Enseñar al que no sabe

Cada vez es más frecuente encontrar maestros desconsolados. No se trata de penurias laborales, cuestiones de escalafón y otros asuntos por el estilo, sino de pura y simple desolación profesional. Los maestros, los profesores encargados de enseñar a nuestros hijos, están atacados por una suerte de desánimo que ha llevado a muchos a declarar que, si no lo dejan, es porque no encuentran la manera. Es una situación que debería provocar auténtica alarma social, porque se trata de la educación de los jóvenes de este país, pero parece que a todo el mundo se le da una higa, como si considerasen que, en lo que atañe a los jóvenes, éste es un periodo que se pasa por las buenas, lo mismo que el acné. A su vez, los profesores universitarios se quejan de la extraordinaria carencia de cultura general que caracteriza a las nuevas hornadas de alumnos. A lo que parece, estamos construyendo una cadena de errores que comienza en la escuela primaria y culmina en la licenciatura académica. La situación de los maestros, para los cuales enseñar es una profesión deseada o incluso una vocación, es poco menos que heroica. El valor de un maestro es el de su sabiduría y el de la capacidad de transmitirla; se le llama maestro porque sabe, y ese saber le otorga una autoridad; su autoridad proviene de la aceptación de su conocimiento superior; el ejercicio de la autoridad se funda, por tanto, en la transmisión del conocimiento y, de acuerdo con él, la capacidad de decisión a la hora de ordenar el régimen de estudio de los alumnos. No cabe duda de que habrá maestros que se aprovechen de su posición para ejercer el autoritarismo en vez de la autoridad, pero dejemos bien claro que la autoridad no es autoritarismo. La autoridad se basa en el conocimiento; el autoritarismo, en la arbitrariedad en el ejercicio del poder.
Las quejas que yo recibo no provienen de un autoritarismo en quiebra, sino de una vocación frustrada. Y me pregunto por las razones de esta situación de desánimo que está invadiendo a los docentes. Como en todo asunto complejo, supongo que no hay una, sino varias, pero me llama especialmente la atención la que se refiere a la insolencia, cuando no el desprecio explícito, del alumno hacia el profesor. La insolencia es una descarga propia del que se resiste -con razón o sin ella- a someterse a una disciplina. Antes, el frente de disciplina solía ser doble: profesores y padres; más autoritario que otra cosa, pero se repartían las responsabilidades. Ahora, en cambio, parece que el ejercicio de la educación se ha dejado exclusivamente en manos de unos maestros que carecen a menudo del apoyo de los padres, cuando no se ven imprecados por esos mismos padres al intentar meter en vereda al hijo de sus entrañas. ¿Qué ha sucedido para que una sociedad tan autoritaria como era la española hasta la muerte de Franco se haya convertido en esta merienda de negros paterno-filial? Empecemos por los conceptos: no es lo mismo permisividad que tolerancia; el primero es un asunto de debilidad o dejadez; el segundo, de cultura y consciencia. Por alguna razón que se me escapa, hemos pasado -en términos generales- del terror paterno a la permisividad paterna. Y me pregunto si no tendrá que ver con esta transición nuestra, tan modélica para los que identificaban a España con los tercios de Flandes o con un 'intratable pueblo de cabreros', y tan liviana, fácil y de diseño para los que se la han vestido como si fuera la oferta de la temporada. En España ha habido mucha gente que ha luchado en serio por la libertad, pero la mayoría se ha limitado a encontrársela a la vuelta de la esquina. Les ha parecido, naturalmente, más atractiva que el autoritarismo, pero para ellos no se ha tratado de una libertad ganada, sino de una libertad que ha venido. La consecuencia es que a todo el mundo se le ha llenado la boca de derechos, pero no tengo tan claro si, además, se les ha llenado también la conciencia de ellos. La autoridad es un problema de conciencia; la boca, de comodidad y oportunismo. La dejación de autoridad sólo lleva a la estupidez o al autoritarismo, nunca a quitarse incordios de encima; incordios tales como la educación de los hijos.

José María Guelbenzu
EL PAÍS. 26-noviembre-2001.

 
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