ha de perseguirse ir educando a los jóvenes lectores para que vayan adquiriendo el hábito de la lectura reflexiva, desarrollando su capacidad crítica y descubriendo los múltiples valores que la literatura encierra.

¿Cómo favorecer los hábitos lectores de la buena literatura?

Fernando Carratalá Teruel
Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de Instituto

UE la lectura ha entrado en crisis

es algo que nadie pone en duda. "Se admite como un hecho probado -escribía Camilo José Cela el 29 de marzo de 1993, en el polémico artículo "El hábito de la lectura", publicado en el diario ABC- el que la gente, no sólo en España sino en el mundo entero, lee menos cada día que pasa y, cuando lo hace, lo hace mal y sin demasiado deleite ni aprovechamiento". Porque, en efecto, lo que está en crisis es la identidad del lector, ya que, además de leerse cada día menos, se lee cada vez peor: sin ese aprovechamiento que permite al lector de los buenos libros "conversar con los mejores hombres de los siglos pasados"; y sin ese deleite -que implica el amor por la lectura- capaz de conmutar las horas aburridas por otras que excitan el placer del ánimo. ¡Y no será porque en España no existen, a precios asequibles, buenas ediciones de buena literatura!, puntualiza Cela.
Frente a los que se acercan a la lectura desde posiciones pragmáticas -en busca de satisfacer necesidades materiales-, y frente a los que buscan en la lectura un simple entretenimiento que no exige el menor esfuerzo -así, el tiempo gastado en leer periódicos- o que merma la capacidad racional -como es el caso de quienes se embebecen con cómics sin el menor valor artístico, ya sea plástico o lingüístico-, Pedro Salinas traza el perfil del auténtico lector: "Se define al lector -escribe Salinas en el epígrafe 'Leedores y lectores', del ensayo 'Defensa de la lectura', incluido en El defensor- simplicísimamente: el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los versos del libro, y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún ánimo, en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social escala, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo".
Este es el reto que parece que, indirectamente, nos propone Pedro Salinas a los docentes: formar buenos lectores en una sociedad que, cada vez más, da la espalda a la lectura; lograr que los adolescentes lean por el puro placer espiritual de leer, y que no exijan de tal actividad "nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo". Y el único camino para lograr este acercamiento a la lectura por el puro gusto de leer es el de garantizar una cabal comprensión de lo que se lee, evitando posar los ojos ante una colección de "signos sin significancia", donde nada tendría sentido -por emplear la acertada expresión de Salinas-. A partir de aquí, y soslayando el riesgo de "leer por los sentidos, pero sin sentido", ya es relativamente sencillo disfrutar de lo que se lee y -en nuestro caso- propiciar un acercamiento de los alumnos a los textos literarios. Este tránsito de la comprensión de un texto, pasando por su análisis y comentario, al deleite estético -o, dicho de otro modo, de la "habilidad lectora" al "placer" de la Literatura- debe ser cuidadosamente conducido por los docentes, quienes en último término somos los mediadores entre los alumnos y los textos literarios, y los encargados de ir desarrollando en cada uno de ellos la necesaria -y personal- conciencia de lector; tal y como queda de manifiesto en las nuevas "enseñanza mínimas" para la ESO y el Bachillerato, establecidas en el Real Decreto 3473/2000, de 29 de diciembre (BOE de 16 de enero de 2001).

Libros con textos literarios... ¿para adolescentes?

