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la escuela se le exige demasiado y hay quien le otorga los papeles no
asumidos por los padres, cosa imposible, por definición. Cuando
la inmadurez de los padres choca con situaciones de difícil solución
en casa, a tenor del crecimiento de los hijos, nos encontramos con las
repercusiones que este tipo de desarrollo está generando en las
escuelas. Siempre recordaré aquellas madres de alumnos del entonces
segundo de BUP (16-17 años) a las que citaba como tutor de sus
hijos y que con abatimiento reconocían que "nada podían
hacer", "que sus hijos se les subían a la chepa",
que el padre no quería saber nada y ellas no alcanzaban a entender
qué estaba pasando cuando a sus chicos no les faltaba de nada y
les habían dado de todo...Total: "Ustedes verán que
hacen con mi hijo". Es la dimisión de la condición
de padres. La escuela se convierte en una instancia en la que se deposita
a los hijos y en la que se hace tremendamente difícil perseguir
objetivos educativos.
Durante los
últimos años venimos asistiendo a una escalada de comportamientos
transgresores que en no pocos casos conducen a agresiones y conductas
que rayan con la tiranía. Las consecuencias inmediatas son el descontento,
el desfondamiento y el desencanto docente. No es de extrañar que,
para muchos profesores, la situación que se plantea no es ya de
orden educativo, sino que lo que peligra es la seguridad de los propios
maestros y de las instalaciones escolares. Esta visión de las cosas
acentúa la propuesta de tratar esta problemática desde el
punto de vista exclusivamente policial y judicial; propuesta que no comparto,
pero que entiendo, en especial cuando las personas se sienten desbordadas
y con la autoridad moral por los suelos. Y en esta situación de
caos educativo, los padres tienen una enorme responsabilidad, porque jugando
a ser colegas, no han sabido ser padres.
Por otra parte,
la Reforma educativa no ha atajado problemas básicos, incluso los
ha agudizado. La escolarización obligatoria en el tramo de 14-16
años ha creado una bolsa de lo que se conoce como "objetores
escolares", que no dan más de sí y no desean continuar
estudiando, buscando para ello cualquier salida, normalmente transgresora.
La Reforma educativa, tan procedimentalista ella, ha naufragado a la hora
de poner en marcha los "cómos" concretos mediante los
cuales hacer frente a las situacones de "diversificación"
y de "integración" del alumnado que presenta necesidades
educativas especiales, y que cada día es mayor; los profesores
de apoyo, las dotaciones de medios materiales y económicos están
más en los papeles que en las aulas.
La cadena entre
familia y escuela está rota y el profesorado no es ni debe ser
el padre y la madre de cada niño en cuestión. Así
las cosas, el objetivo de muchos profesores es que pasen los días
lo más rápido posible, y lo que ya llevan años en
el asunto y añoran tiempos pasados tan sólo cuentan los
días para la jubilación. La desmotivación y la ausencia
de sustancia educativa en el quehacer cotidiano hunde al profesorado en
la impotencia. Entre familia y escuela se da un "bricolaje"
educativo hecho de desaciertos, cansancios e impotencias que no tienen
posibilidad de encuentro, porque cuando ambas instancias se encuentra,
con frecuencia surgen sospechas de lo mal que lo hace el otro (...).
Luis
A. Aranguren Gonzalo
CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Febrero 2002.
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