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(Marchesi,
Coll y demás), en su inmensa mayoría profesores universitarios,
han olvidado la tremenda importancia que tiene predicar con el ejemplo.
No parece demasiado coherente proponer a los demás, es decir, a
los profesores de los denominados niveles preuniversitarios, que su docencia
haya de ser participativa, abierta al entorno, innovadora, etc. y no creer
que algo parecido debiera ocurrir en el medio laboral en el que se desenvuelven
quienes han articulado la reforma educativa.
Por mucho que
la LOGSE y su desarrollo reglamentario insistan en la necesidad de una
nueva pedagogía, nada de esto puede ser una realidad si el escenario
en que se forman los profesores, muy especialmente los de Secundaria -y
no me olvido de la tortura formativa de las Escuelas de Magisterio- sigue
dominado por una pedagogía de corte transmisivo, en donde prepondera
el dictado de apuntes o el flujo verbal (más bien verboso) ininterrumpido
del profesorado de Universidad. Resulta especialmente lastimoso pasear
por una biblioteca universitaria en época de exámenes -época
cada vez más extensa dada la absurda proliferación de micro-asignaturas
cuatrimestrales- y comprobar que lo que se lee son cuartillas, rara vez
un libro.
El propio Marchesi
(Controversias de la educación española, Madrid,
Alianza, 2000) pone la tirita antes de la herida. De acuerdo con su peculiar
criterio la docencia universitaria no puede ir más allá
de la representación teatral, dado que las aulas tienen más
de noventa alumnos. Si Marchesi tuviera la paciencia de leer sobre docencia
universitaria vería que, incluso con las cada vez menos frecuentes
aulas sobrepobladas, es posible encontrar alternativas al teatro.
Ausencia
de control en la docencia
No
obstante, la cosa es mucho más grave. ¿Cómo es posible que
una reforma pensada para los niveles preuniversitarios no haya tenido
en cuenta lo que ocurre en la Universidad? En la Universidad española
la docencia o cuenta muy poco, en el mejor de los casos, o se obvia, en
la mayoría de ellos. Son dos los complementos retributivos por
méritos -ambos de igual cuantía- que pueden percibir los
profesores universitarios: los sexenios de investigación y los
quinquenios de docencia. La concesión de los sexenios depende de
una comisión que valora las publicaciones del candidato. Sin embargo,
en la mayoría de las universidades la concesión de los quinquenios
solo requiere el transcurso de cinco años. Es decir, no hay ningún
control, no se solicita un informe sobre los programas utilizados, las
bibliografías, las estrategias docentes y de evaluación,
las tutorías, etc. Hace unos años planteé esta observación
al actual rector de mi universidad y me respondió que no hay medios
para controlar la calidad de los quinquenios. Dado que no hay, o mejor
dicho no se ponen estos medios, lo mejor es hacer un regalito a todos
los funcionarios docentes.
A esto hay
que añadir que en las memorias de acceso a titularidades y cátedras
de Universidad los planteamientos docentes no suelen pasar de la rutina
burocrática, de unas tristes y fastidiosas páginas sobre
las que no queda más remedio que escribir. Incluso en el ámbito
en que más me desenvuelvo, que es de la Sociología de la
Educación, hay un tremendo pudor a la hora de hablar o escribir
sobre lo que hacemos como docentes de nuestras asignaturas.
Educación
abierta al entorno
Afortunadamente
son muchas las cosas que se pueden hacer y que algunos profesores hacen.
En mi campo de especialización contamos con una excelente revista
llamada "Teaching Sociology" -por cierto, es sorprendente
que no exija saber inglés para ser profesor de Universidad- en
la que se relatan experiencias de docencia de Sociología en contextos
diversos, el uso de vídeos -mayoritariamente películas-
en el marco de determinadas asignaturas, comentario de nuevos libros -sean
o no de Sociología, pero que resulten de interés para esta
disciplina-, etc.
Igualmente
sería posible algo que tanto gusta para los demás niveles
educativos, como es la educación abierta al entorno. No estaría
nada mal que parte de los créditos de los estudiantes se pudieran
conseguir asistiendo a actos que tienen lugar fuera de la Universidad.
Siguiendo con el caso de Sociología de la Educación,
los estudiantes podrían completar sus créditos acudiendo
a reuniones de profesores en movimientos de renovación pedagógica,
centros de profesores y recursos, mil y una jornadas sobre cuestiones
educativas. La equivalencia sería fácil: diez horas de asistencia
equivalen a un crédito, como ocurre con la docencia universitaria.
Además de la obvia ventaja que supone compartir los conocimientos
adquiridos en la Universidad con quienes están desenvolviéndose
en el medio que estudian, se rompe el monopolio de saber que inevitablemente
ejerce el profesor en el aula convencional. El aula es un terreno abonado
para la arbitrariedad, consciente o no, del profesor. En el aula el profesor
es el experto, la voz autorizada, el discurso más elaborado. No
se me ocurre mejor forma de combatir esa arbitrariedad que salir del aula.
Enseñanza
presencial y pasiva
Por
desgracia, después de tantas reformas de los planes de estudios,
planes de adecuación, contrarreformas, etc nuestra Universidad
sigue estando saturada de clases magistrales, de enseñanza presencial
y pasiva. Unos estudios universitarios en los que el estudiante tiene
que matricularse en decenas de microasignaturas, habitualmente desconectadas
entre sí, constituyen un absurdo que no podemos tolerar ni un minuto
más.
Para colmo,
las desgracias no acaban aquí. Una acomodaticia concepción
de la libertad de cátedra permite que muchos profesores impartan
el programa, si es que lo tienen, que más se adecue a sus caprichos.
Sorprendentemente, al menos en mi campo, son extrañas las reuniones
en las que se habla sobre contenidos curriculares mínimos de una
misma asignatura impartida por distintos profesores. Más raro aún
es que profesores de distintas asignaturas -impartidas o no por el mismo
departamento- se coordinen para no reiterar contenidos a los estudiantes.
Finalmente,
para un estudiante una carrera universitaria es una mera sucesión
inconexa de obstáculos -las asignaturas-, de tal manera que da
igual que no sepa lo esencial de las asignaturas dado que nadie le pedirá
cuentas de ello. Por este motivo creo que merecería la pena pensar
en una prueba -o pruebas- final antes de obtener el título. Si
fuera así, incluso podríamos prescindir de tantos exámenes
con los que castigamos a los estudiantes.
Nada de esto
forma parte de las inquietudes ni de quienes ofenden con su propuesta
de reforma de la Universidad, ni de quienes se sienten ofendidos.
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