Son más bien escasas en número las editoriales que publican libros con antologías de textos literarios -en concreto, de narrativa o de poesía- dirigidos expresamente a un lectores juveniles, con todas las peculiaridades que una edición de este tipo comporta. Y pueden considerarse excepcionales las ediciones escolares de textos literarios pensadas para ser usadas en el aula, capaces de orientar la comprensión de este tipo de textos y, por tanto, de despertar en los jóvenes el goce estético. Por lo general, las antologías de textos destinadas expresamente a jóvenes -y que deben despertar y estimular en ellos la necesidad y el placer de la lectura- tropiezan con la insalvable dificultad de que se presentan en ellas, como adecuados para la capacidad lectora de un joven, fragmentos literarios detrás de cuya aparente sencillez existe una complejidad técnica que los hace herméticos. Y es que no siempre resulta fácil acercar esos grandes autores que forman ya parte de nuestra tradición cultural -como puedan ser los del Novecentismo o los de la Generación del 27, pongamos por caso- a jóvenes lectores; entre otras razones, porque tales autores no pretendieron poner sus obras precisamente en manos de lectores poco experimentados en el "arte de la lectura", lo cual no es en modo alguno incompatible con el hecho de que hayan podido componer, ocasionalmente, textos que, por su simplicidad técnica y contenido, hayan hecho las delicias de los más jóvenes.
En efecto, existen antologías literarias -tal vez demasiadas- destinadas a jóvenes lectores que parecen pensadas y realizadas sin un riguroso análisis de los textos seleccionados, sin una cuidadosa reflexión previa sobre la naturaleza y estructura de tales textos. Y si a este grave defecto añadimos la no menos grave costumbre -todavía frecuente en la práctica escolar, aunque ya vaya batiéndose en retirada- de confiar al azar la elección de los textos literarios, no es de extrañar que, en lugar de aficionar a los jóvenes escolarizados a que lean -y a que lean precisamente la mejor Literatura, con mayúscula-, se consiga precisamente lo contrario: un paulatino desinterés ante la belleza del lenguaje por parte de unos lectores juveniles que, antes o después -más bien antes- terminarán por aborrecer cualquier manifestación literaria, escrita o no. Porque es lo cierto que algunos docentes -cada vez menos, también es verdad- abren por una página cualquiera ese libro con textos literarios que siempre tienen a mano, y ofrecen a los alumnos textos que a veces no resultan adecuados a su capacidad de comprensión, sea por las dificultades que su contenido pueda plantear, sea porque no reúnen aquel mínimo de calidades lingüísticas y literarias que los hacen aptos para favorecer un dominio cada vez mayor del idioma por parte de los alumnos y un progresivo desarrollo de sus capacidades estéticas.

