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Madrid.
JULIA FERNÁNDEZ
La tercera serie gráfica de Goya fue una
auténtica provocación a la mirada complaciente y festiva con
que la sociedad española del inicio del siglo XIX veía la considerada
ya como Fiesta nacional. Una suerte de historia del toreo y rejoneo en que
el reo toro no era menos víctima que el propio torero en esta danza
de la espada y la banderilla. Goya recogió para sus contemporáneos
de una España absolutista, con una censura total hacia lo político
y abiertamente social, la cara múltiple de esta manifestación
cultural, desde la más socialmente festiva hasta la que mostraba sin
pudor el dolor y la crueldad de humanos y animales.
Arte de un español orgulloso de una tradición cultural que vivió
de forma intensa en el tendido, en las conversaciones y en la amistad que
desarrolló con uno de los matadores más conocidos de su época,
Pepe Hillo. Arte en fin que nos plantea el dolor, la muerte y el goce en una
misma escena y sin contradicción aparente.
Estampas en su contexto
Visión crítica de una fiesta, la muestra que estos días
mantiene abierta el Museo del Prado en Madrid es una propuesta reflexiva sobre
la forma en que Goya sintió y comunicó esta tradición
cultural española. Con patrocinio de la Fundación Winterthur
y dirección de José Manuel Matilla, es la más completa
exposición realizada acerca de la serie Tauromaquia al unir en una
sola escena los precedentes ideológicos y visuales, sus cimientos intelectuales
y culturales y el propio proceso creativo que tuvieron las estampas.
Algunos textos de representantes de la Ilustración como Jovellanos
y Vargas Ponce, introducen la visión crítica de la fiesta con
la que Goya, pese a su inclinación artística y emocional, concordó
al realizar sus propias imágenes taurinas. En esta misma entrada al
recorrido se muestran tres estampas de Carnicero (un pintor de la parte amable
del toreo) y una de Luis Fernández Noseret, junto con el tratado sobre
las suertes del toreo dictado por el famoso torero Pepe Hillo. Sus visiones
y opiniones dan paso al conjunto de las treinta y tres estampas taurinas que
Goya tituló como La Tauromaquia: un primer bloque dedicado a los inicios
de la historia del toreo, incidiendo en sus orígenes en la Antigüedad,
su consolidación durante la España musulmana y los festejos
caballerescos de la Edad Media y el Renacimiento; un segundo bloque dedicado
a los lances de los toreros de su tiempo o inmediatamente anteriores; y, finalmente,
un último capítulo constituido por aquellas escenas en que la
muerte se pone de manifiesto de forma elocuente a través de la "cogida",
acabando de forma simbólica con la muerte de Pepe Hillo en 1801, suceso
que conmocionó a la sociedad de la época hasta el punto de acarrear
la prohibición de las corridas.
Un tercer y último apartado se conforma con treinta obras entre dibujos
preparatorios y estampas definitivas de la serie: una mayor precisión
y una más perfecta comprensión del proceso creativo del Goya
menos complaciente con el alma popular de España.
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