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Madrid.
ROSAURA CALLEJA
Con ¿Qué pasa en las aulas?, Bárbara Pastor hace
un repaso a la realidad del sistema educativo y no ha dudado en subtitular
su libro como "Crónica de un desastre". Esta profesora de Latín
y Griego advierte que la enseñanza de calidad depende de muchos
aspectos y uno de los que más le preocupa es el que se refugia
en elogios hacia la tecnología: "¿qué se pretende con tan
apasionada defensa de la tecnología en la escuela? ¿disimular la
ignorancia de enseñantes y aprendices?", se cuestiona. Con un lenguaje
claro y directo, Bárbara Pastor manifiesta su visión de
la enseñanza, tras quince años de experiencia docente, y
afirma que "la escuela ha perdido su identidad".
Olvidado el
referente de "lugar de aprendizaje", pocos son ya los que acuden a las
aulas con ganas de aprender, revela.
"Pertenezco
a la época en la que para impartir clases en un instituto había
que aprobar una oposición de agregados y, con la categoría
de "profesor agregado de Enseñanza Secundaria", podías enseñar
la asignatura de tu especialidad. Ahora dicha categoría no existe
como tal. Ya no transmitimos conocimientos, sino que importan los objetivos,
los procedimientos y las actitudes", reconoce, "nos ocupamos de los criterios,
de temas transversales, de la motivación, de la comprensión
y agotamos la paciencia; además, no sólo ejercemos de profesores
sino también de asistentes sociales", confiesa.
Reflejo
social
Para
Bárbara Pastor, las aulas son el mejor escenario para observar
la confrontación que existe entre padres, alumnos y profesores,
"son el termómetro que refleja el aspecto menos visible de la sociedad.
En las aulas surgen los conflictos, los problemas, las carencias, las
necesidades de los jóvenes que, precisamente porque no saben expresarlo
de otra manera, exteriorizan su malestar con el recurso propio de su edad:
la indisciplina", señala.
Especialmente
crítica se muestra esta profesora con la Formación Profesional
afirmando que "tuvo un planteamiento erróneo desde el principio".
A su juicio, pretender que la FP no sea una vía paralela a la educación
general es una forma de discriminar estos estudios desde sus comienzos.
"El MECD ha planteado la posibilidad de que sea una vía paralela
a la educación en general, pero algunos profesores de FP se oponen
a capa y espada", declara.
Esta docente,
que pertenece al Cuerpo de Profesores Agregados de Bachillerato desde
1986, defiende la innovación didáctica de las lenguas clásicas
en secundaria y ha publicado el "Diccionario etimológico indoeuropeo
de la lengua española (1996), "Cultura Clásica" (1999) y
"Las perversiones de la lengua" ( 2001), además de numerosos artículos
en revistas de filología de Estados Unidos e Inglaterra.
Diversidad
del alumnado
En
cuanto al perfil del alumnado que asiste a los institutos, Bárbara
Pastor lamenta que los jóvenes que estudian Bachillerato, porque
cursarán una carrera universitaria, se vean obligados a compartir
aula con los procedentes de la diversificación, que han aprobado
el curso fácilmente porque "todo se les dio masticado", y los que
hacen el bachillerato por obligación, como vía de acceso
a un ciclo superior de FP. "Ambos tipos de alumnos son la muestra de la
situación sangrante en la que está la enseñanza actualmente.
La sensación de engaño la comparten alumnos y profesores",
subraya.
En su opinión,
"bajo el disfraz de la educación para todos, la LOGSE defiende
el currículum individualizado, pero por debajo de esa acción
humanitaria hay una crueldad encubierta y es que acelera el camino de
los jóvenes hacia el fracaso: nada en la vida que los espera será
tan fácil como predica el mensaje de la ley educativa".
Autoridad
Para
esta profesora, "la confusión de límites en las aulas ha
contaminado el funcionamiento de la escuela y la causa es, quizá,
el prejuicio que tienen algunos con respecto a la autoridad del profesor".
Seguidamente, constata que "es antipopular hablar de autoridad, pero tener
autoridad nada tiene que ver con ser autoritario y no debemos olvidar
que quienes la reciben son alumnos de edades entre doce y dieciséis
años, son personas que necesitan que se las guíe, son los
alumnos quienes pagan las consecuencias de la falta de rigor en la escuela".
Bárbara
Pastor conjuga su experiencia docente con la de madre y no ha titubeado
al manifestar a Pilar de Castillo que la Ley de Calidad es necesaria,
pero que lo es también para los profesores, quienes "ya no están
a la altura de una enseñanza del siglo XXI". En este sentido, compara
la formación profesional de sus compañeros cuando empezó
en la docencia y los actuales y puntualiza que "uno de los problemas es
la escasa formación del profesorado y que los nuevos docentes carecen
de inquietud intelectual".
Escuela
pública
La
portada de su libro presenta a un alumno que, según confiesa, "le
inspira pena, porque está desmotivado y aburrido" y defiende la
escuela pública porque considera que es donde está la excelencia,
ya que los profesionales han pasado sucesivas "cribas" profesionales e
intelectuales, situación que, a su juicio, no se produce en la
enseñanza privada.
Pastor se declara
partidaria de la "mano dura" y confía en que la Ley de Calidad
venga a resolver los problemas de la educación. En su opinión,
"los alumnos tienen la misma inteligencia, pero no ven la necesidad de
desarrollarla, ya que la exigencia es mínima". Asimismo, apoya
los itinerarios formativos, que recoge el anteproyecto de ley, y constata
que los alumnos de hoy son más maduros, saben perfectamente lo
que quieren a los 12 años y tienen la capacidad suficiente para
elegir una vía formativa.
Para concluir,
formula propuestas para mejorar la situación de las aulas, que
se concretan en que profesores y directivos asuman que la escuela no está
al margen de la sociedad, sino que es su prolongación. Además,
apunta como imprescindible el cumplimiento del régimen disciplinario
y una formación profesional para los docentes, pero no sólo
científica, sino también humana. "Soy muy estricta con mis
alumnos, porque también soy exigente conmigo misma, ratifica. "Mis
alumnos me respetan porque admiran el bagaje cultural que les transmito.
Si un profesor suspende al 90% de la clase debería analizarse a
sí mismo", declara.
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