La responsabilidad del docente

A través de la lectura de textos literarios, ha de perseguirse ir educando a los jóvenes lectores para que vayan adquiriendo el hábito de la lectura reflexiva, desarrollando su capacidad crítica y descubriendo los múltiples valores que la Literatura encierra. Por ello, a los docentes nos corresponde la irrenunciable obligación de proporcionarles textos literarios con indiscutibles valores recreativos, artísticos y formativos cuya lectura les permita el enriquecimiento de sus vivencias personales, así como la estimulación de su sensibilidad -con objeto de despertar en ellos el interés por la dimensión estética del texto literario-. De esta forma, iremos potenciando el desarrollo de actitudes favorables hacia la lectura que, sin duda, habrán de contribuir a su formación integral de los adolescentes como personas; porque, parafraseando a Robert Hugues, la lectura es uno de los caminos más contundentes para que la juventud llegue a ser libre, piense por sí misma y organice su presente y futuro a su imagen y semejanza.
Es, pues, innegable que la lectura colabora poderosamente en ese proceso de aprender a ser uno mismo, objetivo último de toda educación que convierte la dignidad de la persona en su razón de ser. En este sentido, la lectura placentera de buenos libros está llamada a convertirse en el mejor aliado para contribuir a ese desarrollo global y armónico de la persona, potenciando sus capacidades cognitivas, el sentido estético, la capacidad crítica y creativa e, incluso, la dimensión espiritual y trascendente.
Cada vez es más frecuente escuchar a los profesores de Educación Secundaria quejarse del poco interés que sus alumnos demuestran por la lectura. Aquellas obras fundamentales de nuestra historia literaria -que en tiempos no muy lejanos formaban parte del acervo cultural de cualquier adolescente que aspiraba a ingresar en la Universidad- resultan hoy desconocidas para demasiados alumnos; y este desconocimiento frena el desarrollo armónico de su personalidad, ya que el mundo de la Literatura -insistimos una vez más- no puede quedar al margen de una educación integral que persiga el aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos y espirituales de la persona.
Son muchos los alumnos de Educación Secundaria que, a pesar de los esfuerzos de sus profesores por despertar en ellos el sentido de la apreciación estética que el acercamiento a cualquier texto literario lleva aparejado, rechazan de plano la lectura de la poesía épica medieval, de las Églogas de Garcilaso de la Vega, de algunas comedias de Lope de Vega, de los grandes poemas de Luis de Góngora...; obras cuya lectura -y estudio en su contexto histórico- contemplan, ciertamente, los currículos oficiales de Lengua Castellana y Literatura.
El desinterés de muchos alumnos por la Literatura -y no solo por la medieval o la del Siglo de Oro, sino por la recogida en los currículos normativos, sea de la época que fuere- ha llevado a ciertos profesores a buscar en la literatura juvenil actual un revulsivo que pueda despertar la afición por la lectura. Pero esta actitud no es compartida por otros profesores, que consideran este tipo de lectura como un simple divertimento, sin trascendencia alguna en la formación cultural básica de los alumnos, y que se limitan a exigir -no sin cierta razón- el conocimiento de la literatura que el currículo oficial preceptúa, para garantizar, así, ese mínimo nivel cultural con el que se debe abandonar la escolarización obligatoria.
Una posición ecléctica, por la cual abogamos, combinaría la lectura de las grandes obras de autores consagrados de la -llamémosla así- literatura intemporal -lectura guiada por el docente, para asegurar una comprensión más satisfactoria- con obras propias de la literatura juvenil actual, capaces -por su temática y lenguaje- de intensificar el placer de leer y de implicar al lector en dichas obras. De esta forma, la lectura juvenil actual, más que un fin en sí misma, se convertiría en un medio para acceder al conocimiento y disfrute de esa "otra" literatura que cualquier persona medianamente instruida debería saber apreciar.
La literatura considerada como "clásica" -con independencia del contexto histórico-social en que se ha producido- debe seguir ocupando un lugar primordial en la formación de los adolescentes y, muy en particular, de los escolarizados en la Educación Secundaria, tal y como propugna la nueva legislación que, en este aspecto, coincide con la normativa recogida en la LOGSE. En una etapa decisiva para la conformación de la personalidad, "lo clásico" -verdadero sostén de la civilización occidental y, por tanto, de nuestra propia identidad- es un referente fundamental para enriquecer el acervo cultural y desarrollar la sensibilidad artística. Es, pues, necesario "recuperar" el prestigio de "lo clásico" -dentro y fuera del aula-, en aras de una educación integral más eficaz, tanto desde un punto de vista intelectual como estético y, por tanto, profundamente humano.
Por lo general, el posible rechazo de obras tenidas como "clásicas" por parte de un sector del alumnado ha podido venir motivado por dificultades de comprensión de unos textos literarios que exigen ese esfuerzo lector sin el cual no es posible un mínimo desarrollo de las capacidades comunicativas. A este respecto escribe J. J. Armas Marcelo en el artículo "De la lectura", publicado en el diario ABC el 18 de mayo de 1996: "La moda es ignorar que la lectura es una acción única, solitaria, demorada y reflexiva, que nadie debe compartir con nada ni nadie, que no admite medias tintas, y cuya exigencia fundamental es una exclusividad de doble vertiente. La lectura es exclusiva y excluyente, requiere olvidarnos de la tendencia al mínimo esfuerzo, nos obliga a robarle el tiempo a otras acciones y exige una dedicación hipnótica que nos conmueve tanto que la lectura de ese libro precisamente se vuelve angustia cuando estamos ya acabando de leerlo. Porque, ¿encontraremos otro hallazgo semejante, otro libro parecido al que leemos en ese momento, cuando hayamos terminado de leer su última página?"
Sin embargo -y, por fortuna-, son bastantes las editoriales que vienen publicando libros de "literatura clásica", dirigidos expresamente a lectores juveniles, con todas las peculiaridades que una edición de este tipo comporta: libros que abordan cualquier género literario de cualquier época, en selecciones antológicas o bien en textos íntegros, siempre elegidos en razón de su sencillez, amenidad y proximidad a la sensibilidad de un lector actual; y en ediciones preparadas expresamente por profesores de Educación Secundaria con probada experiencia de aula, y conocedores, por tanto, de la idiosincrasia de los lectores a quienes están destinadas. Es de justicia reconocer aquí, por tanto, ese esfuerzo editorial -sin subvenciones institucionales- que viene apostando por "la juventud de lo clásico" y que nos proporciona a docentes y discentes ediciones de literatura clásica, pensadas para ser usadas en el aula -insistimos: y fuera de ella-, y capaces de orientar la comprensión de este tipo de textos y, por tanto, de despertar en los jóvenes el goce estético. (A título de ejemplo, y entre las varias editoriales que podrían citarse y que realizan encomiables esfuerzos por poner a disposición de los jóvenes la mejor literatura, citamos tres, en razón, también del volumen de su producción editorial: Grupo SM, Castalia, y Espasa-Calpe).

