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Reconocimiento a la labor docente

Como profesional de la enseñanza, he leído detenidamente el texto del proyecto de la Ley de Calidad, que han incluido en la última edición de su periódico COMUNIDAD ESCOLAR. Me ha sorprendido gratamente que este documento dedique un apartado a la función docente y carrera profesional, donde se especifican las funciones del profesorado, la formación inicial, la carrera profesional y formación permanente, además del reconocimiento de la labor docente que, a mi juicio, está cada vez más desprestigiada.
En cuanto a la formación inicial, este texto recoge que se desarrollará "un curso específico para la adquisición del Título profesional de especialización didáctica, de modo que su contenido y organización se adecuen mejor a la estructura y requerimientos actuales del sistema educativo". Este título será requisito imprescindible para el ejercicio de la labor docente en la Secundaria y en las enseñanzas postsecundarias y de régimen especial.
Además, coincido con el contenido de este proyecto que apuesta por la formación permanente, como "un elemento esencial para lograr una educación de calidad". En este sentido, señala que las administraciones educativas facilitarán la participación de los profesores en actividades formativas y la elaboración de proyectos que incluyan innovaciones curriculares, metodológicas, didácticas o de organización de centros.
Otra las propuestas más interesantes -en mi opinión- se concreta en que el Instituto Superior de Formación del Profesorado establecerá Planes de Formación Permanente de alta cualificación para todo el profesorado.
No deseo terminar esta reflexión sin subrayar el párrafo que hace referencia a "las medidas que afiancen la necesaria autoridad y el reconocimiento social de los docentes", que tan necesarias nos parecen a los educadores. Algunas de ellas, me parecen especialmente interesantes, como la participación activa del profesorado en el Informe de Evaluación Escolar al finalizar la ESO y la participación colegiada del profesorado en la junta de evaluación para determinar el acceso a cursos superiores en la ESO. Y, por último, apruebo el párrafo que determina que "se fomentará la debida protección y asistencia jurídica al profesorado de los centros públicos en todas aquellas situaciones que se relacionen con el ejercicio de la profesión".
Los profesionales de la enseñanza que, en los últimos tiempos, nos hemos sentido desmotivados y hemos comprobado como el reconocimiento a nuestra labor se iba deteriorando paulatinamente, confiamos en que estas medidas, que calificamos de positivas, contribuyan a recuperar nuestra ilusión por enseñar y la consideración por parte de padres y alumnos.

Eduardo González
Madrid.

 
   
 
   

Las preocupaciones de un profesor

Nuevamente la educación ha merecido titulares en los periódicos, aunque los docentes lamentemos que se nos presente como pobres gentes aquejadas de enfermedades mentales y sometidas a las amenazas de escolares mafiosos. No creo que la situación, salvo casos excepcionales, resulte tan alarmante. De hecho el problema disciplinario es considerado el cuarto en importancia entre el profesorado, no el primero. Por delante están preocupaciones del tipo: cómo motivar al alumnado (falta de interés), qué hacer para implicar a los padres en la educación de sus hijos (escasa colaboración de las familias) y cómo atender a la diversidad (nuevas condiciones sociales.)
El reto de esta sociedad es dotar a la escuela del dinero y de los medios suficientes para atender al alumnado como se merece. No es suficiente haber conseguido la escolarización obligatoria hasta los 16 años, ahora hay que conseguir una educación de calidad. Para ello hace falta una mayor dotación presupuestaria, que permita aumentar las plantillas, dotar a los centros de medios, y, como no, retribuir mejor al personal. Lo que no hace falta para nada son asesores ministeriales inútiles, comisiones tragapresupuestos, inspecciones puramente burocráticas, charlatanería de despacho, ni promesas ministeriales o de las distintas consejerías incumplidas.
Quirón, personaje de Baltasar Gracián, decía que los que menos saben tratan de enseñar a los otros. Y en educación, todo el mundo cree poder enseñar a los profesores, no sólo la pedagogía más adecuada, sino también los contenidos, los procedimientos y las actitudes. En cuanto se detecta algún problema en la sociedad: eso hay que enseñarlo en la escuela; a desayunar todos los días, a dormir el tiempo necesario, a tener higiene, a seguir la dieta meditarránea, a respetar a los demás, a hacer deporte, a ir al teatro, al cine, a adquirir el hábito de la lectura, a escuchar música, a visitar los museos, a cantar, a bailar, a tocar la flauta, a ponerse o poner un preservativo, a hacer el amor, a no hacer la guerra, a saludar, a despedirse, a ver la televisión con moderación, a estudiar, a utilizar bien el tiempo libre, a respetar a los ancianos, a ser tolerantes, a hablar en público, a callar en privado...
Creo que ya va siendo hora de poner las cosas en su sitio. Desde siempre, los profesores no se han limitado a enseñar historia, literatura o matemáticas, sino que siempre han educado en valores. Pero lo que no puede hacer es sustituir el profesor a la madre, al padre, a los abuelos, y a toda la sociedad. Cada uno debe asumir su responsabilidad y dejar a los docentes un poco tranquilos. Lo único que necesitamos es dedicar nuestro tiempo a los alumnos y a sus trabajos, no a la infinidad de cabreantes papeles inútiles ni a las presiones de una sociedad que nos pide poco menos que votos de pobreza, castidad y obediencia. La enseñanza es una vocación, pero no un sacerdocio. Para eso está la Iglesia, dentro de la cual, por cierto, sí hay gran cantidad de hombres y de mujeres en cuya vida se unen vocación y dedicación total al alumnado.

César López Llera
Madrid.

 

 
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