En el presente artículo, sus autoras abren una vía de debate
sobre lo que puede o debe ser la calidad en la educación, cuestión de permanente actualidad pero sometida a distintas perspectivas, a menudo divergentes y enfrentadas.

La calidad educativa, responsabilidad de todos

M. Amparo Calatayud
Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universidad de Valencia)
y Teresa Alcocel, licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

La calidad en educación: "Dímela y la olvidaré, muéstramela y la recordaré, convénceme y la entenderé, involúcrame y la potenciaré".
OCAS  palabras  muestran  una

perdurabilidad tan acuciante en el tiempo. Siglos atrás ya se hablaba de calidad, aunque hoy emerge como un concepto estratégico, de referencia obligada en los discursos y planteamientos de las Políticas Educativas, como un "leitmotiv" presente en todos los ámbitos (social, educativo, empresarial, político...). Es como un término "mágico", motivo de congresos y presente en publicaciones importantes, y que capta siempre la atención de todos. Es la protagonista.
Ello está provocando que en determinados momentos los docentes estemos saturados y cansados de oír hablar de este vocablo que ya es casi universal. Y, además, parece ser que todo esto no es nada con lo que actualmente se "nos viene encima": la futura Ley de Calidad del Sistema Educativo.
En estos momentos en los que nos ha tocado vivir todos nosotros somos testigos de la frecuencia y, en ocasiones, "gratuidad" con que están proliferando distintos eslóganes que no hacen más que alimentar la jerga de la "calidad". Cuestiones como cultura de calidad, teorías sobre la gestión de la calidad en el marco docente, en clave de calidad, hacia el éxito escolar, liderazgo, mejora continua, EFQM, evaluación de la calidad, etc., emergen como términos novedosos que hoy por hoy están haciendo furor.

Significado

Si bien es cierto que dicha cultura está llegando a impregnar todo el engranaje educativo, también lo es que muy pocos profesionales de la educación nos hemos parado a pensar en el significado genuino de aquello que implica la calidad en educación, ni tampoco en el objetivo real al que nos quiere hacer llegar esta "jerga" de la calidad.
Es cierto que resolver y dar respuesta a un concepto tan complejo como éste es enormemente difícil. Y no sólo por las variables que lo determinan sino también por las mismas controversias que encierra dicho vocablo desde la ideología en que se sustente.
Estas breves reflexiones que estamos comentando en el presente artículo no pretenden profundizar en el sentido etimológico ni en la idiosincrasia del término, dado que, en cualquier bibliografía especializada podemos encontrar aproximaciones y perspectivas que alimentan esta consolidada literatura. Pero quizás, dónde nos gustaría detenernos algo más es en la percepción que muchos de nosotros, sentimos y experimentamos.
Muchas veces, los docentes solemos oír que el centro "x" es de mayor calidad que el centro "y", que las escuelas se han de gestionar como si fueran empresas, organizaciones con sus propios clientes, que la calidad se define en función del grado de satisfacción del cliente, etc. Argumentos que bajo nuestro punto de vista no hacen más que dibujar una idea de la calidad puramente simplista y reduccionista; visión que ha sido enormemente explotada en el mundo empresarial y que ahora se quiere trasladar al mundo educativo como arma de doble filo. Creemos que no basta con decir que "x" centro es de calidad sino que habría que cuestionarse: ¿calidad con respecto a qué, a quienes, para qué,...?. La calidad es algo más.
La escuela, por mucho que sea defendida por determinados sectores de la comunidad escolar, no se puede, ni vamos a considerarla como una empresa en sí, sus usuarios no son clientes sino ciudadanos que hay que formar y enseñar a pensar, a aprender, a crear e innovar.

Cuatro pilares

Como señala el documento de la Unesco titulado "la educación encierra un tesoro", cuatro son los pilares en los que se apoya la enseñanza: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a estar juntos y aprender a ser.
Lecturas de este tipo, nos hacen darnos cuenta del verdadero sentido de una educación de calidad. Es decir, de una educación que sea compensadora de las desigualdades sociales, económicas y culturales de partida. Una enseñanza que ofrezca oportunidades para que todos adquieran la cultura básica y lleguen al final de la escolarización según sus propias capacidades y posibilidades. Una educación para la vida que busque formar personas autónomas capaces de tener un proyecto vital, y que sepan cómo llevarlo a cabo. Una educación de calidad que se cuestione si los recursos personales, materiales y organizativos de los que disponemos en nuestro centro se están aprovechando al máximo; si los dedicamos para reforzar a los alumnos más desfavorecidos; si la enseñanza que impartimos es significativa y atractiva para nuestros alumnos/as, etc. Es decir, una calidad que implique a personas, recursos, procesos y resultados. Una calidad para todos, en un contexto de diversidad.

Autoevaluación

Necesariamente esta apuesta por la calidad conlleva asumir una cultura de autoevaluación, de compromiso, de debate, de reflexión sincera sobre el proceso educativo que vamos desarrollando, con la clara intención de avanzar hacia cotas más altas de calidad que ayuden a ir consolidando la educación integral del educando.
Si bien es cierto que la calidad y la autoevaluación forman parte de una misma moneda, también lo es que para iniciar el camino hacia la calidad hemos de empezar por intentar: aclarar, repensar y reinventar el nuevo perfil que como docentes se nos está demandando desde una sociedad neoliberal y de la información. Nuevo perfil que, como es obvio, nos está reclamando, entre otros retos, que la calidad en educación debe y ha de comenzar siempre por uno mismo. Pues bien, la pregunta que nos planteamos, en estos momentos, es: ¿a qué estamos esperando los docentes?.
Pensamos que para dar respuesta a esta cuestión es necesario que, además, de disponer de formación, asesoramiento, coordinación, etc., sepamos dilucidar muy bien hacia dónde vamos y qué queremos conseguir, y ser consecuentes con la opción tomada. Esperemos que en el devenir de la calidad no nos pase lo que le ocurrió a Alicia en el País de las Maravillas:

Alicia: - Podrías decirme, por favor ¿qué camino he de tomar para salir de aquí?.

Gato: - Depende mucho del punto donde quieras ir...

Alicia: - Me da casi igual...

Gato: - Entonces no importa que camino sigas.

Alicia: - Siempre que lleve a alguna parte.

 

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