La labor del docente en la formación del lector

Ante la abundancia creciente de material impreso, surgen, al menos, dos inquietantes preguntas: ¿Qué se lee? ¿Y, cómo se lee? Dado el poco tiempo de que dispone el individuo actual para dedicarlo a la lectura, es preciso pronunciarse -en la línea de Pedro Salinas- "en favor de los pocos libros bien leídos, y en contra de los muchos leídos malamente". Se impone, pues, la vía de la selección. Y somos precisamente los docentes quienes debemos ofrecer a nuestros alumnos títulos rigurosamente seleccionados. "¿Que no pueden ser muchos? -insiste Salinas- Pues que sean buenos". Capital importancia tiene, por tanto, la elección de los textos que deben servir para despertar el interés de los jóvenes por la Literatura. Y para dicha elección, se podrían tomar en consideración los criterios selectivos que a continuación se recogen.

Adecuación de los textos al nivel de maduración intelectual de los lectores (del "niño" del primer ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria al "joven" del segundo ciclo hay una considerable distancia psicológica), de tal manera que tales textos no pongan excesivas limitaciones a las posibilidades reales de comprensión y expresión de los alumnos a quienes van destinados; porque, en caso contrario -si las dificultades lingüísticas se acumulan-, los lectores de menor preparación intelectual se quedarían en los puros signos -convertidos en "signos sin significancia" -en palabras, nuevamente, de Salinas-, y no se favorecería el paso a los significados, única forma de percibir el sentido de los textos y de alcanzar su comprensión global.

Extensión de los textos ajustada a la "capacidad lectora" de los destinatarios, de manera que aquélla será mayor o menor en razón de la mayor o menor "habilidad lectora" de éstos. En cualquier caso, los textos tendrán una extensión lo suficientemente adecuada como par no producir en los lectores aquella fatiga que les llevaría a perder el interés por lo que están leyendo.

Enriquecimiento, a través de los textos, del conocimiento que los jóvenes tienen de la realidad. Es innegable que la lectura colabora poderosamente en ese proceso de aprender a ser uno mismo, objetivo último de una educación que debe ir más allá de la mera transmisión mecánica de conocimientos. Por ello, la lectura de buenos libros ayuda a que el alumno desarrolle sus capacidades tanto cognitivas como afectivas, aprendiendo a a ser él mismo.

