En el presente artículo, su autor, profesor universitario, analiza el estado de la docencia en el ámbito de la enseñanza superior en nuestro país, expone algunas de las disfunciones que, a su juicio, perviven en este nivel educativo y plantea posibles opciones de mejora, articuladas en un nuevo modelo de docencia, para lo que solicita un espacio de reflexión y debate al amparo de las propuestas de reforma que la implantación y desarrollo de la Ley Orgánica de Universidades (LOU) propicia.

Hacia un nuevo modelo
de docencia universitaria

Rafael Feito Alonso
Profesor Titular de Estructura Social de la Universidad
Complutense de Madrid

 
OS  promotores  de  la  LOGSE

(Marchesi, Coll y demás), en su inmensa mayoría profesores universitarios, han olvidado la tremenda importancia que tiene predicar con el ejemplo. No parece demasiado coherente proponer a los demás, es decir, a los profesores de los denominados niveles preuniversitarios, que su docencia haya de ser participativa, abierta al entorno, innovadora, etc. y no creer que algo parecido debiera ocurrir en el medio laboral en el que se desenvuelven quienes han articulado la reforma educativa.
Por mucho que la LOGSE y su desarrollo reglamentario insistan en la necesidad de una nueva pedagogía, nada de esto puede ser una realidad si el escenario en que se forman los profesores, muy especialmente los de Secundaria -y no me olvido de la tortura formativa de las Escuelas de Magisterio- sigue dominado por una pedagogía de corte transmisivo, en donde prepondera el dictado de apuntes o el flujo verbal (más bien verboso) ininterrumpido del profesorado de Universidad. Resulta especialmente lastimoso pasear por una biblioteca universitaria en época de exámenes -época cada vez más extensa dada la absurda proliferación de micro-asignaturas cuatrimestrales- y comprobar que lo que se lee son cuartillas, rara vez un libro.
El propio Marchesi (Controversias de la educación española, Madrid, Alianza, 2000) pone la tirita antes de la herida. De acuerdo con su peculiar criterio la docencia universitaria no puede ir más allá de la representación teatral, dado que las aulas tienen más de noventa alumnos. Si Marchesi tuviera la paciencia de leer sobre docencia universitaria vería que, incluso con las cada vez menos frecuentes aulas sobrepobladas, es posible encontrar alternativas al teatro.

Ausencia de control en la docencia

No obstante, la cosa es mucho más grave. ¿Cómo es posible que una reforma pensada para los niveles preuniversitarios no haya tenido en cuenta lo que ocurre en la Universidad? En la Universidad española la docencia o cuenta muy poco, en el mejor de los casos, o se obvia, en la mayoría de ellos. Son dos los complementos retributivos por méritos -ambos de igual cuantía- que pueden percibir los profesores universitarios: los sexenios de investigación y los quinquenios de docencia. La concesión de los sexenios depende de una comisión que valora las publicaciones del candidato. Sin embargo, en la mayoría de las universidades la concesión de los quinquenios solo requiere el transcurso de cinco años. Es decir, no hay ningún control, no se solicita un informe sobre los programas utilizados, las bibliografías, las estrategias docentes y de evaluación, las tutorías, etc. Hace unos años planteé esta observación al actual rector de mi universidad y me respondió que no hay medios para controlar la calidad de los quinquenios. Dado que no hay, o mejor dicho no se ponen estos medios, lo mejor es hacer un regalito a todos los funcionarios docentes.
A esto hay que añadir que en las memorias de acceso a titularidades y cátedras de Universidad los planteamientos docentes no suelen pasar de la rutina burocrática, de unas tristes y fastidiosas páginas sobre las que no queda más remedio que escribir. Incluso en el ámbito en que más me desenvuelvo, que es de la Sociología de la Educación, hay un tremendo pudor a la hora de hablar o escribir sobre lo que hacemos como docentes de nuestras asignaturas.

Educación abierta al entorno

Afortunadamente son muchas las cosas que se pueden hacer y que algunos profesores hacen. En mi campo de especialización contamos con una excelente revista llamada "Teaching Sociology" -por cierto, es sorprendente que no exija saber inglés para ser profesor de Universidad- en la que se relatan experiencias de docencia de Sociología en contextos diversos, el uso de vídeos -mayoritariamente películas- en el marco de determinadas asignaturas, comentario de nuevos libros -sean o no de Sociología, pero que resulten de interés para esta disciplina-, etc.
Igualmente sería posible algo que tanto gusta para los demás niveles educativos, como es la educación abierta al entorno. No estaría nada mal que parte de los créditos de los estudiantes se pudieran conseguir asistiendo a actos que tienen lugar fuera de la Universidad. Siguiendo con el caso de Sociología de la Educación, los estudiantes podrían completar sus créditos acudiendo a reuniones de profesores en movimientos de renovación pedagógica, centros de profesores y recursos, mil y una jornadas sobre cuestiones educativas. La equivalencia sería fácil: diez horas de asistencia equivalen a un crédito, como ocurre con la docencia universitaria. Además de la obvia ventaja que supone compartir los conocimientos adquiridos en la Universidad con quienes están desenvolviéndose en el medio que estudian, se rompe el monopolio de saber que inevitablemente ejerce el profesor en el aula convencional. El aula es un terreno abonado para la arbitrariedad, consciente o no, del profesor. En el aula el profesor es el experto, la voz autorizada, el discurso más elaborado. No se me ocurre mejor forma de combatir esa arbitrariedad que salir del aula.

Enseñanza presencial y pasiva

Por desgracia, después de tantas reformas de los planes de estudios, planes de adecuación, contrarreformas, etc nuestra Universidad sigue estando saturada de clases magistrales, de enseñanza presencial y pasiva. Unos estudios universitarios en los que el estudiante tiene que matricularse en decenas de microasignaturas, habitualmente desconectadas entre sí, constituyen un absurdo que no podemos tolerar ni un minuto más.
Para colmo, las desgracias no acaban aquí. Una acomodaticia concepción de la libertad de cátedra permite que muchos profesores impartan el programa, si es que lo tienen, que más se adecue a sus caprichos. Sorprendentemente, al menos en mi campo, son extrañas las reuniones en las que se habla sobre contenidos curriculares mínimos de una misma asignatura impartida por distintos profesores. Más raro aún es que profesores de distintas asignaturas -impartidas o no por el mismo departamento- se coordinen para no reiterar contenidos a los estudiantes.
Finalmente, para un estudiante una carrera universitaria es una mera sucesión inconexa de obstáculos -las asignaturas-, de tal manera que da igual que no sepa lo esencial de las asignaturas dado que nadie le pedirá cuentas de ello. Por este motivo creo que merecería la pena pensar en una prueba -o pruebas- final antes de obtener el título. Si fuera así, incluso podríamos prescindir de tantos exámenes con los que castigamos a los estudiantes.
Nada de esto forma parte de las inquietudes ni de quienes ofenden con su propuesta de reforma de la Universidad, ni de quienes se sienten ofendidos.

 

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