Desarrollo paulatino, por medio de los textos, de la sensibilidad de los jóvenes, con objeto de despertar en ellos un progresivo interés por los valores estéticos. Debe tenerse presente, no obstante, que un texto puede poseer una altísima calidad literaria y resultar del todo inadecuado para ser entendido y valorado por jóvenes lectores algo "inmaduros"; tanto más inadecuado cuanto más difícil sea el estilo exhibido por su autor, en especial si la complejidad del léxico, la presencia continua de complicados enlaces sintácticos propios de la subordinación, o la abundancia de originales recursos estilísticos obstaculizan, en alguna forma, la comprensión del sentido global de dicho texto. Aquí radica, a nuestro entender, una de las causas del rechazo, demasiado generalizado, que la literatura medieval o la del Siglo de Oro provoca en los alumnos de la Educación Secundaria Obligatoria; alumnos que deben afrontar, en tercer curso y con 14 años recién cumplidos, la lectura de fragmentos de La Celestina, de poemas místicos de san Juan de la Cruz, de sonetos culteranos y conceptistas...

En definitiva, los docentes, por medio de las obras y textos que ponemos a disposición de nuestros alumnos, hemos de pretender no sólo que mejoren sus niveles de comprensión y de expresión, sino que vayan desarrollando esa conciencia de lector que, estimulando el gusto personal, les lleve, por propia iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura: los buenos libros que habrán de acompañarles a lo largo de su periplo vital.

La relación de autores actuales -españoles- empeñados en "acercar" a los adolescentes el "hecho literario" -y que escriben pensando en ellos, y abordan en sus obras problemas que son propios de la juventud- sería interminable. Eludimos, pues, por innecesario, citar aquí más de medio centenar de nombres de reconocidos escritores con abundante bibliografía para jóvenes, cuya presencia es habitual en los centros docentes, y que imparten charlas que permiten adentrarse en sus obras, previamente leídas por los alumnos, introduciéndoles, así, en en el difícil arte de la creación literaria, y despertando en ellos un innegable interés por la lectura y por cuanto ella conlleva. La forma de hacer literatura de estos escritores no desmerece de otra cualquiera digna de tal nombre, y ha ayudado a lograr, en cierta manera, fomentar el hábito de la lectura entre determinados jóvenes, que rechazan cualquier otro tipo de literatura. Entre las colecciones de narrativa juvenil que gozan de merecido prestigio -y en las que se encuentra títulos de estos autores- pueden citarse, entre otras, las siguientes: "El gran angular" y "Alerta roja" -de ediciones SM-; "Alfaguara-Serie roja" -distribuida por Santillana-; "Espasa Juvenil" -de Espasa Calpe-; "Espacio abierto" -de Anaya-; "Periscopio" -de Edebé-; "Ala delta" -de Edelvives-; "Altamar" -de Bruño-; etc., etc.
No obstante, y si queremos convertir la lectura en uno de los pilares básicos de la Educación Secundaria, es necesario recuperar para el aula a los grandes "clásicos de la literatura juvenil": Verne, Stevenson, Conrad, Dumas, Salgari, Charles Dickens, Óscar Wilde, Marc Twain, Rudyar Kipling, Henryk Sienkiewicz, Alexandre Dumas...; y así un largo etcétera de autores que están llamados -si se recuperan de forma efectiva- a convertir el placer de leer en una constante en la formación de los alumnos que todavía no han accedido a la Universidad o a los Ciclos Formativos de Grado Superior.
Estamos convencidos de que la lectura de las obras de estos autores puede contribuir a que los alumnos aprendan a ser ellos mismos y, a través del disfrute de los valores educativos que la lectura de la buena literatura garantiza, a que lleguen a ser más libres y, por tanto, más justos y solidarios. En palabras de José Luis Sampedro, extraídas de su obra Valor de la palabra: "La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores <...> Hace cinco siglos la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas <...> El libro, que enseña y conmueve, es además ahora el mensajero de nuestra voz y la defensa para pensar en libertad".

 

arriba